El Rapto de Kardia [Capítulo 03]
El Rapto de Kardia
Clasificación: Para todo público
Autor: Nikiitah
Categoría: Saint Seiya
Disclaimer: Los personajes no me pertenecen sino a su respectivo creador Masami Kurumada y Shiori Teshirogi
Género: Romance, Humor
Advertencias: ----
Aviso: Si no te gusta el Shounen ai (hombre/hombre) no leas.
Resumen:
Kardia y Dégel tienen una misión nueva, donde tendrán que escoltar a dos duques hasta el santuario. Al cruzar la mirada con Kardia, uno de ellos, se empieza a obsesionar con el escorpión llegando el límite de raptarlo.
Ahora Dégel debe recuperar a la persona más importante y de la que está enamorado, aunque esto signifique enfrentarse a un dios. ¿Lo logrará?
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003 El Oráculo de
Delfos
El oráculo de Delfos, fue un lugar de consulta a
los dioses, un templo sagrado dedicado principalmente al dios Apolo. Situado en
Grecia, al pie del monte Parnaso, consagrado al propio dios y a las musas. De
las rocas de la montaña brotaban varios manantiales que formaban distintas
fuentes. Una de ellas, la más conocida desde muy antiguo era la fuente de
Castalia, rodeada de un bosquecillo de laureles consagrados a Apolo. La leyenda
y la mitología cuentan que en el monte Parnaso y cerca de esta fuente se reunían
algunas divinidades, diosas menores del canto, la poesía, llamadas musas junto
con las ninfas de las fuentes, llamadas náyades. En estas reuniones Apolo
tocaba la lira y las divinidades cantaban.
Muy pocos eran los humanos que podían deleitarse
con aquel espectáculo, sólo aquellos elegidos podían ser privilegiados. Las
leyendas decían que solo hubo un hombre que pudo apreciar aquel bello
espectáculo, Jacinto; el amante de Apolo. Hijo de una de las musas, y joven
príncipe de Esparta. El muchacho, dotado por una gran belleza masculina, era la
razón por la cual Apolo descendía en su pegaso a la tierra, se decía que al
morir el dios creó una única y densa espiga de fragante flores en tonalidades
rojas, azules, blancas y amarillas. Entre las que resaltaba una en especial. La
flor más grande y bella que representaba a Jacinto, su amante.
Las musas eran las encargadas de tocar suaves
melodías para mantener viva el alma de Jacinto, quien fue asesinado por Céfiro,
hasta que el muchacho reencarnara.
Los pasos de Degel se detuvieron al escuchar una
suave melodía. El patriarca Sage había advertido que las musas eran peligrosas
cuando se sentían amenazadas y a la más mínima provocación podrían eliminar a
su enemigo. Si querían llegar al Santuario de Apolo debían evitarlas.
Sabía que esta misión sería la más difícil,
podría no regresar jamás. Tal vez su alma fuera encerrada para toda la
eternidad quedando en los dominios de Apolo, pero aún así, Kardia lo valía.
Incluso había dado su palabra a la señorita Athena.
FlashBack
Hace unas horas atrás.
La noticia del rapto de Kardia empezó a volar
como pólvora, llegando a los oídos de la joven Athena. El patriarca Sage había
sido claro cuando dio la orden de mantenerlo en secreto debido a la cercanía de
Kardia con la muchacha, pero no fue suficiente, pues ahora tenía a la
angustiada niña llorando al saber el destino de su amigo. Ni siquiera Sísifo
que era uno de los caballeros más cercano a la diosa lograba calmarla, y eso
empezaba a frustrarlo.
Sísifo siempre se había enorgullecido de ser uno
de los dorados más cercanos a Athena a quien había traído hace poco, pero
mientras más intentaba acercarse a su joven diosa siempre era Kardia el elegido
por la niña ¿por qué siempre tenía que ser Kardia? ¿Qué tenía el joven escorpión
para que la pequeña sintiera tanto cariño? Su mirada se posó sobre los tres
santos dorados que estaban hincados frente a la joven Athena. Sasha apretaba
con fuerza la Niké, intentando en vano controlar sus nervios.
— Señorita Athena — habló Degel. La niña posó sus
ojos verdes sobre el santo de Acuario, atenta a las palabras que diría — Le doy
mi palabra que traeré al santo de Escorpio sano y salvo.
— Sé que lo harás Degel, confío en ti — la suave
voz de la niña solo hizo que una punzada atravesara su pecho. Él lo había
prometido pero… ¿realmente lo haría? Había muchas probabilidades que no pudiera
traer de regreso al santo de Escorpio.
Manigoldo también lo sabía y fue por esa razón
que con toda la confianza del mundo decidió intervenir en la plática entre la
joven Athena y Degel.
— ¡Entonces vámonos! El bicho ha de estar
destruyendo todo a su paso — se levantó y dio media vuelta seguido por
Albafica. Degel se inclinó para despedirse y siguió a sus compañeros.
— Estoy segura que Kardia regresará — susurró la
niña, siendo escuchada por Degel.
Fin del FlashBack
Su mirada paseó por todos lados, de repente la
suave melodía de las musas habían cesado, debían de ser silenciosos para no
alertarlas. Caer bajo las redes de alguna podía significar una muerte segura.
Degel llevó una mano a su mentón intentando recordar un camino que ayudara
acortar el trayecto hacia el Oráculo sin ser vistos por ellas.
— ¡Maldición! — exclamó Manigoldo aburrido — Ya
caminamos un par de días, sin embargo no tenemos siquiera una pista.
— Manigoldo — regañó Albafica al ver a Degel
tensarse.
— Desprecio la suposición de cosas y el viejo lo
sabe — siguió hablando, ignorando a Albafica y la mirada irritada de Degel.
— Manigoldo…
— Hey Degel ¿el viejo no te ha dicho la ubicación
exacta del santuario de Delfos?
Degel dio media vuelta dispuesto a callar de una
vez por todas a Manigoldo. Él estaba intentando no hacer demasiado ruido y el
guardián de Cáncer junto a sus quejas solo lograban alterarlo.
— ¡Manigoldo! — el grito de Albafica captó la
atención de ambos santos. Unas enormes raíces habían envuelto el cuerpo de
Piscis logrando inmovilizarlo.
— Es una trampa — masculló irritado Cáncer,
esquivando las raíces que salían por todos lados.
Una espesa niebla los envolvió mientras más
esquivaban, separándose cada vez más.
Ninguno tenía la menor idea de que pasaría
después, intentaron buscar la fuente de poder de estas pero parecía que se
movían por sí solas. Una de ellas, se acercó a gran velocidad hacia Degel. “Kardia” fue lo último que pensó,
dejando que la negrura de la inconsciencia lo envolviera.
(***)
(**)
(*)
— ¿En donde estoy? — masculló Manigoldo.
La oscuridad que lo rodeaba era demasiado
perturbador y el aroma de la muerte se podía sentir por todos lados. Manigoldo
odiaba a la muerte. Desde que su maestro Sage le había enseñado el significado
de la vida su perspectiva hacia aquella había cambiado. Sin saber a donde ir,
optó por quedarse parado y mirar a su alrededor en busca de alguna señal que le
indicara la salida de aquella oscuridad. Incluso, había intentado buscar los
cosmos de sus compañeros, pero parecía que la tierra se los hubiera tragado.
Intentó recordar lo que había ocurrido. Primero;
fueron atacados por varias raíces. Segundo; se separaron. Tercero; una extraña
neblina los rodeó y…
— Mierda… caí en una trampa.
— ¿Hermanito?
Manigoldo agrandó los ojos al escuchar esa
aniñada y tierna voz. Su corazón dejó de latir y sus ojos empezaron a
cristalizarse. ¿Cómo era posible que estuviera viva? Sintió que el tiempo
pasaba en cámara lenta mientras se giraba para ver a la muchacha, al instante a
su alrededor la aldea donde había nacido apareció frente a sus ojos.
— Elenore — susurró, sintiendo como los bracitos
de su hermana fallecida rodeaban su cintura y sintiendo cómo su alrededor le
daba vueltas.
(***)
(**)
(*)
Interna y externamente frustrado, siguió
caminando por aquel extenso jardín de flores. Había sido atrapado por las
raíces cuando la neblina apareció.
— La neblina es más espesa — susurró mirando
hacia ambos lados.
El suave y dulce aroma de las flores se hizo más
fuerte cuando el viento sopló y éstas empezaron a volar. Albafica solo había
visto esa escena antes, cuando su maestro aún seguía vivo. En aquel entonces
solo era un muchacho de diez años.
Sintió su corazón oprimirse al recordarlo. Aún no
había asimilado la muerte de su maestro, ni que fue por culpa suya por la cual
murió.
— Si tan sólo no hubiera aceptado — susurró
agachando la mirada.
— No fue culpa tuya.
— ¡¿...?!
— Albafica… estoy vivo.
— … Maestro — susurró sintiendo como la cabeza le
daba vueltas. ¿Qué estaba pasando?
(***)
(**)
(*)
Frío. Frío es lo único que sentía en aquellos
momentos, algo irónico sabiendo que él era un maestro del agua y el hielo, que
se supone debía tolerar las bajas temperaturas. Quiso abrir los ojos pero los
sentía pesados y cansados, ningún sonido se podía escuchar a la lejanía
llenándolo de incertidumbre. Degel se levantó con las piernas temblorosas pero
manteniéndose tan firme como podía cuando unos pasos sonaron, rompiendo el
silencio. Levantó la vista intentando localizar a la persona que se acercaba
pero apenas podía enfocar la vista en su totalidad, por lo que todo a su
alrededor se veía borroso y oscuro, siendo iluminado por un color azulado.
— No creí que tuvieras fuerzas para levantarte.
Una aterciopelada voz resonó por el lugar, se
volteó pudiendo enfocar apenas una figura femenina. La mujer comenzó a andar en
su dirección hasta posar una mano en los ojos de Degel. El cálido cosmos de un
color celeste empezó a rodearle. Tristeza y añoranza era lo que podía sentir y
por un momento se preguntó quién era aquella mujer.
— Creo que con esto es suficiente — susurró la
fémina quitando la mano. Degel al abrir sus ojos pudo enfocar perfectamente el
rostro de la mujer, al igual que su alrededor, quedándose de piedra. Estaba en
un templo, pero lo que más le asombraba no era por los reflejos de agua en las
paredes, sino por la apariencia de aquella mujer.
— ¿Quién eres? — susurró incrédulo. Pero la mujer
no dijo nada, solo le dio una mirada de soslayo y empezó a andar hacia las
profundidades del templo.
Sin saber qué más hacer, optó por seguirla.
Tenía muchas dudas y entre ellas era ¿Cómo pudo
llegar hasta ahí? Sin duda, la única explicación era ella. Además, el hecho de
poder sentir la tristeza en su cosmos le daba mucho que pensar ¿Acaso ella
buscaba su ayuda? En cualquier otro momento lo haría sin dudar, después de todo
ese era el deber de un santo de Athena, pero ahora tenía una misión más
importante y ese era Kardia. Le debía muchas cosas al escorpión y no podía
permitir que Apolo se quedara con él.
Levantó la vista para interrogar a la mujer, pero
ésta había desaparecido.
— ¿Qué está pasando aquí?
Paseó su vista por el lugar sorprendiéndose al
ver en donde estaba. Unas ruinas que parecían abandonadas se encontraban
escondidas celosamente en lo profundo del lugar.
Algunas columnas viejas y rotas se encontraban
por el suelo en medio de una pequeña fuente de agua que no le llegaba más allá
de los tobillos. En el centro, una esfera resplandecía, era de color plateado y
apenas se podía distinguir lo que había en su interior. Algo dentro suyo le
decía que se acercara, y así lo hizo.
Hipnotizado por aquel resplandor extiende su
mano, rozando apenas con las puntas de sus dedos la suave y lisa superficie.
Degel sintió con su corazón se detuvo cuando al fin pudo tocarla con la palma y
ver lo que ocultaba aquella. La figura de un muchacho con los cabellos flotando
al igual que su cuerpo, se encontraba en el centro. Con un rostro apacible y
lleno de serenidad parecía que estaba durmiendo.
— No puede ser… — susurró sintiendo como la
desesperación llenaba su corazón y hacía perder su cordura — ¡Kardia!
En la palma de su mano derecha empezó a reunir
pequeños copos de hielo, dispuesto a lanzar el Diamond Dust y destruir la
esfera para sacar a Kardia de aquel lugar, pero entonces el muchacho al frente
abrió los ojos. Un torbellino de agua lo invadió obligándolo a cerrar los ojos
y contener la respiración. Su cabeza empezaba a darle vueltas por la falta de
aire, y sin darse cuenta había soltado el aire, sorprendiéndose al ver que
podía respirar sin problemas.
Abrió los ojos viendo como ya no se encontraba en
aquellas ruinas, sino en un campo lleno de varias flores, entre las que
resaltaba las rosas, en el medio de todas, había un espacio en forma circular
donde una bella flor que reconoció como Jacinto, aquella que tenía pétalos
azules se encontraba marchita. Se acercó despacio, agachándose para poder rozar
la bella flor, pero unas voces infantiles se escucharon detrás suyo.
— ¡Vamos Camus! — gritó con entusiasmo un niño
rubio — ¡Quiero saber si mi amigo ya vino!
— Milo no vayas tan lejos — el muchachito
pelirrojo y de mirada caoba intentaba seguirle el paso.
Degel no entendía qué era lo que veía o si eso
realmente era real.
— Las cosas no cambiarán. La historia se repetirá
por varias generaciones más.
La voz de aquella mujer lo hizo sobresaltarse
nuevamente. Miró de soslayo cuando ella estuvo a su lado, pero no lo miraba, su
vista se mantenía fija en el niño de cabellos rubios llamado Milo.
— ¿Me dirás esta vez quién eres y qué es lo que
pretendes al mostrarme esto?
— … — la mujer siguió mirando a los infantes,
sonriendo apenas al ver cómo el pelirrojo empezó a regañar al rubio — Mi nombre
es Clío, madre de Jacinto quien ha reencarnado en aquel muchacho que llamas
Kardia y en un futuro, en aquel infante de nombre Milo.
Jacinto, fue todo lo que
pensó Degel mirando al niño y luego a la mujer con incredulidad. Ésta al ver
que el santo de Athena no diría nada, decidió continuar.
— Sé que has venido al Oráculo de Delfos por él,
y te imploro que lo saques de estas tierras. Jacinto ahora ha reencarnado con
una sed de venganza por aquel que en el pasado le traicionó por el amor de
Apolo y me temo que puede afectar a mi señor sino lo detienes…
— Disculpe — interrumpió Degel, por fin — Me temo
que yo estoy aquí para recuperar a Kardia, lo que ocurra con el Dios Apolo no
es de mi incumbencia.
Sus palabras salieron frías y secas. Sus ojos
estaban puestos en los infantes en especial por el niño de nombre Milo. Había
reconocido en él la esencia de su amigo, pero sobre todo podía notar como no
era el único que el niño llamaba la atención. Podía ver a Apolo mirando
fijamente al pequeño, escondido entre los frondosos árboles.
Si la mujer estaba en lo correcto, eso
significaba que en cada vida debía
proteger a Kardia de las manos de Apolo, él no deseaba eso, quería que Kardia
por una vez tuviera que vivir tranquilamente sin tener ese deseo sangriento de
llevarse un premio con él al momento de morir o que ese dios quisiera
llevárselo en cada era.
Estaba decidido a mantenerlo alejado de Apolo, a
mantenerlo lejos de la muerte, sin importar cuantas vidas pasen.
(***)
(**)
(*)
— Degel — susurró el joven con la mirada perdida
hacia el bosque.
Un aura de un tono plateado con tintes azules y
blancos, combinado con destellos dorados le cubrían de pies a cabeza, podía
sentirlo. Su corazón latía con fuerza, golpeando contra su pecho de manera
dolorosa al reconocer el cosmos de aquella persona. Mientras que aquel
sentimiento de tristeza y preocupación seguía esparciéndose por su pecho.
— Quiero verte… Degel… ven a mí — pensó con
cierta ansiedad.
La puerta de la habitación se abrió con algo de
brusquedad, motivo por el cual contuvo por unos segundos la respiración, todo
rastro de cosmos dorado había desaparecido, volviéndose completamente plateado.
No era necesario girar para saber quién era, y su visitante tampoco le pediría
eso. Aún sin saber qué hacer, sintió los cálidos brazos de su amado rodear su
figura de una manera posesiva, queriendo retener lo imposible.
— No sabes lo mucho que esperé por este día —
susurró cerca a su oído, logrando estremecerlo.
— Yo también he esperado mucho tiempo por verlo,
mi señor.
Las manos de Apolo recorrieron el cuerpo de su
amante intentando reconocer su nueva apariencia hasta quedar a la altura de los
firmes glúteos, donde apretó con fuerza para luego levantarlo hacia la mullida
cama con sábanas de seda. Separó sus piernas para darle mayor acceso al dios de
acomodarse y recorrió con su mano el firme pecho. Sus ojos se cerraron cuando
sintió los suaves labios de Apolo recorrer su cuello, bajando hacia su desnudo
pecho. Las grandes manos se colaron por debajo de la túnica volviendo a tocar
cada centímetro de su anatomía hasta llegar a su sexo.
Cerró sus ojos disfrutando el placer que empezaba
a recorrer cada centímetro de su anatomía, los labios de Apolo empezaron a
atacar su cuello demostrando toda la pasión y amor que había estado reteniendo
en aquello años, pero la imagen de un hombre de largos cabellos verdes y mirada
fría los hizo abrir de nuevo.
— ¡Detente! — gritó separándose bruscamente de
Apolo. El dios del sol lo miró con sorpresa sin saber que hacer a continuación.
— Jacinto…
— L-Lo siento — susurró — Creo que aún no puedo
controlar este cuerpo.
— Descuida, después de todo en este tiempo has
reencarnado como un caballero de Athena.
— Si… — su mano se aferró a su pecho sintiendo
como éste palpitaba con fuerza.
— Por cierto ¿y Altair? — preguntó, queriendo
olvidar la sensación de soledad por el rechazo de Jacinto — Creí que estaría
cuidándote.
— Solo se fue — susurró con una pequeña sonrisa
al recordar el lamentable estado del hombre — Ya no supe a donde fue.
— Entonces debería mandar a buscarlo…
— He visto que el bosque hay movimiento ¿por qué?
— cambió de tema.
— Sólo son intrusos. Nada que debas preocuparte.
Sus palabras salieron tranquilas, pero Jacinto se
daba cuenta de su mentira. Los brazos de Apolo rodearon su cuerpo con cierta
posesividad que le resultaba abrumador. Algo en su interior le resultaba
inquietante, desde que la imagen de aquel hombre apareció en su mente sentía
cierta nostalgia, y como Apolo no quería decirle nada, debía averiguar por su
lado.
Hubo un momento de incómodo silencio. Jacinto
estaba intentando ahuyentar aquel sentimiento que lo agobiaba, quería volver a
ser feliz al lado de su señor.
El deseo de los muertos es siempre volver a la
vida, Apolo lo sabía, él lo sabía. La muerte de Jacinto a manos de Céfiro fue
un día oscuro para todos los que rodeaban al dios, que bajaba cada doscientos
años para ver a su amado. Fue tan solo el destino, el que volvió a unir los
caminos de ambos. Si no fuera por aquel artefacto que pertenecía a Athena, o el
hecho que justamente fuera Kardia quien tuviera que escoltarlo, tal vez nunca
hubiera podido disfrutar el calor de su amado.
Pero había algo que le molestaba.
Aquel hombre que acompañaba a su amado.
De hecho Apolo se había percatado porque Jacinto
lo había rechazado. A diferencia de otros dioses, él conocía y amaba a su
amante. Se sentía frustrado por la confusión que habitaba en su corazón, y no
quería volver a perderlo. No por un insignificante humano.
Si todo salía bien, para este momento las musas
ya habrían acabado con la pequeña tarea que se les encomendó.
Entonces el silencio se rompió.
— Mi amado príncipe, deseo que esta vez me
acompañes al Olimpo.
— ¿Mi señor? — susurró con sorpresa por las
repentinas palabras.
— Esta vez no quiero fallas. Ya no hay más
amenazas que impiden que estemos juntos.
— Pero… — se separó un poco mirándolo con pena —
Sabe que es temporal… la flor aún no ha marchitado, aún no es el momento.
— Jacinto… ¿Qué te detiene?
— ¡...!
— No es por la flor. Hay algo que te está
perturbando ¿no?
Jacinto se quedó paralizado por sus palabras
¿Algo lo estaba perturbando? Degel
susurró una voz en su mente. ¿Quién era ese hombre y por qué su nombre lograba
inquietarlo?
— No sucede nada.
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