El Regreso de los Escorpios [Capítulo VII]
El regreso de los
Escorpios
Clasificación: No
menores de 18 años (NC-17)
Autor: Nikiitah
Categoría: Saint
Seiya
Disclaimer: Los
personajes no me pertenecen sino a su respectivo creador Masami Kurumada y
Shiori Teshirogi
Género: Romance,
Aventura, Drama
Advertencias: Lemon, Muerte
de un Personaje
Aviso: Si no te gusta el Shounen
ai (hombre/hombre) no leas.
Resumen: Ellos escaparon y luego de un tiempo se
separaron, él buscara a su hermano por todo el país del hielo, mientras el
príncipe de esa región conocerá el amor con él... (Yaoi) (Milo/Camus)
(Kardia/Degel)
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VII.-
Duele el Amor
Dolor,
odio, sed de venganza. Sentimientos que tiene ahora por aquel hombre. Si antes
lo había sentido, ahora era peor. El maldito viejo que tenía como padre se
había salido con la suya, otra vez. Se sentía impotente, no podía hacer nada
sin que ese anciano destruyera su ser más valioso, su hermano menor. Respiraba
agitadamente conteniendo la furia que amenazaba con salir en cualquier momento.
Sus ojos siempre fríos se anegaron con lágrimas. A sus 12 años se sentía un
viejo. Desde que su madre murió su único propósito en la vida era cuidar y
proteger a su hermano. Pero aun así, sentía que había fracasado.
No
culparía a Milo de odiarlo, después de todo, lo había dejado solo con aquella
familia. Aunque… aquellas personas que los acogieron fueron asesinados, por los
hombres de su padre. No. Ahora no solo tenía que proteger a su hermano. Si no
ahora a aquellos gemelos que siempre estaban a su lado. Ahora debía de proteger
a su familia.
—No lloraré —susurró— ¡No lloraré! —gritó sacando toda
la ira contenida.
Una
luz rojiza empezó a rodearlo, destruyendo lo que estaba a su alrededor. Los
árboles empezaron a arder en llamas, los animales corrían despavoridos a
refugiarse. Su cuerpo temblaba y sus manos se hicieron puños, lastimándolas.
—No deberías alterarte. —Abrió sus ojos alerta. Giró
su cuerpo bruscamente encontrándose con un joven de su misma edad. Sus cabellos
verdes y largos caían hermosamente cubriendo aquel cuerpo esculpido. Su piel
era blanca como la misma nieve, y esos ojos. Sus ojos eran de un extraño color
violeta que jamás en su corta vida había tenido.
—No te he pedido tu opinión. No te metas en donde no
te llamen. —Se dio media vuelta dispuesto a irse pero un escalofrío recorrió su
cuerpo al sentir como lentamente la temperatura empezaba a bajar. Miró a su
alrededor y vio como los árboles que estaban ardiendo en llamas, empezaban a
congelarse al igual que su alrededor. Respiró hondo y siguió su camino, pero un
bloque de hielo le impidió el paso.
—Me meto porque estas destruyendo este bosque que
pertenece a mi país —habló fríamente— El reino de los hielos es un lugar
sagrado, así que dime ¿Qué hace alguien como tu aquí?
— ¿El reino de los Hielos, huh? ¡Perfecto! Justo el
lugar que buscaba —se dio media vuelta encarando al muchacho.
—Aun no me respondes —alzó su mano derecha en
dirección hacia el otro— Si no me dices tus motivos, me temo que tendré que
matarte.
— ¿Matarme? ¡Ja! Un ser como tú no podrá contra mí
—señalándose a sí mismo, mostró una sonrisa socarrona que impactó al otro— Si
tanto quieres saber mis motivos te lo voy a decir —se acercó al muchacho hasta
llegar a su altura— Recuérdalo, soy Kardia el Escorpión Celeste el ser que
tienes el honor de ser vencido.
—Tu Vanidad será tu perdición —susurró— Mi nombre es
Degel el señor de los Hielos. —Kardia sonrió de lado al escuchar aquel nombre,
<<Degel>> pensó con una sonrisa. <<Será un honor
entonces>>
La
pelea comenzó sin decir más. La velocidad de Kardia era sorprendente, para
Degel era muy difícil ver por donde estaba su enemigo, hasta que sintió un
cosmo caliente, al girar a su izquierda lo vio. Kardia estaba jadeando,
agarrándose fuertemente el corazón. No supo que era lo que lo estaba
impulsando, pero sintió que si no lo ayudaba algo dentro suyo se iba ir con
aquel hombre.
—Ni se te ocurra acercarte —soltó un jadeo
estrangulado.
Degel
no le hizo caso y lo tomó de la cintura, apoyando el brazo del otro alrededor
de su cuello. El cuerpo de Kardia ardía, y o era precisamente por el cosmo, era
algo más. Cerró los ojos intentando descifrar de dónde provenía aquel fuego
sorprendiéndose al sentir que provenía de su corazón. << ¿Qué te ocurre?
>> Pensó preocupado. <<Jamás había sentido esto, acaso
será…>> Sus ojos se abrieron como platos al entenderlo.
Lo
recostó en la nieve y puso sus manos en el pecho de Kardia, empezó a bajarle la
temperatura lentamente. Al ver la cara de alivio del otro decidió llevarlo a su
habitación.
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Una
suave ventisca golpeó suavemente su rostro. Sus parpados temblaron, empezando a
despertarse. Sus ojos se abrieron lentamente, no reconocía el lugar. Se levantó
bruscamente mirando a su alrededor. Era una enorme habitación, con elegantes
cortinas color vino que cubrían los amplios ventanales de la habitación. El
suelo estaba alfombrado haciendo juego con las cortinas, en el centro estaba la
cama que cubría su cuerpo con finas sabanas de seda.
—Buenos días. —el bello joven volteo su rostro
topándose con el de Degel, que estaba a unos centímetros de distancia del suyo.
— ¿Por qué me ayudaste? —Susurró desconcertado— Se
supone que soy tu enemigo… no debiste ayudarme.
Degel
no respondió, ni siquiera él sabía el por qué, solo sabía que debía ayudarlo.
Se levantó lentamente y se sentó en la cama junto a Kardia. Acercó con timidez
su mano derecha hasta tocar la frente del peli azul. Al hacer contacto un
escalofrío recorrió a ambos jóvenes. Degel iba a quitar su mano pero fue
detenido por Kardia. <<El contacto fue delicioso>> pensó Kardia
<< ¿Qué tiene ese muchacho? >>
— ¿No piensas responderme Degel? Creí que los del país
del hielo eran educados pero creo que me equivoque —se mofó Kardia.
¡Plop!
Una sonora cachetada se pudo escuchar. Kardia estaba
sorprendido, Degel se había atrevido a pegarle.
—Eres un idiota —susurró mirándolo molesto y algo
¿decepcionado? Se levantó de un golpe y dio media vuelta dispuesto a irse. Eso
no lo iba a permitir Kardia. Antes siquiera de tocar la puerta, Degel fue
acorralado por el más alto.
— ¿Qué haces? —un lindo sonrojo apareció en las
mejillas pálidas.
—Quiero que me respondas, si no lo haces por las
buenas lo harás por las malas Degel.
—No recuerdo haberte dado permiso para que me tutees.
— ¡Ja! Como si lo necesitara.
— ¿Siempre eres tan maleducado?
—Es mi encanto.
—Vanidoso.
—Pero por lo que veo te gusta.
— ¿Eh? Ni que estuviera tan desesperado. —Kardia
acercó más su rostro con la de Degel, hasta casi rozar sus labios
—Dime que me detenga o sino lo haré —susurró.
—No te atreverías…
—Mmm ¿acaso eso es un reto? —dijo divertido Kardia.
Sin
decir más, ambos juntaron sus labios. Kardia agarró la pequeña cintura
acercando ambos cuerpo hasta no dejar espacio. Por otro lado, Degel, se había
quedado pasmado. Sus ojos estaban bien abiertos, sentía como todo su cuerpo
estaba temblando << ¿Qué debo hacer? >> Se preguntaba. Los labios
de Kardia eran exquisitos, un sentimiento invadió su corazón ¿Acaso él estaba…?
¡No! Él no podía enamorarse, menos de quien se supone es su enemigo. Además
siquiera lo conocía. Tuvieron que separarse por falta de oxígeno, ambos
mirándose con los labios hinchados y sonrojados.
—Veo que no besas tan mal —susurró Kardia— Para ser un
tempano de Hielo.
—Idiota —masculló molesto y aun sonrojado— ¿Cómo te
atreves? ¿Por qué me besaste?
— ¿Por qué no? Eres muy lindo, además sabía que te
enojarías, y eso lo hace divertido.
— ¿Acaso todo te divierte? Eres un… —su insulto no
pudo ser completado ya que un grito retumbó por todo el palacio.
— ¡DEGEL! —Al escuchar su nombre el muchacho tembló
ligeramente.
—Escóndete —arrastró a un confundido Kardia hacia el
armario— Ni se te ocurra emitir algún sonido, a menos que quieras pasar la
eternidad en un ataúd de hielo. —Al cerrar la puerta de su armario, escuchó
como abrían la de su habitación.
— ¿Dónde estabas? ¿Acaso no te importa dejar solo a tu
hermano, o peor, acaso no te interesa seguir tu entrenamiento con Krest?
—Estaba practicando solo —susurró.
—Me informaron que alguien del país del fuego estaba
merodeando por nuestras tierras. —Degel frunció el ceño, procesando la información
adquirida.
—Si ves a uno, mételo en un ataúd y me lo entregaras
¿me entendiste? —sentenció. Sin esperar una respuesta de su hijo salió de la
habitación dando un portazo.
—Vaya así que ese viejo es el Rey Cristal, y tú eres
el principito que ironía, estaba buscándolos y ustedes mismos me traen —dijo
divertido Kardia.
— “….”—Degel miró por encima de su hombro a Kardia y
suspiró— Lo que sea que hayas venido será mejor que te vayas.
—Primero, debo cumplir la misión que el viejo me dio y
luego me iré.
— ¿Viejo? Si quiera le tienes respeto a tu propio
padre.
—Si conocieras su verdadera naturaleza tú tampoco lo
tendrías.
Hubo
un largo silencio, incómodo. Ninguno de los dos quiso romperlo. Kardia sabía
que estaba hablando de más y eso no lo podía permitir, mientras Degel procesaba
la información recién adquirida.
Se miraron largamente, esperando el movimiento del
otro, jamás había sido paciente, pero si no se daba cuenta, Kardia podría
perder a su hermano y eso no podía perdonárselo.
— ¿Degel? —una suave vocecita se escuchaba desde el
otro lado de la puerta.
Kardia
elevo una ceja curioso, la enorme puerta se abrió lentamente dejando ver la
pequeña figura de un niño de unos 10 años. Pálido, de cabellos largos como
Degel, pero estos eran de un color aguamarina, y en vez de ojos violetas, tenía
unos bellos ojos color zafiro. <<Debe tener su misma edad>> pensó
con nostalgia Kardia. El niño al percatarse de la presencia del otro abrió sus
ojos como platos.
—Degel —susurró temeroso— ¿Quién es ese hombre? ¿Por
qué está en tu habitación? ¿Padre sabe de su presencia?
—Cálmate Camus, trae al maestro Krest —aunque su
rostro se veía tranquilo, por dentro estaba nervioso. Camus se fue corriendo
deprisa.
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A
los pocos minutos, la impotente figura de un hombre de unos 30 años apareció
frente a los jóvenes. Su mirada fría como el hielo estudiaba a Kardia, que ya
tenía una mueca de disgusto en su rostro. Cuando terminó su observación soltó
un bufido. Logrando irritar aún más a Kardia.
— ¿Qué tanto mira vejete? ¿Tengo algo en la cara o
qué? —Krest solo sonrió ante la brusquedad del muchacho.
—Vas a morir. —esa sola palabra hizo cambiar el rostro
de Kardia que se mostraba estupefacto, pero esto solo duró unos segundos para
volver a poner una sonrisa socarrona.
— ¿Me vas a matar? ¿O qué?
—No niño tonto —susurró molesto— Si sales de este
reino morirás.
— ¿A qué se refiere maestro Krest? —preguntó Degel.
—Este niño idiota tiene una enfermedad, si no me
equivoco tú mismo padre te lo infectó. —Ante estas palabras el peli azul se
quedó en silencio. ¿Estaba enfermo? Acaso el maldito problema de hace unas
horas era aquella enfermedad. Al ver el silencio y la confusión de los más
jóvenes decidió explicarse. —Tu padre es un hombre vil, Kardia —el aludido se
tensó al escuchar su nombre, ¿Cómo sabia su nombre si ni siquiera lo había
dicho? — Sé quién eres y por qué estás aquí, y mi respuesta es no —Kardia
apretó sus puños empezando a molestarse iba a hablar pero Krest siguió— Además,
no puedes salir de este reino, niño. Ya que la enfermedad sube la temperatura
de tu corazón y te matará. Sólo te queda un año de vida.
El
silenció volvió a reinar en ese momento, Kardia había relajado su cuerpo y
miraba a Krest con ojos penetrantes. ¿No volvería jamás? ¿Acaso… ese era el
final? No, no podía ser el final, no ahora. Su orgullo le impedía creerlo.
Ahora debería cumplir con el trato, pero… Ahora lo entendía todo. El plan de el
imbécil de Arles, Pero no le daría el gusto, él le haría pagar todas y cada una
de las cosas que le hizo a él y a su hermano. Más que quedarse impactado tenía
ganas de reír.
Si él se jodía, el idiota de Arles también.
Ahora
que sabía que tenía una enfermedad al corazón ya no tendría que controlarse y
cuidarse. Y el tiempo que le quedaba ¡Lo aprovecharía al máximo! Pero ahora
debía de idear un plan, no podía darse el lujo de perder el tiempo. No, no podía
dejar a su hermano solo, era hora de que su venganza recaiga en Arles y sus
seguidores, era hora de que él regresara junto a su hermano, era la hora de que
los Escorpios regresen.
Mientras
tanto Krest se le quedaba mirando con los ojos entrecerrados, sosteniendo su
fría mirada con los penetrantes de Kardia mientras Degel y Camus miraban en
silencio a ambos. Esperando quien sería el que hablara primero.
—Veo que ya lo has decidido muchacho. ¿Hasta qué punto
pudieras arder si tuvieras mejor salud? Arder como Antares
— ¿Antares?
—Si te dijera que puedo enseñarte la técnica que hará
que tengas una larga vida ¿estarías dispuesto a arder tu vida en lugar de este
anciano?
—Jajaja, que cosas más interesantes dices… pero no
quiero que haya malentendidos. Lo que quise es poder vivir mi vida al máximo.
¡Más allá si es larga o corta! —Krest sonrío orgulloso, acercándose lentamente
al joven peli azul que estaba con una media sonrisa, mientras Degel y Camus
miraban sorprendidos a Kardia. —Bien… enséñeme esa técnica ahora…
—En ese caso, recibe esta técnica secreta… —Y así fue
como comenzó su nueva vida…
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UN
AÑO DESPUÉS
Los
primeros días de su existencia con la técnica de la Misophetamenos fueron
horrendos. En un momento podía sentir como la fiebre empezaba a ahogarlo, hasta
hacerle caer en cama siendo curado por un angustiado Degel que casi nunca se
separaba de Kardia. Esto casi siempre ocasionaba problemas entre el rey Cristal
y Kardia que siempre discutían cada vez que Degel faltaba a su entrenamiento
con Krest. Para Cristal, la llegada de Kardia era una tragedia, y más al saber
que era el primogénito de su eterno enemigo Arles. Jamás podría confiar en ese
muchacho, por eso casi siempre mandaba a su fiel sirviente, Radamanthys que era
la sombra del muchacho peliazul.
Degel
no era tonto, y ya quería que esa rivalidad de su padre con Kardia terminara, y
más ahora que empezaba a tomarle cariño a su nuevo… ¿amigo? Miró a Kardia que
estaba con los ojos entrecerrados sobre su cama. Generalmente la temperatura de
la habitación era fresca o fría pero para el corazón de Kardia necesitaba una
buena cantidad de frío que solo él podría lograr.
—Dime Degel, ¿Por qué no escapas? ¿Qué hay de
especial… vivir encerrado, teniendo límites?
—Se lo prometí a un amigo, en nombre del sueño que
compartimos.
— ¿Sueño?
—Un reino en paz donde no haya nada de qué
preocuparse.
—Jajaja, esa es una buena razón. Ya desearía usar mi
poder lo más pronto posible. Y hasta entonces quiero sentir el calor y el dolor
de mi cuerpo. —cerró sus ojos dejándose llevar por la refrescante brisa que
recorría su cuerpo, mientras era acariciado por las suaves manos de su
acompañante.
—Cuando ese día llegue… te acompañaré. —Una promesa
bajo la luz de la luna, siendo los únicos testigos las estrellas y un pequeño
niño de cabellos aguamarina que lloraba silenciosamente lágrimas amargas al
saber que entre los planes de su amado solo estaban su hermano y el mismo
Kardia.
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Desde
ese día había sido testigo de aquel acercamiento, incluso Cristal tenía que
morderse la lengua para no soltar alguna grosería que pudiera alterar a su hijo
mayor. Krest se lo había advertido ahora, que hiciera todo lo posible de no
molestar a la nueva –y más joven- pareja del reino de los Hielos, que ahora
esperaba su primer hijo. Ese día Camus se separó de Degel, volviéndose un ser
de corazón de hielo, esperando en vano que alguien lo salvara del abismo que se
empezaba a caer. Siendo refugiado en los acogedores brazos de la soledad que lo
invitaba a quedarse en el frío vacío que ahora era su corazón.
Cada
día que pasaba era una tortura, ya no estaba su maestro Krest en quien podía
llorar desconsoladamente, ya no estaba esa persona que le daba consejos cuando
sentía decaer de nuevo en el abismo. Ahora mismo estaba conociendo la cruda
realidad, ahora estaba solo, ni su padre le interesaba su vida, su futuro,
Degel era el centro de atención de todos, incluyendo de Kardia que mantenía
aquella sonrisa prepotente cada vez que Tritón lo miraba.
A
la décima semana Kardia y Degel corrieron hacia el médico personal del segundo.
Entrando al tercer mes de su embarazo el peliverde sentía que había aumentado
su peso más de lo normal, asustado de que algo andaba mal arrastró a su pareja.
Kardia
le dijo que no debía preocuparse que todo estaba bien, que tal vez el bebé sea
grande, pero tan pronto como lo mencionó se arrepintió. Un alterado Degel –que
estaba demasiado tenso- caminaba de un lado a otro como animal enjaulado
esperando el resultado a las pruebas que se hizo.
El
hombre apareció y le dijo que se recostara en la camilla y relajara. Empezó a
pasar el aparato lubricado con la sustancia fría y azulada sobre Degel, mirando
atento la pantalla donde se encontraba la imagen del feto en crecimiento.
—Ohhhh —murmuró apenas el hombre, alertando a los
jóvenes padres.
— ¿Qué pasa? —preguntó casi siseando amenazante
Kardia. Mirando la pantalla.
—Estoy casi seguro, pero creo que va a ser mellizos.
—ambos padres se miraron sin mencionar ni una sola palabra, sonriéndose con una
ternura que no creían tener, aunque sabían que no iba a ser fácil lo iban a
superar, los dos juntos.
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Milo
tuvo que salir al jardín, que ahora estaba cubierto por una fina capa de nieve
que decoraba el lugar, la historia de su hermano lo había dejado ligeramente en
shock. Algunas de las preguntas que se hacía fueron respondidas, pero aún
faltaban algunas que debían ser respondidas. Sobre todo… Camus sin darse cuenta
le había confesado sus sentimientos, Camus estaba igual que él, ambos estaban
solos, ambos habían caído varias veces al mismo abismo, esperando algún día que
alguien viniera y los salvara.
Ese alguien iba a ser él, no iba a permitir que su
nuevo amigo quedara atrapado en esa oscuridad.
—Es una promesa —susurró.
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