Volver a Amar [Chapter 09]
Volver a Amar
Clasificación: No menores de 18 años (NC-17)
Autor: Nikiitah
Categoría: Saint Seiya
Disclaimer: Los personajes no me pertenecen sino a su respectivo creador Masami Kurumada y Shiori Teshirogi
Género: Romance, Aventura, Drama
Advertencias: Lemon, Muerte de un Personaje
Aviso: Si no te gusta el Shounen ai (hombre/hombre) no leas.
Resumen: Milo y Camus eran la pareja más sólida del santuario, hasta que la llegada de Hyoga, logra separarlos. La traición, el resentimiento y el orgullo serán los obstáculos más difíciles de superar. (Yaoi) (Milo/Camus)
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IX.- Los efectos
del pasado, las consecuencias del presente.
En el silencio de la noche se podía apreciar
mejor las cosas que le rodeaba. Su mirada no se despegaba del cielo, donde su
constelación brillaba más fuerte que nunca. La llegada de su primogénito era
una de las razones, pero a pesar de ello estaba inquieto. Por breves segundos
había creído que se debía a la llegada de esa persona, pero tal vez sus
suposiciones eran erradas.
Un gemido lastimero fue lo que hizo que apartara
su mirada del cielo. En una pequeña cunita de color plata, un pequeño bebé se
removía incómodo entre las mantas
Milo nunca pensó tener un hijo.
No porque no le gustaran, simplemente lo había
descartado desde que se enamoró de Camus y se convirtió en santo. En realidad
no sabía que los hombres podían concebir hasta que conoció a la historia de él. Incluso si lo supiera desde el
principio -que al ser parte del ejército de un dios un hombre podría concebir-
no hubiera formado una familia.
Ser un caballero dorado era duro, si una nueva
guerra se presentaba él debía dar su vida por su diosa sin pensarlo dos veces,
y tener un hijo significaba cuidar y estar con él, darle amor y enseñándole a
seguir el buen camino.
La palabra "familia" no estaba en su
vocabulario. Después de todo, el rostro de su madre empezaba a ser solo un
recuerdo borroso al igual que el de su padre. Su vida había sido destruída
cuando era un niño, siendo vendido por un hombre millonario y salvado por un
viejo amigo que había muerto hace años atrás. Había cometido su primer
asesinato cuando tenía cinco años intentando salvar a ese amigo, activando su
cosmos, a la vez que su maestro Uxío aparecía para poder sacarlos de aquella
prisión.
Definitivamente no podía mantener a un niño.
Incluso si Milo no tuviera el peso de su pasado en sus hombros. Simplemente él
no podía, ¡No estaba en sus cabales!
La mente de Camus y la suya era demasiado
infantil y orgullosa, prueba de ello era aquella ridícula guerra donde tanto el
galo como él terminaron separados.
Por ello no tuvo ni idea de cómo reaccionar
cuando el patriarca dijo que era su hijo, y lo único que podía decir fue:
—Por ahora quiero estar con mi... familia.
Sabía que al decirlo; aceptaba quedarse con
ellos. Pero para su desgracia, aquellas palabras solo fueron inconscientes. Un
reflejo para no tener que soportar sus preguntas, y Dohko se dio cuenta. No por
nada le mandó una mirada inquisidora luego de salir de su asombro.
Pero allí estaba.
Su hijo. El hijo de Camus y él.
Era tan pequeño, con su carita redondeada con
tonos rosados sobre las mejillas, la pelusita color azul con tonos violáceos,
largas y tupidas pestañas, y cejas ligeramente fruncidas. Su manita se aferraba
a su mantita mientras q ue el
bebé empezaba a hacer ruidos. Pequeños sonidos de malestar e hipos, además de
un tenue lloriqueo. Milo sintió pánico, sin saber que hacer para que el pequeño
Evan detuviera el llanto.
— Shhh deja de llorar Evan —susurró intentando
mover un poco la cunita, pero eso no funcionaba.
— ¿Has intentado cargarlo? —la voz a sus espaldas
logró sobresaltarlo. Dohko, quien se apiadó de su estado había llegado al
templo de Escorpio.
—No sé como hacerlo —susurró sintiendo vergüenza.
El antiguo maestro sonrió cansino y negó con la cabeza mientras se acercaba.
—Es normal tener esos miedos Milo, pero debes
tener confianza en tí mismo… Además ya pasaste por eso en Asgard ¿no?
—A diferencia que era más grande el niño que mi
hijo.
Sus palabras habían salido tan natural que Dohko
amplió su sonrisa. Milo, al darse cuenta de lo que había dicho, desvió su
mirada, sintiendo como sus mejillas empezaban a calentarse.
No era un secreto para Dohko el revoltijo de
sentimientos que llevaba Milo en su interior. Aún, a pesar del tiempo que les
tomó retomar al santuario, Milo sentía que no estaba totalmente “curado”
mentalmente, e incluso le había confesado un día antes de su partida que
pensaba quedarse para poder conocer a fondo todo lo que Camus protegía con
tanto recelo, pero no sin antes decir un último adiós al Santuario, el único
hogar que ha conocido. Con la noticia de su hijo, y con el recuerdo de su
infancia era sorprendente que no haya escapado.
—Pero Milo no es un cobarde —dijo su consciencia.
Milo no huiría. Nunca dejaría a su hijo solo.
Por eso ahora necesitaba que estuviera allí. Milo
necesitaba de su ayuda. Por fin luego de 200 años, podría devolver el favor a
Kardia.
Cuando el llanto cesó, Dohko salió de sus
pensamientos. Enfocó sus ojos verdes hacia adelante viendo como Milo acunaba en
sus brazos el pequeño y frágil cuerpo de Evan. Solo en ese momento, el chino
fue consciente de la ausencia del onceavo custodio.
— ¿Y Camus?
—Está en Acuario, Shura dijo que lo ayudaría a
llevarse algunas cosas; entre ellos ropas y objetos, para poder establecerse
aquí.
—Milo, respecto a lo que pasó…
—No creí que “esa” cosa me siguiera hasta aquí
—interrumpió— Creí que solo era una nueva amenaza sobre Asgard, pero ahora mis
suposiciones son otras.
— ¿Me dirás ahora, o debo esperar hasta la
próxima reunión? —reprochó con sarcasmo.
—Pareces una esposa celosa Dohko —susurró con
burla.
El mayor solo hizo una mueca de molestia antes
siquiera de poder responderle, una fuerte agitación se sintió alrededor del
santuario. Alterando de paso a los doce santos dorados. Por puro instinto Milo
apegó el cuerpo de su hijo al suyo mientras que Dohko llamaba a Libra. Una
sensación de deja vù invadió a ambos hombres. “Eso” estaba aquí.
— ¿Lo sientes? —susurró Milo, mirando de reojo su
alrededor.
Dohko, ya vestido con su armadura, negó con la
cabeza.
El temblor se hacía más fuerte al paso de los
minutos, el templo de Escorpio empezaba a quebrarse. Si esto seguía, se
destruiría el Santuario.
—Por una mierda… —se quejó— ¡Muéstrate!
El grito que lanzó, asustó a su hijo que empezó a
llorar, pero a diferencia de la primera vez, el llanto agudo se hizo un poco
más grave haciendo que tanto Milo como Dohko sudaran frío. Al agachar sus
miradas, vieron como del cuerpo del bebé un aura violeta con destellos rojizos
brillaban. Evan abrió sus ojos dejando ver un color magenta oscuro que se
asemejaba mucho a la de “esa” persona. Un grito de dolor fue lo último que
logró escuchar, antes de ver como Dohko era estrellado contra la pared de su
habitación. Sus ojos se hacían más pesados, haciendo que su vista empezara a
fallar. La figura que tanto ansiaba ver apareció, esta vez mostrando unos
largos cabellos rojizos y un vestido largo y abrigado, sus pies flotantes le
hacían parecer más un fantasma que una diosa. Milo no lograba reconocer el
rostro, pero el cuerpo infantil le dio una pista de quien podría ser.
—Así que… esto es tu verdadero cuerpo.
—...—silencio. La figura infantil sonrió y se
acercó para poder tocar la frente de su hijo que seguía emanando aquella aura.
Pero antes siquiera de que pudiera permanecer más
tiempo cerca, la pequeña entidad fue expulsada, cuando el brillo de Escorpio se
posó frente a él, sirviendo como un escudo.
Logrando recomponerse, apretó más el cuerpo de su
hijo y escapó del lugar. Confiaba que Dohko saldría de esto, lo primordial era
que Evan estuviera alejado de todo. Pero apenas había dado dos pasos cuando
apareció.
La niña no lucía feliz, alzó su cara para dejarle
ver una gélida mirada acompañada por una mueca de molestia. Sin querer alargar
más el momento, dio unos pasos en dirección a Milo y alzó ambas manos donde la
misma aura violeta con destellos rojizos apareció, rodeando su cuerpo. La
tierra temblaba con violencia y los objetos a su alrededor empezaron a levitar
dispuestos a atacar al enemigo. Milo sabía que sin su armadura, y estando con
su hijo en brazos, no podía hacer mucho. Pero lo que le extrañó más fue que
ninguno de sus compañeros estuviera a su lado. Podía sentir aún como estaban
alterados pero no se movían de sus templos, ni siquiera Camus y Shura habían
salido de Acuario.
—Los encerraste —no era una pregunta, más bien
una afirmación que temía que fuera verdadera. La niña sonrió de una manera
torcida que le causó escalofríos.
—Ya debes saberlo —habló por fin, dejando notar
la aniñada voz— Me sorprendes, creí que todos los nacido bajo tu constelación
tenían sed de venganza.
—Soy diferente —sentenció con una media sonrisa,
la niña amplió más su sonrisa y soltó algunas carcajadas.
—Ningún humano es diferente. Tú no eres
diferente. —tiró uno de los mechones que caían en su rostro hacia atrás de
manera descuidada y de su otra mano aun alzada una pequeña esfera apareció—
Creí que me encontraría de nuevo con Acuario, pero luchar contigo es más
divertido.
— ¿Por qué Camus? ¡¿Qué te hizo Camus para que te
acercaras a él?! —exclamó con rudeza.
—Mis razones son irrelevantes —mencionó— Necesito
a tu hijo y al otro niño que escondes. Dime ¿Cuándo piensas decirle a tu
“querido” Camus de su existencia? ¿O es acaso, ese tu plan de venganza?
Enmudeció. Milo no fue capaz de hablar al escucharle.
¿Venganza? Eso sonaba ridículo, sobre todo después de lo que había ocurrido
entre Camus y él unos días antes de su partida. Camus lo odiaba y el
sentimiento era recíproco ¿no? Entonces, ¿Qué hacía ahí? “Por su hijo” pensó,
pero entonces, porque ahora estaba tan confundido. Dio dos pasos hacia atrás
tropezando con un pedazo de concreto que había caído de su techo. Tomando con
su mano libre su cabeza con sus pensamientos ahora retorcidos. ¿Qué quería?
¿Por qué esa niña logra confundirlo? Sentía una extraña sensación en la boca de
su estómago al recordar la imagen de Camus apoyado en la cama con sus ojos
brillosos por las lágrimas que bañaban su rostro al saber que estaría a su lado
con su hijo. Incluso una parte de él deseaba creer que con el nacimiento de
Evan todo sería distinto, que podría dejar de lado sus demonios y poder avanzar
hacia adelante, como siempre había pensado. Pero luego, las peleas, el dolor
empezaba a acumularse en su interior, sintiendo ganas de mandar todo a la
mierda y poder irse para que Camus sufriera como lo hizo sufrir a él. De algún
modo podía entender a Saga cuando su lado malvado lo poseyó. Dos voces, una que
decía que se quedara y la otra que se largara.
Sentía que enloquecía. Su mente ya no le
pertenecía como antes. ¿A dónde fue aquel guerrero seguro de sí mismo?
Tan pronto como su mirada turquesa se alzó y sus
ojos chocaron con los magentas de la niña se quedó paralizado, su subconsciente
calló y todo su mente se quedó en blanco. Su cuerpo estático, no reaccionó
cuando la niña llevó la esfera directo a su corazón. La sensación de calor que
desprendía de éste era perturbador. Sentía como le costaba respirar y
movilizarse. La sensación de saber que
estaba en llamas cruzó por su mente como un fugaz pensamiento.
Para su sorpresa, el sonido de pasos que corrían
acelerados le hizo reaccionar, separándose abruptamente mientras cubría a su
hijo cuando el tridente de Libra pasó con gran velocidad por encima de su
cabeza, atravesando el cuerpo de la niña, que haciendo un gesto de dolor y
furia logró desvanecerse, no sin antes mirar a Milo y dejar en claro su
amenaza.
—Esto aun no acaba, cumpliré con mi palabra.
Y el temblor desapareció, tan rápido como si
jamás hubiera aparecido. Su templo, que casi era destruido, parecía nuevo, como
si los acontecimientos anteriores nunca hubieran pasado y solo hubiera sido una
ilusión de su mente. El calor de su corazón se había desvanecido también
dejándole un vació en su interior. Miró hacia al frente, notando el tridente de
Libra incrustado sobre el piso de su templo. No. Lo que había ocurrido no había
sido una ilusión de su mente.
Cuando su mente volvió a la realidad logró sentir
como los cosmos de sus compañeros estaban cada vez más cerca.
Dohko que estaba parado detrás de Milo, miraba al
muchacho, analizando la situación. No era tonto, sabía que en la interacción de
Milo y esa entidad había ocurrido algo. Cuando logró salir de la inconsciencia
pudo sentir como un poderoso cosmos estaba cerca de su compañero, pero éste en
vez de activar el suyo lo había mantenido apagado. Creyendo que algo le había
pasado a Milo, había logrado colocarse de pie y correr hacia donde estaba,
sorprendiéndose al encontrar a Escorpio intentando pasar un campo de energía.
Aún así, Dohko intentó hacer todo lo posible para seguir adelante, hasta que se
sorprendió cuando por voluntad propia, el campo había desaparecido. Para Dohko,
toda la situación le parecía planeada. Era como si esa entidad desconocida
quisiera ser vista y a la vez no.
Soltando un suspiro, rodó los ojos hacia Milo que
mantenía su mirada perdida caminó hasta llegar a él quedándose atónito cuando
sus ojos se posaron sobre Evan. Tocando el hombro de Milo sintió como el cuerpo
de éste comenzaba a arder. El calor que desprendía era similar a la de Kardia,
creyendo que se trataba de una fiebre similar palideció. Sin embargo, antes de
que pudiera decir algo, el resto de sus compañeros apareció justo a tiempo. La
ansiedad, que por mucho tiempo intentó controlar, estaba volviendo a flote.
Logró ver como Shion ordenaba a Camus llevar a Milo a su recámara para que
pudiera controlar la fiebre del susodicho, mientras que Shion cargaba el
pequeño bultito que Milo sostenía con recelo agarrando su brazo en el proceso,
arrastrándolo hacia la salida del templo descendiendo a Libra.
(***)
(**)
(*)
Los murmullos se escuchaban cada vez más fuertes,
aquellas voces tan suaves y a la vez tan llenas de preocupación. Deseaba tanto
saber a quién le pertenecían. Intentó agudizar su oído esperanzado de poder
reconocerlas. Su corazón se encogió cuando uno de ellos empezó a sollozar. Milo
por fin había logrado reconocerlo. Ese acento inconfundible, las frías manos
agarrando en un suave apretón sus manos, era Camus. Intentó mover su cuerpo,
pero lo sentía pesado, era como si algo hubiera pasado encima suyo. No lograba
recordar lo que había pasado era como si de pronto alguien hubiera borrado sus
recuerdos. Hizo otro intento, esta vez tratando de abrir sus ojos, quería
respuestas, pero sobre todo: deseaba saber el motivo por el cual estaba tan
agotado.
Entreabriendo los ojos, pudo notar la presencia
de otras dos personas, Saga reñía -o eso intentaba- con Camus, que no escuchaba
nada, detrás de él se encontraba un muy embarazado Kanon que trataba de
detenerlo. Fue cuando la voz de Shion se escuchó por toda la habitación,
llamando a los tres, que a regañadientes salieron.
Cuando se aseguró de estar solo por fin abrió los
ojos, sin saber en que lugar estaba, trató de reincorporarse.
—El patriarca dijo que no debías moverte —una voz
a su lado le hizo sobresaltarse, al girar clavó sus ojos turquesas en las
celestes de su acompañante.
Afrodita de Piscis lucía pálido y ojeroso,
siempre había visto al santo de piscis como un hombre glamuroso y vanidoso, a
la vez fuerte y de mal caracter, pero aquel que estaba delante suyo era tan
solo un fantasma de lo que había sido en el pasado.
— ¿Afrodita? ¿qué estas…?
—Estamos en la habitación del Patriarca, aquí
estamos siendo custodiados y curados —se alzó de hombros restando importancia a
sus propias palabras— En verdad has asustado a todos ¿Recuerdas que te pasó?
— ¿Curados? —susurró— No recuerdo mucho… espera
¿por qué estas aquí?
—Yo… —la mirada de Afrodita empezó a oscurecerse
y agachó la mirada, sintiendo de pronto que había dicho algo indebido, Milo
trató de discukparse pero el sueco lo detuvo— ...maté a los aprendices.
—I-Imposible… —susurró.
—Fui controlado por algo o alguien, no recuerdo
mucho de lo que pasó.
—Entonces no fue tu culpa tú no eras consciente
de nada…
—Te equivocas —interrumpió— Mientras que era
controlado, fui consciente de lo que hacía, y lejos de querer detenerlo, me
sentí libre —una sonrisa llena de tristeza se dibujó en su rostro— Estuve a
punto de matar a DeathMask y a su alumno… yo… lo odié… por un momento odié a
Death y su cambio. Odié con todo mi ser que por culpa de una mujer él haya
tenido los deseos de proteger y amar a alguien que no haya sido él mismo.
—Afrodita…
—Quise que pagara por abandonar sus ideales… por
abandonarme y dejar que las raíces me atravesaran por Helena. —sin controlar
más sus emociones unas frías lágrimas salieron por sus ojos— Disfruté cada
matanza… disfruté el hecho de saber que mataría a su alumno y de paso a él… yo…
—Tú y Deathmask eran…
—No importa lo que haya pasado, no importa…
—susurró más para sí mismo, como queriendo asegurarse de que todo estaba bien—
Yo… yo lo amaba… lo amo.
Milo decidió no seguir con la conversación,
Afrodita se veía realmente descompuesto y no deseaba perturbarlo más. Sabía lo
que sentía, Deathmask había decidido irse del lado de su amigo por una mujer al
igual que Camus decidió abandonarlo al ir con Surt. Sin darse cuenta, estaba
estrujando con tanta fuerza las sábanas que sus uñas perforaron la tela
clavándolas en sus palmas.
— ¡Papi! —una voz infantil se escuchó con
alegría. Un pequeño niño de cabellos claros y un mechón trenzado de color rojo
corrió lo más rápido que sus pequeñas piernas le permitían, saltando a la cama
donde descansaba.
El monólogo de Afrodita fue callado y sus ojos celestes
se fijaron en la inusual escena. Milo, aún estupefacto, devolvió el abrazo que
el pequeño infante le daba. La sensación de calidez empezó a envolverle y una
sonrisa surcó en sus labios.
—Freyr… creí que estarías con tu padre ¿dónde
está?
—Me escapé de él —dijo sin ningún
arrepentimiento— Te demorabas mucho, creí que te habías olvidado de mí.
Apenas dijo esas palabras, Freyr hizo un puchero
infantil, cruzando sus pequeños y delgados brazos. De sus pequeños ojitos unas
lágrimas gruesas empezaban a brotar descontroladas. Los pequeños sollozos no se
hicieron esperar, sin embargo Milo sabía cómo contentarlo. Colocando sus manos
debajo de las axilas del pequeño, lo levantó y tumbó para empezar a hacer
cosquillas en su pancita. En menos de un minuto las risas del menor empezó a
invadir la habitación, logrando que el único testigo sonriera enternecido,
aunque la duda empezaba a crecer en él. La familiaridad con que se trataban, y
el hecho que el niño decía “papi” a cada segundo le hacía pensar a Afrodita que
Milo había metido la pata hace tiempo, y que tal vez debía de estar del lado de
Camus al estar enojado. Por un momento sintió envidia, quería tener una familia
y poder estar de esa forma con su querido Deathmask.
—Pero él ama a Helena —de nuevo esa voz. Afrodita
por un momento temió volverse loco al igual que Saga, así que intentaba
ignorarla— Deathmask de Cáncer jamás te mirará así. Él solo te ve como su
amigo, y tú lo ayudaste. Ayudaste a que esa mujer y él tuvieran su momento
privado mientras te dejaban morir.
El sonido de la puerta abriéndose lo sacó de sus
pensamientos. Sintiendo de pronto náuseas, se esforzó por mirar a la persona
que entraba a la habitación del patriarca, rogando que no sea el mismo
Deathmask quien lo visitara como llevaba haciendo en las últimas horas, pero al
mirar se quedó mudo reconociendo al susodicho.
—¡Freyr! Te dije que papá estaba ocupado —regañó
el hombre, acercándose donde estaba su hijo y depositando un suave beso en los
labios de Milo— Lamento mucho que te molestara Milo ¿cómo te sientes?
—Mejor ahora que los veo —susurró, tomando por la
cintura al recién llegado. Pero al notar la mirada de Afrodita lo soltó
sintiéndose avergonzado, viendo como la palidez formaba cada vez más parte de
él— Afrodita escucha…
—Surt… —la voz de Camus tensó a los presentes,
Milo giró para ver como el francés cargaba a un niño de tres años, mostrando un
rostro pálido y ojeroso.
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