Volver a Amar
Clasificación: No menores de 18 años (NC-17)
Autor: Nikiitah
Categoría: Saint Seiya
Disclaimer: Los personajes no me pertenecen sino a su respectivo creador Masami Kurumada y Shiori Teshirogi
Género: Romance, Aventura, Drama
Advertencias: Lemon, Muerte de un Personaje
Aviso: Si no te gusta el Shounen ai (hombre/hombre) no leas.
Resumen: Milo y Camus eran la pareja más sólida del santuario, hasta que la llegada de Hyoga, logra separarlos. La traición, el resentimiento y el orgullo serán los obstáculos más difíciles de superar. (Yaoi) (Milo/Camus)
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I.- ¿Qué voy hacer?
Ya habían pasado dos
semanas, desde que vinieron los 5 santos de bronce junto a Athena, ese verano
en donde ella decidió pasar unas vacaciones con los caballeros dorados y de
plata que vivían en el santuario, y como muestra de la alianza de paz que realizó
junto a sus tíos, Poseidón y Hades, decidió invitarlos junto a sus respectivos
guerreros. A pesar de las batallas vividas en el pasado decidieron aprovechar
esa oportunidad para darse una segunda oportunidad con los rivales que marcaron
durante sus batallas, y algunos, para recuperar antiguos amores fallidos y que
por causa de las batallas dejaron.
Hyoga deseaba que por
fin Milo aceptara su amor, pero tenía un problema, éste ya tenía a alguien en
su corazón y ese era su maestro Camus. Respetaba mucho a su maestro, pero en la
guerra y en el amor todo vale. Sin saber que más adelante y por causa de sus
decisiones perdería a la persona más importante de su vida. A pesar de los
vagos intentos de Milo de deshacerse de Hyoga, le era inútil en donde él iba el
otro lo seguía, era como si supiera en que momento y en qué lugar estaría.
Incluso llegó a pensar que el menor hubiera puesto unas cámaras en todo el santuario. Aunque claro, después lo
descartó ya que sonaba muy paranoico.
Durante ese
tiempo, Milo se había percatado de algo interesante. Hyoga no se daba cuenta
aún, pero había una persona muy cercana a él que sentía algo más que amistad
por el cisne, pero como éste estaba tan encaprichado por él no lo notaba.
Camus no era tonto, hace
ya un tiempo que se había dado cuenta de las intenciones de su pupilo, pero
decidió ignorarlo, sabía perfectamente que su bicho no caería. O por lo menos
eso deseaba creer él. Pero mientras más pasaba los días, más juntos los veía
que las dudas empezaban a crecer en él. Pero él no era el único con problemas.
Shion miraba en silencio entre la oscuridad de cada rincón del santuario. Desde
la llegada de los espectros, los chicos de bronce e incluso los generales
marinas todo el santuario era un barullo. Solo esperaba que esto no causara más
problemas de lo que ya habían. Estimaba a sus compañeros dorados, eran como sus
hijos y deseaba que ellos fueran felices. Un padre nunca se equivoca.
—Ellos sabrán salir adelante. Siempre lo
hacen. —la suave voz cerca de su oído lo hizo estremecer. Dohko, su mejor amigo
y fiel confidente no se daba cuenta del extraño poder que causaba en él.
Aunque… ni él mismo tenía idea de lo que le pasaba al estar cerca del antiguo
maestro de libra.
—Espero que
tengas razón Dohko.
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Ese día era el más
caluroso que todos. Ya ni podían sentir el sudor resbalar por sus cuerpos, era
como si se desvanecieran apenas aparecían. Athena había salido a una emergencia
en la mansión Kido dejando a cargo a Shion. Éste viendo que todos estaban
sofocados por el caluroso día decidió que era mejor ir a refrescarse en la
playa. Llamando a los caballeros dorados, bronce y plata, y claro, a sus
invitados, decidieron ir de inmediato.
Al llegar a la playa,
lejos de pasar desapercibidos, llamaron la atención de varios chicos y chicas
que ya estaban rodeándolos. Algunos caballeros, como Misty y Afrodita sonreían
ante los elogios que les lanzaban, incluso hubo algunos chicos más atrevidos
que intentaban en vano invitarle alguna bebida al caballero más hermoso del
santuario, pero siempre que intentaban acercársele un furioso Deathmask los
ahuyentaba. Más allá alejados de todos, se encontraban Ikki y Radamanthys con
cara de pocos amigos, al ver a un grupo de chicos rodear a Pandora. Luego de
todo el alboroto, y luego de unas cuantas amenazas de las parejas de algunos
caballeros, todos se fueron a divertir. Cada uno se fue por su lado, algunos en
grupos y otros, los que tenían parejas, se iban con ellos.
Hyoga sentía que se iba
a morir de los celos al ver a Milo con Camus, que se reían por algún chiste
dicho por el peli azul. Camus preparaba las sillas, colocando las toallas para
echarse junto a Milo, mientras que éste colocaba la sombrilla que los cubriría
del sol. Milo sabía de sobra que a Camus no le gustaba broncearse pero aun así
había aceptado ir, solamente para verlo feliz, ya que, después de suplicarle,
aceptó ir con ellos.
—Milo… —llamó con
un tono sensual en su voz. El mencionado volteó a mirarlo luego de colocar bien
la sombrilla y con una sonrisa lobuna se acercó a su amado. — ¿Me echas
bloqueador?
Camus acarició el
fornido pecho del griego logrando excitarlo, quitándose la camisa que llevaba,
se echó boca abajo sobre la silla, Milo no perdió tiempo y se sentó a
horcajadas de Camus. Agarró la botellita blanca, echándose un chorro de crema
en la mano, y luego de frotarla un poco empezó a masajear la espalda de Camus.
Empezando desde el cuello hasta bajar con lentitud por la columna vertebral.
Camus estaba tratando de reprimir los gemidos que afloraban por salir de sus
finos labios, pero le era imposible. Los masajes de Milo, eran exquisitas.
Aquellas caricias tan suaves y a la vez deliciosas lo volvían loco. Milo se
acercó a su oído, dándole una lamida por debajo de su oreja izquierda. Una zona
sensible que le hizo estremecer por completo.
— ¿Te echo en
otra parte, Cariño?
—Milo… —jadeó
sintiendo como su cuerpo empezaba a calentarse y no precisamente por el sol. —
Hay… aquí… no… —su voz empezaba a dificultarle, si Milo seguía con ese juego
mandaría a la mierda todo y tomaría a su adorado bicho en ese momento. Hyoga
que miraba desde ya hace unos minutos la interacción de ambos decidió que lo
mejor sería intervenir.
— ¡Milo!
Al escuchar su
nombre, se separó para buscar al dueño de la voz. Al percatarse de que era
Hyoga quien lo llamaba suspiró cansado ¿Nunca se rendiría? Al ver la cara de
frustración de su novio, Camus se levantó un poco para ser él esta vez quien le
diera una pequeña lamida debajo de la oreja.
—Ve… si no estará
llamándote hasta que le hagas caso.
— ¿Estás seguro?
—Sí… —una
pequeña, casi invisible sonrisa apareció en los labios del galo, Milo suspiró
pero asintió. Al ver como se alejaba Milo soltó un bufido indignado. Debería
hacer algo. Al regresar al santuario hablaría seriamente con Hyoga.
— ¿Qué ocurre
Hyoga? —preguntó el de escorpio.
— ¿Me echarías
bloqueador en la espalda Milo? —dijo con la voz más seductora que sacó.
Milo notó el tono de voz
que usaba, pero él no se dejaría caer en su juego. Decidió ignorarlo y se
acercó. Al hacer contacto a ambos se les erizo la piel, no se sentían así desde
hace años. Con cada masaje que le daba el escorpión, el cisne se excitaba,
emitía gemidos bajitos. Cosa que escuchó Milo, en ese momento el también
empezaba a excitarse. No podía evitarlo. Su historia con Hyoga era muy difícil
de olvidar, y no era porque lo amara.
—Creo… que… ya…
te… eché bastante —dijo balbuceando, evitando cualquier contacto con éste.
—Aún falta —se
acercó y le susurro a su oído— Entre mis muslos —al escucharlo Milo se sonrojó,
no cabía duda, Hyoga quería excitarlo, si esa era su intención lo había
logrado. Lo sujetó de los hombros con ambas manos y lo separó.
—Cállate —se paró
lo más rápido que pudo, y con la voz más fría continuó— No digas estupideces
Hyoga eso ya quedó en el pasado. —diciendo eso se fue con Camus. Dejando a un
Hyoga con una sonrisa lujuriosa.
—Donde hubo fuego
cenizas quedan —dijo para sí mismo.
.
.
.
.
A unos metros de donde
estaba, un muchacho de cabellos verdes y ojos como esmeraldas miraba
entristecido a su amigo. Una lágrima solitaria resbaló por sus mejillas. Su
hermano no se encontraba cerca para aconsejarlo, hace ya varias horas que lo
había perdido de vista y no deseaba molestar a Seiya o a Shiryu. Ni siquiera
deseaba molestar a su maestro que estaba prácticamente siendo arrastrado a los
juegos de Kiki y Mu.
—Te ves más
hermoso cuando sonríes. —Al escuchar una voz a sus espaldas se limpió con el
dorso de la mano los rastros de lágrimas.
—Déjame en paz
—el misterioso hombre se sentó a su lado y acarició sus verdes cabellos.
— ¿Por qué sufres
por un amor no correspondido? ¿Tienes esperanza de algún día ser el dueño de su
corazón?
—Tal vez… —se
abrazó las piernas y escondió su rostro en ellas, mientras más lágrimas amargas
salían de sus esmeraldas. — Déjame solo Hades.
—Olvídate de él.
No te merece.
—No puedo… —un
sollozó escapó de su garganta, mientras leves espasmos sacudían su cuerpo. — Lo
amo demasiado. Nunca entenderás que es lo que se siente cuando tu amor no es
correspondido. —el peliverde se levantó con rapidez y se marchó corriendo
dejando al rey del inframundo solo.
—Si lo sé… tú
jamás podrás corresponder mis sentimientos… —se levantó con toda la elegancia
que lo caracterizaba y se fue a buscar a Lune, porque si de algo estaba seguro,
es que a Radamanthys no podría encontrarlo, no sin tener que presenciar sus
arranques de celos junto al fénix. Y
claro, Aiacos y Minos estaban desaparecidos haciendo no sé qué travesura y no
deseaba pagar las consecuencias, además la compañía de Lune le era
tranquilizante.
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Ya de regreso en el
santuario, cada uno se dirigió a su respectivo templo, esa noche Milo se
quedaría junto a Camus en acuario. Pero al recordar que no tenía pijamas allá decidió
ir a su templo para traer una muda de ropa. Aunque no predijo que Hyoga lo
acompañaría. El camino era algo incómodo para Milo que se maldecía una y otra
vez por aceptar que el ruso se quedase en su templo. Y es que a pesar de que
Camus era el maestro del cisne, en su templo no habían habitaciones de
huéspedes, en cambio en su casa si, y como Athena sabía de la estrecha amistad
que existían en ambos decidió que Milo dejara que pasara los días allá.
El octavo custodio notó
la penetrante mirada del ex-discípulo de Camus y no pudo evitar sonrojarse
irritado. Ante tal acto, Hyoga pudo notarlo. Sonrió satisfecho. Sabía que el
bicho caería a sus pies. Una vez que llegaron, entraron de frente a los aposentos
privados de la casa. El de escorpio se dirigió hacia el armario y empezó a
sacar ropa. Lo único que podía hacer el cisne era solo observar la espalda de
este. Su mirada estaba llena de lujuria y deseo hacia el alacrán.
—Milo, ¿estás seguro de lo que haces?
—preguntó mientras se acercaba peligrosamente por atrás.
— ¿A qué te
refieres? —pregunto incrédulo. Al darse media vuelta se dio cuenta que el cisne
estaba muy cerca de él.
—De tus
sentimientos hacia Camus —el de escorpio se sentía cada vez más nervioso. Hyoga
sonrió satisfecho, había dado en el clavo. — Él no te merece, tú eres más
alegre y él es un amargado sin razón.
Milo apretó los puños,
molesto por las palabras de Hyoga ¿Por qué diablos actuaba así? ¿No se suponía
que debía tener respeto por Camus? mientras se acercaba a los labios del
escorpión, iba a apartarlos hasta que el menor se desvió hacia su oído y dijo
en un susurro.
—Yo podía ser
mejor que él, soy más joven, más atractivo, alegre y te podría cumplir todos
tus caprichos —mientras con sus manos tocaba el firme pecho del bicho. Ante
aquel contacto Milo gimió bajito.
— ¿Ves? te estás
empezando a excitar —dijo relamiéndose los labios— Yo puedo excitarte —se
estaba acercando a los labios del octavo guardián. Pero Milo lo detuvo justo a
tiempo.
—Ya lo sé…pero yo
amo a Camus, ya te lo dije —dándose media vuelta. Se dirigía a la salida de la
habitación cuando se detuvo. Aun sin voltear le dijo— Ya deberías superar lo
que pasó entre nosotros —y se fue
dejando aun enojado cisne.
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La llegada de Hyoga,
los sentimientos que surgieron cuando lo
vio de nuevo, su forma de seducir. El casi beso, que le iba a dar. Esa noche
estaba seguro que no podrá dormir. Miró a su acompañante. Camus estaba
durmiendo plácidamente. Su rostro reflejaba lo tranquilo que estaba. No quería
arruinar esa felicidad si le contara lo que pasó con Hyoga. Suspiró y se dio
media vuelta para no mirar a su amado francés.
—Mañana será otro
día —dijo en susurro— Espero que me ayudes —mientras miraba su constelación.
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Al día siguiente todos
se despertaron de muy malhumor, todos excepto Camus y Shun que habían dormido
placenteramente. El primero ignorante a lo que pasaba y el segundo de mejor
humor. Decidieron que lo mejor sería desayunar todos juntos en el salón del
patriarca. Así que ahí se encontraban los doce caballeros dorados (incluido
Kanon) los generales marinas y los espectros en una enorme mesa esperando al
resto para empezar a desayunar. Hades y Poseidón llegaban con ojeras en sus
rostros, y por su bien, ninguno de sus subordinados comentó al respecto, ya que
aparte de las ojeras ambos tenían el entrecejo fruncido, y no eran los únicos
dioses malhumorados, atrás de los Thanatos e Hypnos le seguían.
En una esquina de la
mesa, Saga y Kanon estaban furiosos, el primero estaba furioso con el espectro
de Wyvern, que no dejaba en paz a su hermanito y el segundo porque el arquero
no dejaba de coquetear con su hermano. Ninguno se daba cuenta de los celos del
otro simplemente se dejaban llevar por la adrenalina del momento. Otros como
Deathmask, estaba contando hasta diez, para no enviar al inframundo al juez Minos que no dejaba de coquetear con su Dita.
Y es que desde que se fueron a la playa, el juez de Griffo no dejaba de
mencionar a un tal Albafica y que Dita se parecía a él, y cada vez que se
interponía Thanatos soltaba algunos comentarios indecentes hacia su persona,
comparándolo con un tal Manigoldo. A Milo casi le da migraña con tanto ruido,
cosa que lo notó Camus.
— ¿Te encuentras
bien? —por su tono de voz, se notaba que estaba preocupado.
—Si estoy bien
Cami —mostrando una sonrisa falsa para no preocuparlo.
—De acuerdo… —no
estaba muy convencido, Milo era muy alegre, pero ahora solo paraba distraído y
pensativo. Al otro lado del comedor se encontraba Shun comiendo una tostada con
jalea y un jugo de naranja.
—Hola Shun ¿Cómo
amaneciste? —preguntó feliz el cisne.
—Hola Hyoga, bien
y ¿tu? —dedicándole una sonrisa.
—De maravillas,
oye hace tiempo que no hablamos.
—Jejeje ¿será que
tú paras pendiente de cierto escorpión?
—Etto… —se
sonrojó fuertemente. — Tal vez, pero tú también te has alejado —cambiando de
tema— Ya no te veía en la mansión.
—Es que he estado
ocupado con algo. —dijo mirando su vaso de jugo.
— ¿En qué?
—preguntó con curiosidad.
—Cosas —dijo
fríamente. Haciendo que se le erizara la piel de Hyoga.
Ikki que estaba viendo
la conversación de Shun, también se le erizo la piel. No sabía que le estaba
pasando a su hermanito. El peliverde se levantó ante la atenta mirada de ambos,
y por alguna extraña razón Hyoga sintió una opresión en su corazón.
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Luego del desayuno cada
uno se fue por su lado. Hades decidió ir al inframundo para asegurarse de que
nada ocurría. La reconstrucción del inframundo era muy tedioso, y demasiado
costoso para su gusto, aunque no era el único que sufría, por lo que supo
Poseidón también sufría la reconstrucción de su templo. Mientras tanto, en el
santuario. Los jueces se encontraban sentados en un sillón grande, Aiacos
estaba con los brazos sobre su cabeza mirando el techo, con Minos sobre sus
piernas, que estaba disfrutando del privilegio que le daba su amigo, mientras
que Radamanthys miraba aburrido a sus dos amigos, esperando que algo
interesante ocurriese con ambos, pero por lo que miraba ese par no se
confesarían ni aunque Cerberos les pasara encima.
— ¡Bah!
tonterías, ya no soporto esto me voy —dijo Radamanthys aburrido.
— ¿A dónde crees
que vas Rada? —dijo sereno Minos.
—A cualquier
lugar que no sea aquí, el señor Hades no está y yo no seguiré las órdenes de
ese par. —señalando Dohko y Shion que
estaban sentados en el sillón con la mirada perdida.
Se levantó del sillón
ante la atenta mirada de sus dos amigos. A lo lejos pudo divisar al fénix que
se encontraba recostado en la rama de un árbol, así que decidió ir a molestarlo
un poco. Quizás tuviera suerte y llegaba a joderlo.
— ¿Crees que lo
que siente es tensión sexual hacia el fénix?
—Tú y tus ideas
extrañas, Aiacos —sonrió socarrón Minos, recibiendo como respuesta un golpe de
parte de su amigo. — Auch. —se quejó sin borrar su sonrisa. — Te apuesto que
ambos follaran en cualquier momento.
—Acepto. Yo digo
que lo harán al terminar el día. —Ambos sonrieron con malicia. Aiacos decidió
irse a su habitación y sin importarle que Minos aún se encontraba en sus
piernas se levantó.
— ¡Ey! —Minos que
se había estrellado contra el suelo se sobaba su cara con su mano derecha,
mientras que la otra se apoyaba para levantarse. — ¿Qué fue eso?
—Me voy a mi
habitación, estoy aburrido. —Minos sonrió lobunamente y levantándose de un
salto acorraló a Aiacos.
— ¿Jugamos un
poco?
—Juega con
Piscis. —Respondió escuetamente, haciéndose a un lado. Dejando a un sorprendido
Minos que sin decir otra palabra jaló del brazo a Aiacos para robarle un beso
en los labios.
— ¿Necesitas otra
prueba? —Aiacos no dijo nada y se fue a su habitación con una media sonrisa.
Minos no necesitó ser adivino y siguió a su amigo y futuro novio.
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Milo se encontraba
encerrado en su habitación, afortunadamente Hyoga no se encontraba en su
templo, y su amado Camus estaba en Rodorio junto a Afrodita haciendo algunas
compras. Decidió sacar un viejo álbum de fotos de cuando iba a visitar a Camus
y los pequeños Isaac e Hyoga allá en la fría Siberia. Una sonrisa afloró de sus
labios al recordar aquellos tiempos.
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-:-:-:-:-:-o…o Flash Back
o…o-:-:-:-:-:-:-
SIBERIA, SEIS AÑOS ATRÁS
Aquella era la noche más
fría de diciembre y la noche más fría que había experimentado en toda su vida.
El frío congelante, calando sus huesos hasta la médula, le provocaba dolor.
Pero por fortuna no todo era malo. A su lado se encontraba la persona que más
amaba. Su acuario. Su francés. El gran amor de su vida. El hombre por quien
daría la vida. En eso escucha unos pasos que se acercaban hacia aquella
pequeña, pero acogedora habitación. Al abrirse la puerta una pequeña figura
apareció ante los ojos turquesas del griego.
— ¿Hyoga?
—preguntó medio adormilado el octavo guardián. El rubio asintió. Se fue
acercando poco a poco al griego— ¿Qué ocurre?
—Tuve una
pesadilla —dijo apenado el pequeño. — No puedo dormir —agachando la cabeza.
—No te
avergüences, todos tenemos pesadillas, incluso yo —respondió sonriéndole
dulcemente. Los ojos del pequeño se empezaban a iluminar por la confesión del
mayor. De los dos discípulos que tenía Camus, Hyoga era el que más se acercaba
al heleno.
— ¿En serio?
—Preguntó tímido— ¿Tú también tienes pesadillas?
—Sí —dijo
mientras le acariciaba la cabeza— No creas que porque soy un caballero dorado
no las tengo. —el pequeño Hyoga se mantenía pensativo, estaba analizando cada
una de las palabras de Milo.
— ¿Puedo dormir
con ustedes? —preguntó. El octavo custodio pudo notar el pequeño rubor de sus
mejillas, sintiéndose enternecido, recordaba cuando tenía esa edad también se
ruborizaba cuando le pedía algo a Saga.
—Está bien —dijo
mientras se hacia un lado para darle espacio. Camus al sentir que su bicho se
movía, por instinto él también lo hacía.
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El tiempo pasó, Hyoga
había conseguido la armadura del cisne y había matado a Camus para así activar
el séptimo sentido. El joven caballero se sentía culpable por la muerte de su
mentor, pero sabía que no estaba solo. Milo, el caballero dorado de escorpio,
siempre se encontraba a su lado. Desde ese entonces, ambos paraban siempre juntos.
Incluso el de escorpio se animó a entrenarlo. Ese día era lluvioso, parecía que
el cielo estuviera llorando, por la pérdida de 6 santos dorados. Los más
afectados eran Milo e Hyoga, que lloraban por la partida de Camus. El primero
lloraba por la muerte de su mejor amigo, amante y novio; el segundo por su
maestro, el ser que le ayudo a formar como caballero. El de escorpio trato de
ser fuerte para calmar al pupilo de su alma gemela.
Todos estaban ahí, la
diosa Athena, los santos de bronce y los santos dorados que quedaban, incluso
el viejo maestro estaba, visitando por última vez a quien era su mejor amigo de
años. Hyoga lloraba cada vez más fuerte, aunque sabía que deshonraría la
memoria de su maestro no podía soportarlo. Milo sabia como se sentía, se acercó
a él. Y le dio un fuerte abrazo. El cisne al sentir el contacto con ese cuerpo
tan cálido se empezó a calmar. El escorpión le empezó a acariciar la cabeza,
con suaves masajes en su cuero cabelludo. El menor solo pudo hundir su rostro
en el pecho del peliazul. Por una extraña razón se empezaba a sentir más
tranquilo.
Los demás lo miraron, a
ninguno de los santos de oro les sorprendió la confianza de ambos. Se rumoreaba
en el santuario que el octavo custodio siempre iba a Siberia para ver al de acuario.
Y era lógico que ambos se conocieran. Tras a verse tranquilizado Hyoga se
separó un poco del bicho. Levanto su rostro y lo miro a los ojos. El guardián
de la octava casa pudo notar los ojos rojos del menor. Le acaricio la mejilla y
luego junto su frente con el cisne, sin dejar de mirarlo.
—Hyoga —empezó a
decir— A Camus nunca le hubiera gustado que lloraran por su muerte.
—Lo sé —dijo en
susurro, el de escorpio lo pudo escuchar claramente. Suspiró y luego se acercó
a su oído.
—Sabes —dijo
bajo. Hyoga se estremeció al sentir su aliento en su oído. — Le prometí a Camus
que jamás te dejaría solo —el menor se sorprendió al escuchar esas palabras— Y
no lo pensaré hacer.
Se separó y le tomo por
los hombros y levanto su rostro para que lo viera directamente a los ojos “Los
dos superaremos esto juntos” mientras le dedicaba una sonrisa tierna. Sin darse
cuenta Hyoga empezó a sonrojarse. El mayor pensó que era por la emoción del
momento. Él se sentía así cuando en el pasado Saga y Kanon le daban esos tipos
de ánimos. Sonrió al ver que el cisne empezó a tener ese brillo en sus ojos.
Desvió su mirada hacia la tumba de su amigo.
—Te prometo que
lo cuidaré, no importa si arriesgo mi vida. No dejare que alguien a quien tú
quieres muera de nuevo —dijo más para sí mismo. Miró al cielo que aún no dejaba
de llover. Todos lo miraban con curiosidad— Te lo prometo Camie —sonrió de
nuevo— Y sabes que yo jamás rompo mis promesas.
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Tanto fue su cercanía,
que el menor empezaba a sentir algo más que cariño por su nuevo maestro. Ese
cariño que poco a poco se fue transformando en amor. Durante ese tiempo Milo le
enseñó lo que su maestro una vez le mostró, el arte de seducir. Aunque él le
enseñaba a Hyoga con el propósito de que algún día, el ruso conquistara el
corazón de su ser amado, nunca creyó que esas mismas técnicas las usaría en
contra. Una noche, en la que Milo regresaba satisfecho por haber finalizado uno
de sus trabajos que Athena le había encomendado, decidió tomar un baño caliente
y echarse a dormir. Aioria le había invitado a celebrar en Rodorio y de paso
divertirse un poco, pero desistió la oferta. Al entrar a la habitación, Milo
sintió un extraño aroma en el ambiente, olía a… ¿rosas?, al encender la luz se
sorprendió al ver que su habitación estaba llenas de ellas. Caminó hasta estar
enfrente de la cama.
—Te demoraste —se
escuchó la voz sensual de un muchacho. Milo no salía de su asombro, esa era la
voz de su joven pupilo.
—Hyoga… —dijo en
un susurro— ¿Qué ocurre aquí? —al darse la vuelta sintió que el corazón se le
iba a salir. Hyoga, el mismo niño inocente que conoció hace años estaba
semidesnudo frente a él. Solo tenía una bata que le cubría. Pudo ver que el más
joven se quitó la bata y quedo como Dios lo trajo al mundo. Milo no sabía qué
hacer, ni que decir. Estaba en shock.
—Quería darte una
sorpresa —mientras se acercaba al griego. El de escorpio se dio cuenta que las
mejillas del menor estaban teñidas de un color rojizo, lucia nervioso, pero de
una forma encantadora. Se estremeció cuando notó que se acercaba e inclinaba la
cabeza para depositar un suave beso en su mejilla.
—Te amo —susurró
en su oído. Dejándolo en blanco.
-:-:-:-:-:-o…o End Flash Back
o…o-:-:-:-:-:-:-
— ¡Diablos! por
más que no deseo, no puedo, maldito seas Hyoga, porque diablos no puedo dejar
de pensar en ti —gritó el griego frustrado, ese muchacho se estaba apoderando
de su mente, frustrándolo cada vez más.
— ¿Así que no
puedes dejar de pensar en Hyoga verdad, Milo? —dijo una voz a su espalda.
El santo de escorpio se
quedó pasmado, al escuchar esa voz, era Camus. Se volteó lentamente y lo pudo
ver, sus ojos derramaban muchas lágrimas, no le dio tiempo de aclararle nada y
se echó a correr. Dejando a un Milo parado e inerte.
— ¡Maldición!
—exclamó molesto, golpeando la pared.
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