El Rapto de Kardia [Capítulo 02]
El Rapto de Kardia
Temas: Aventura, amistad, romance, Shounen
ai, un poco de angst, humor
Personajes Principales: Dégel
(Acuario LC), Kardia (Escorpio LC)
Personajes Secundarios: Aldebarán (Tauro LC), Dohko,
Shion, Asmita (Virgo LC), Regulus (Leo LC),
Manigoldo (Cáncer LC), Sasha
(Athena LC), Albafica (Piscis LC)... y más.
Parejas: Kardia/Degel
Advertencia: Si no te gusta el shounen ai (chico x chico) no leas~
Disclaimer: Los personajes no son míos, son de Masami Kurumada y Shiori Teshirogi.
NOTA: Una historia inspirada en el “Rapto de Helena” en donde dio inicio a la
gran guerra de Troya.
Resumen:
Kardia y Dégel tienen una misión nueva, donde tendrán que escoltar a dos
duques hasta el santuario. Al cruzar la mirada con Kardia, uno de ellos, se
empieza a obsesionar con el escorpión llegando el límite de raptarlo.
Ahora Dégel debe recuperar a la persona más importante y de la que está
enamorado, aunque esto signifique enfrentarse a un dios. ¿Lo logrará?
ACLARACIONES:
—El fic está ambientado antes de la
guerra santa, Kardia y Degel han de tener 16 años.
002 La agonía de
un Dios
Por mucho tiempo
lo había buscado, siglos enteros sin siquiera una pista de su amado príncipe.
Hasta ahora.
Sintió esa
extraña conexión cuando lo vio por primera vez, la actitud era muy diferente
pero el espíritu era idéntico. Aquellos ojos azules penetraban su alma como
dagas, más al recordar la mirada estoica que le dirigió ¿Por qué no lo
reconocía? ¿Acaso no sabía lo mucho que le lastimaba su actitud? Había pasado
muchas noches en vela observando el mundo de los humanos, esperanzado porque su
amado volviera entre los muertos. Apolo sabía que Jacinto o lo reconocería al
principio, pero tenía fé que su alma sí. Su mirada se posó sobre el durmiente
joven deseando tocar de nuevo aquel hombre que le enseñó el amor. Acarició los
cabellos azules, antes rubios, con fervor, anhelando poder enterrarse en aquel
cuerpo que antes fue suyo. Si tan solo pudiera rozar aquellos rosados labios
sabía que volvería a sentir la gloria…
PUM
El sonido de una
cachetada se escuchó por todo el recinto, sorprendiendo a los sirvientes, que
empezaron a rezar por sus vidas. Mientras que gritos y groserías era lo único
que los asustadizos sirvientes podían escuchar en los aposentos de su señor.
Apolo podría tener paciencia, pero cuando se enojaba era peor que ver a Ares.
Las ninfas salían azoradas del recinto cuando se cruzaron con uno de los
hombres más fieles del dios del sol. Altair, el único hombre que podía
acercarse al dios sin temor portaba su Glory (*) con orgullo. La mirada fría y
ese porte gallardo imponían respeto y miedo, las ninfas se hicieron a un lado e
hicieron una pequeña reverencia cuando el hombre pasó por su lado. Contuvieron
la respiración cuando las grandes puertas que daban a los aposentos de Apolo
fue abierta y el hombre de ojos amatistas entraba sin temor alguno.
—Mi señor…
—susurró haciendo una mueca al ver a su dios tirado en el suelo con un gesto
infantil y agarrando su mejilla adolorida. Dio un rápido vistazo a Kardia que
estaba con el entrecejo fruncido y la mano aún extendida.
— ¡Eso dolió
Jacinto! —gritó Apolo, levantándose de golpe. Kardia rodó los ojos desesperado
y se cruzó de brazos.
—Por una mierda…
—masculló molesto— Te he dicho que no me llamo Jacinto, soy Kardia.
— ¡No es verdad!
—Miró hacia su mano derecha y le exigió— ¡Díselo Altair!
— Pienso lo
mismo… el joven Jacinto era un hombre amoroso y honesto, éste de aquí es una
bestia azul.
— ¡Oye imbécil!
¿A quién le dices bestia? —rugió Kardia acercándose peligrosamente hacia el
rubio que aún se mantenía sin mostrar emoción alguna. Kardia alzó su mano y
mostró su uña roja— ¡Te reto a que lo digas de nuevo! ¡Veamos qué tan valiente
eres al enfrentarte al gran Kardia de Escorpio!
—No me interesa
vencer a un tipo que ni armadura tiene —sentenció aburrido, girando para ayudar
a su dios.
— ¡¿Qué carajos?!
— Kardia se miró de pies a cabeza al darse cuenta que su cuerpo estaba cubierto
con una extraña túnica de color blanco con decorados dorados y pequeños mini
soles.
— Idiota… —
susurró Altair, rodando los ojos y soltando un bufido — Sigo pensando que fue
una mala idea traer a este hombre de tan poca educación a su santuario, mi
señor Apolo.
Kardia que seguía
mascullando maldiciones se quedó callado
al enterarse que era un dios el que había golpeado. Su corazón latió con fuerza
y una extraña emoción recorrió su cuerpo. Tal vez había encontrado al fin la
persona indicada que le haría latir su corazón de emoción, su premio. Se
levantó con rapidez y apuntó con su aguja hacia Apolo.
— Pelea conmigo
Apolo, tal vez esto haya sido el destino — dijo con una sádica sonrisa — Te
quiero como mi premio.
— ¿Qué insolencia
es esa? — gruñó Altair, más Apolo se lo impidió, caminando hacia Kardia.
— ¿Qué pasará si
te gano? — susurró con la voz cargada de lujuria.
— Te lo advierto
ahora, no soy pasivo de nadie — gruñó preparándose para atacar a Apolo. Más éste
con un solo movimiento ya lo había estrellado contra una columna— Tsk… es
fuerte —susurró Kardia escupiendo un poco de sangre.
—Eres muy
estúpido por atreverte a enfrentar a un dios… soy el más fuerte de los
Dodekatheon.
—Creí que ese
puesto era de Zeus —se burló Kardia, levantándose con lentitud. Sin su armadura
dorada estaba en clara desventaja, y tal vez su cuerpo no lo resistiría, pero
aun así no perdería la oportunidad de enfrentarse a un dios.
—Ohhh aun tienes
fuerza… eres realmente sorprendente… —su mano empezó a brillar con intensidad.
Kardia agrandó sus ojos al ver la esfera dorada en la mano derecha de Apolo. Su
corazón empezó a arder, al igual que su cosmo— Interesante…
—Toma esto… ¡Arde
cosmo! —gritó Kardia corriendo hacia Apolo apuntando con su aguja— ¡Scarlet Needle Katakeo!
(***)
(**)
(*)
SANTUARIO DE
ATHENA
Degel…
Degel despertó
asustado cuando sintió ese enorme cosmo. Su respiración empezó a ser irregular.
No recordaba qué era lo que había soñado, pero lo que sí podía asegurar es que
tenía que ver con cierto griego. En su mente el nombre de Kardia se repetía con
rapidez. Podía sentir el calor del corazón del escorpión, parecía como aquella
vez cuando ambos se conocieron. Los fuertes latidos de Kardia se escuchaban
retumbando en sus oídos. Sin importarle salir con su ropa de dormir, empezó a
descender los templos, ignorando a sus guardianes, que lo miraban con sorpresa.
¿Kardia? Pensó angustiado. Solo
esperaba que fuera solo un mal presentimiento.
Al llegar a la
octava casa llamó a su guardián, pero nadie respondía. Sin pensarlo dos veces
se fue hacia los aposentos privados encontrándolo vacío. La desesperación
empezaba a crecer cuando notó la armadura brillar con intensidad.
—Escorpio… —
susurró. Se acercó a la caja que se abrió dejando ver la armadura dorada. En
una de sus pláticas con el patriarca había escuchado que las armaduras podían
comunicarse con sus portadores, solo se necesitaba escucharlas con atención.
Colocó una mano encima y un torrente de imágenes aparecieron. Su cosmo empezó a
descontrolarse hasta casi congelar todo el octavo templo — Kardia… — susurró
antes de caer agotado.
— Oi, Degel, no
te desmayes — su cuerpo fue sujetado a tiempo por Manigoldo, que iba camino al
recinto del patriarca. Ambos estaban en el suelo, y Manigoldo estaba algo
nervioso, tal vez se deba a que nunca había visto a Degel tan pálido.
— Manigoldo… —
susurró, más pasos se escucharon, y las voces incrementaron su volumen, más
Degel no prestó atención a ninguna. Agarrando la capa del cuarto custodio lo miró desesperado — Ayúdame a
encontrar a Kardia.
— ¡…! — Manigoldo
se quedó sorprendido y sujetó la mano de Degel que empezaba a temblar. Al
principio el italiano pensaba en ignorar lo que pasaba en el octavo templo,
después de todo, estaba acostumbrado a las peleas de Kardia y Degel, pero al
sentir como su armadura le pedía entrar no lo dudó dos veces.
— Manigoldo — la
voz del patriarca los separó un poco. Atrás del sumo pontífice estaba toda la
élite de caballeros dorados, sus armaduras brillaban con intensidad que si no
fuera porque esto era algo serio hubiera hecho un comentario al respecto.
— Viejo… al
parecer el alacrán se metió en problemas. — Degel volvió a temblar
involuntariamente, entonces eso significaba que Kardia había activado el
Katakeo.
— Kardia… —
susurró aferrándose a Manigoldo.
— Patriarca, me
ofrezco como voluntario para buscarlo — la voz seria de Albafica sorprendió a
todos. Manigoldo trató de evitar aquella mirada que, estaba seguro, mostraba
molestia.
— No puedo
enviarte sin saber exactamente dónde está Kardia — Sage miró al resto de los
caballeros y ordenó que salieran todos. Albafica se quedó mirando de reojo a
Degel y Manigoldo, mientras que Sage se dirigía hacia la armadura y poder
escucharla. Degel no estaba en condiciones para que le contara lo que ocurrió.
— Patriarca… —
susurró Degel recuperándose de su estado de shock, se separó de Manigoldo que
se levantó del suelo y se cruzó de brazos.
— Esto podría
significar una nueva guerra santa — susurró Sage, mirando con seriedad a los
tres dorados — Apolo no es un dios que acepte negociar con los humanos… no
podemos hacer nada, y la señorita Athena aún es muy joven para que se enfrente
contra él.
— Debemos buscar
otra manera — dijo Manigoldo — No podemos dejar al bicho con ese sujeto…
— No podemos ser
tan imprudentes Manigoldo — regañó Albafica, aunque él había sido el primero en
ofrecerse sabía que enfrentar a un Dios era un suicidio — Aunque fuéramos los
tres, no podríamos contra un dios, y no podemos dejar al santuario desprotegido
contra la guerra santa.
— Pero… — miró a
su maestro que negó con la cabeza y evitó mirarlo.
— No importa… —
habló Degel atrayendo la atención de los tres — Iré solo… Kardia es mi
responsabilidad… debí quedarme con él — apretó sus puños y agachó la mirada —
Déjeme ir patriarca… traeré a Kardia.
— Tsk, si va
Acuario Alba-chan y yo iremos.
—…—Albafica se
quedó en silencio y observó al patriarca que suspirando aceptó, había esperado
que Manigoldo insistiera, incluso, aunque pareciera imposible, se lo esperaba
de Degel también, pero si Albafica no se negaba entonces no debía preocuparse…
tanto.
—Si ven que esto
es peligroso, regresen.
(***)
(**)
(*)
El suave aroma a
cerezo empezó a despertarlo, sus párpados empezaron a temblar, clara muestra de
que empezaba a despertar, podría jurar que hace tan solo un momento estaba en
medio de una pelea contra el dios Apolo, entonces… ¿Por qué seguía vivo? Las
cantarinas risas empezaban a desesperarle, abrió sus ojos, intentando localizar
a esos seres que osaban en molestarlo cuando apenas despertaba, pero lo que vio
lo dejó mudo. Estaba en medio de un campo de flores y encima de él podía ver
las ramas del árbol Sakura, tan bellas y tan perfectas, quiso alcanzarlas pero
su cuerpo no le respondía.
— ¿Estoy muerto…?
— susurró, escuchando risas molestas, giró su cabeza y se quedó sorprendido al
ver a un hombre de cabellos rubios y cabellos algo alborotados recoger algunas
flores y colocarlas encima de la cabeza de Apolo — Jacinto… — susurró.
El muchacho de
dorados cabellos sonrió con ternura y río cuando Apolo se sonrojó con fuerza.
El dios del sol se veía tan distinto, se veía más... ¿Humano? Jacinto tenía un
gran parecido a él a excepción tal vez por el cabello y la mirada. El muchacho
se veía más inocente.
— Jacinto, mi
príncipe, creo que ya es hora de formalizar nuestra relación... Quiero
invitarte al Olimpo ¿qué dices?
— Será para mí
todo un honor, mi señor. — Kardia pudo moverse, pero cuando lo hizo se
arrepintió. Era testigo de lo que daría inicio a la locura del dios del sol...
La muerte de Jacinto.
Cerró los ojos al
sentir como algo lo arrastraba, era como unas garras que tocaban sus piernas,
brazos y su cuello — No respiro... — pensó. Sintió como el agua, que no sabía
de dónde salió, empezaba a ahogarlo — Degel...
Se levantó con
rapidez empezando a escupir el agua que había entrado a sus pulmones. Su mirada
azul empezó a recorrer el lugar ¿una bañera? Podía sentir aún el aroma a
Sakura. Miró su cuerpo intentando recordar lo que había pasado pero a su mente
sólo venía la pelea. Había usado el Katakeo para poder acabar con Apolo pero
después de eso ya no recordaba nada.
— Eres alguien
afortunado humano — bufó molesto al escuchar la voz de Altair, gira para verlo
pero este tenía la mirada perdida en el techo.
— Si te refieres
porque aún sigo vivo, la respuesta es no.
— No seas idiota
— Kardia le lanzó una mirada fulminante, pero lo dejó terminar — Tienes suerte
de que el señor Apolo te haya elegido como su Jacinto.
— ¿No entiendes
que yo NO quiero ser Jacinto? — masculló — Además no soy pasivo de nadie.
— ¿Y Degel? —
preguntó con curiosidad.
— ¿Que hay con
él?
— Pensé que era
alguien importante para ti...
— Lo es... —
susurró sin ganas de hablar del tema, mira de reojo a Altair y suspira — ¿Por
qué no le dices a Apolo que te gusta? Es obvio que babeas por su culo.
— No seas
grosero... Mi señor te eligió a ti.
— Me irritas... —
masculló molesto — ¿En donde está mi ropa?
—El señor Apolo
me ordenó que usaras esto... — alzó una larga túnica blanca.
— Tu dios está
loco si piensa que usaré algo tan corto — gruñe mirando con repulsión las
prendas — ¡Ni a un niño le quedaría eso!
— Solo obedece y
no hables — la paciencia de Altair tenía un límite y eso parecía divertir a
Kardia, que sonriendo aún más se cruza de brazos.
— ¿Qué pasa si me
niego? Tú no eres nadie a quien deba escuchar.
— … — todo había
pasado tan rápido que cuando Kardia se percató de la situación su espalda su
cuerpo era apresado por el de Altair. Podía sentir como su espalda rozaba contra
las frías baldosas y la mano ajena apretar con fuerza su cuello.
La mano de Altair
temblaba pero aún así no aflojó el agarre que lo mantenía preso. Con
dificultad, Kardia abrió los ojos para ver directamente a su oponente, la
tristeza de Altair era latente en su mirada azul grisácea, por un momento un
sentimiento de culpa le invadió, sentía que había visto aquella mirada antes,
en un pasado lejano. Kardia llevó una de sus manos al brazo de su enemigo
enterrando las uñas en ella, entreabrió los labios dispuesto a seguir retándolo
cuando de repente sintió como la cabeza le daba vueltas. La falta de aire en
sus pulmones empezaba a afectarle. Su cuerpo empezó a sentirse liviano y cuando
menos lo esperó, todo se volvió oscuro.
Altair miraba
extrañado a Kardia, había aflojado su agarre cuando sintió que las uñas de
Kardia empezaban a aflojar y por un momento había temido haberlo matado. Su
señor Apolo no se lo perdonaría nunca, él no soportaría ver decepción y odio en
aquellos ojos azul zafiro que tanto amaba.
— No me digas que
un simple apretón te lastimé — musitó esperando alguna reacción, pero Kardia
seguía con los ojos cerrados se acercó con cautela esperando el ataque que
nunca llegó y colocó su oreja a la altura del pecho. El corazón de Kardia aún
palpitaba y eso le aliviaba, además que aún podía sentir su respiración, aunque
era muy lenta — ¡Despierta Escorpio! — gritó dándole algunas bofetadas.
Teniendo el mismo
resultado.
Altair era un ser
con mucha paciencia y siempre sabía controlar sus sentimientos, pero saber que
por su culpa aquel hombre, que su señor insistía en llamarlo Jacinto, no
despertaba empezaba a alterar sus nervios. Alzó su mano dispuesto a retomar la
ronda de bofetadas cuando una mano lo detuvo a medio camino.
— Por fin
reaccionas imbécil — masculla — Sabía que fingías estar muerto, bastardo.
— …
— ¡Oye! ¿Me estás
escuchando? — gruñó empezando a irritarse, más cuando intentó liberarse del
agarre éste empezó a hacerse más fuerte — ¡¿Pero qué…?!
Las palabras
murieron cuando un extraño cosmo empezó a rodear el cuerpo de Kardia, una
sensación que empezaba a quemarle el brazo. No lo había olvidado, reconocía
aquel cosmos. Intentó soltarse del griego pero la suave pero escalofríante risa
que soltó lo paralizó. Al alzar la vista sus ojos chocaron contra los azules de
Kardia.
— Veo que sigues
siendo tan confiado — susurró Kardia con la voz fría y siseante — ¿Cuántas
veces debo decirte? ¡No quiero que te vuelvas a meter en mi camino!
La cosmo-energía
que lo empujó abruptamente, enviándolo hacia el otro extremo de donde Kardia
estaba. Altair estaba paralizado, literalmente, el cosmo de aquel hombre que
había poseído al escorpión era demasiado fuerte, aunque aún así no se comparaba
como la de un dios.
— Maldito… —
escupió, mirándolo con odio.
— Altair… que
esto solo sea una advertencia. No querrás que nuestro señor se entere de lo
ocurrido ¿o sí?
— Tú… nunca… lo
tendrás… — Kardia sonrió con frialdad y por un momento Altair pudo ser testigo
de cómo sus cabellos azules, empezaron a ser rubios. En ese momento se dio
cuenta de su error, había sido imprudente al no darse cuenta de la gravedad de
la situación, apretó sus dientes con fuerza mientras escupía el nombre de aquel
hombre — ...Jacinto.
(***)
(**)
(*)
OLIMPO
El Olimpo era el
hogar de los dioses olímpicos, los principales dioses del panteón griego,
presididos por Zeus. Los griegos creían que en él había construido mansiones de
cristal en las que moraban los dioses. Siendo su único camino el Gran Monte
Olimpo, donde se decía, que si un humano intentaba subir, el acto sería
considerado una ofensa, por lo cual provocaría la ira de los Dioses. Estaba
conformado por doce templos, en los cuales los Dodekatheon residían en armonía.
Una silueta
recorría hasta lo más profundo del lugar, donde lo único que se podía escuchar
eran los golpes de sus sandalias al chocar contra el suelo de cristal y el
bello canto de las ninfas. Ese cosmo tan familiar pero a la vez tan temible
había despertado al fin, y aunque sabía que se arrepentiría al ir en contra de
las órdenes del señor Altair, más lo haría cuando la ira de su señor se fuera
sobre él.
— Señor, señor —
llamó el joven, su mirada se paseó por toda la habitación hasta hallar al
hombre.
Apolo miraba a
través del balcón sin punto específico, algo temeroso por la reacción del
hombre, el joven sirviente se quedó a una distancia prudente. Entreabrió los
labios para poder hablar y fue ahí cuando la suave melodía calló abruptamente.
Apolo giró con lentitud dejando ver una sonrisa algo torcida. Sus cabellos,
antes negros, empezaron a brillar hasta transformarse en un rojo intenso que se
asemejaba al fuego.
— Señor Apolo… —
tragó saliva al sentir la penetrante y fría mirada del hombre sobre él — … ese
cosmo… es…
— Lo sé —
interrumpió abrazándose así mismo — Mi pequeño Jacinto, por fin ha despertado.
El soldado se
paralizó al ver al siempre frío dios soltar algunas cristalinas lágrimas, el
despertar de Jacinto tal vez no haya sido la mejor idea.
Comentarios
Publicar un comentario