El Regreso de los Escorpios [Capítulo X]
El regreso de los
Escorpios
Clasificación: No
menores de 18 años (NC-17)
Autor: Nikiitah
Categoría: Saint
Seiya
Disclaimer: Los
personajes no me pertenecen sino a su respectivo creador Masami Kurumada y
Shiori Teshirogi
Género: Romance,
Aventura, Drama
Advertencias: Lemon, Muerte
de un Personaje
Aviso: Si no te gusta el Shounen
ai (hombre/hombre) no leas.
Resumen: Ellos escaparon y luego de un tiempo se
separaron, él buscara a su hermano por todo el país del hielo, mientras el
príncipe de esa región conocerá el amor con él... (Yaoi) (Milo/Camus)
(Kardia/Degel)
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X.- Historia
vivida
Radamanthys jamás creyó
que llegaría el día en que daría su vida por un hombre que no haya sido Kagaho,
pero el destino era tan cruel. Justo cuando más quería alejarse de aquellos
recuerdos éstos venían a joderlo otra vez. Miró por encima de su hombro el
rostro aniñado de Ikki, su siempre fría y a la vez caprichosa mirada había
desaparecido. Sus parpados guardaban celosamente sus ojos azules, lo que daría
por que estos ahora estuvieran mirándolo con su típico brillo de superioridad. Miró de nuevo hacia adelante y siguió
corriendo. Su mente era un caos al igual que su corazón. La mirada que Kardia
le había dirigido minutos atrás antes de salir no era por que estuviera
preocupado. Kardia sabía su pasado con Kagaho, el muy bastardo sabía cada paso
que daba, y no solo de él, si no del todo el reino y eso le estaba jodiendo. A
pesar de que su rey confiara plenamente en el descendiente de Arles, él no lo
hacía, era como si todo hubiera sido planeado cruelmente por el destino.
Decidió distraerse, dejar de pensar en Kardia, y su origen. Con cada paso que
daba el cuerpo de Ikki perdía su usual calor, su respiración empezó a hacerse
irregular y eso era peligroso. Por primera vez en toda su vida se le hizo tan
larga la salida del reino de los hielos.
—Resiste
mocoso… —susurró empezando a jadear. Se detuvo y miró a su alrededor.
Radamanthys tenía... ¿Calor? ¡Pero si estaban en un país bajo cero!
—
¿Ocurre algo Rada? —preguntó Aiacos deteniéndose junto a Minos. Una fuerte
neblina empezó a aparecer sin dejarles ver el camino.
—
¿No lo sienten? —ambos se miraron entre sí sin entender a qué se refería, pero
en eso Minos puso una cara horrorizada y usando ‘La Marioneta Cósmica’ los
quitó del camino. — ¡Minos!
—
¿Qué te ocurre idiota? —gritó Aiacos, que había caído en los brazos de Minos.
—Una
rosa. —susurró con voz sombría. Aiacos parpadeó confundido mirando hacia la
dirección donde miraba el peliplateado. Efectivamente, había una rosa carmesí.
—
¿De dónde salió? —susurró frunciendo el entrecejo. Miró hacia Radamanthys y
luego a Minos que miraban hacia al frente.
—Tanto
tiempo sin verte, Minos. —la voz carente de emoción se pudo escuchar alrededor.
Minos empezó a fruncir más el entrecejo que Aiacos creyó que se le partiría la
cara en dos.
—Albafica
—susurró. Un fuerte viento les golpeó la cara, dejando notar la presencia de
dos hombres. Los tres cerraron sus ojos cuando la neblina empezó a
arremolinarse, cuando se esfumó por fin el rostro de Minos se volvió frío.
Frente a ellos había un
hombre de cabellos largos y celestes, su piel nívea podía competir contra la
misma nieve, y sus ojos que podría compararse con los glaciares, tan fríos. Era
un hombre de gran atractivo, que incluso podía competir con la belleza de la
familia real de los hielos. A su lado, un muchacho de cabellos cortos azules,
más alto, tal vez con dos centímetros, era todo lo opuesto. Mostraba una
sonrisa burlona y sus ojos chispeaban con emoción, Aiacos apretó su mano que
estaba en el pecho de Minos, no le gustaba lo que veía, en una de las manos del
peliazul tenía lo que parecía ser fuego azul.
—
¿No piensas saludarme? ¡Vaya! Creí que tenías modales. —dijo con burla, dio un
paso hacia adelante y mostró una fría sonrisa. — Veo que Aiacos te perdonó tu
falta.
—Maldito
—masculló— ¿Qué haces aquí?
—Vengo
a matarte. — dijo como si nada, agarró una rosa roja, admirando la belleza de
su más preciada arma— Recuerdo que hace un año te salvaste del veneno de mi
sangre, pero esta vez todo será diferente.
—
¿De qué habla Minos? —preguntó escuetamente Radamanthys, acomodando el cuerpo
de Ikki en su espalda.
—
¿No se lo has dicho? —Albafica ensanchó su sonrisa, soltando una fría
carcajada. — Éste hombre aceptó matar a una mujer, solo si yo le entregaba mi
amor.
Aiacos agrandó sus ojos
por la sorpresa, el dolor y el odio que en ese momento sintió volvió a
aparecer. Se mordió el labio inferior tratando de relajarse ¿por eso había
matado a su fiel amiga?
—Lo
hiciste por eso —susurró con voz sombría, Minos agachó la mirada, no podía
verlo a los ojos. — ¡Responde carajo!
—Fui
engañado… Aiacos yo… —al alzar la vista se encontró con la fría mirada de su
amigo.
—Aunque
me encantaría escuchar la trágica historia de amor de ustedes, te recomendaría
Radamanthys que te adelantaras, la vida de ese chiquillo se extingue cada
segundo que estas aquí. —Habló el hombre que estaba junto a Albafica.
—Manigoldo
tiene razón. Nosotros solo estamos aquí por ese par. —Dijo señalando a Aiacos y
Minos.
—Vete
Rada. —Habló decidido Aiacos. — Kardia confía en ti, además diste tu palabra
para salvar a ese chiquillo.
—Sí…
—dijo dubitativo. Miró hacia Albafica y Manigoldo y preguntó. — ¿Por qué no me
matan también?
—Muy
simple —la voz de Manigoldo se escuchó, poniendo una mano en su pecho amplió su
sonrisa. — Yo soy el ángel de la vida, Manigoldo, fui encargado por la misma
muerte el deber de proteger a los descendientes del reino del fuego. Y ese
chiquillo que traes en tu espalda es hijo de Arles, por lo tanto es mi deber
mantenerlo a salvo. Ahora… ¡Largo!
Radamanthys dio una
última mirada a sus hermanos de armas y se fue. Debía llegar rápido, la vida de
Ikki dependía solamente de él. Manigoldo que lo miraba marcharse sonrió aún
más.
—Ahora
que se fue hay que cumplir nuestra misión —susurró Albafica, donde un aura
dorada empezó a rodearle, al igual que Manigoldo.
Minos
y Aiacos se preparaban para atacar, no sin antes Aiacos preguntar el motivo por
el cual mataron a su fiel amiga.
—
¿Por qué a Violate? —preguntó. Albafica miró a Minos e hizo una mueca
indiferente.
—
¿Se lo dices tú, o se lo digo yo?
—Aiacos…
—susurró Minos, captando la atención del aludido. — Él utilizó mi momento de
debilidad. Violate había llegado a reino de los hielos en esa época y tú me
ignorabas por estar con ella. Incluso preferías quedarte horas a su lado que
permanecer al mío. Sentí celos, sentía soledad. Entonces llegó Albafica, me
dijo que ella trataba de alejarte de mí, y él, prometiéndome su amor me
manipuló para que la matara.
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HACE UN AÑO ATRÁS
Un grito desgarrador y
sangre esparciéndose por todo el lugar. Miró sus manos pálidas, ahora manchadas
por el líquido carmesí de la sangre. Una sonrisa algo torcida surcó en su
rostro. Lo había hecho. Había matado a esa mujer que tantos dolores de cabeza
le había causado. Miró el cadáver que yacía sobre el frío suelo rocoso a unos
centímetros de sus pies. La mujer tenía los ojos abiertos y los labios
entreabiertos. Su cuerpo estaba deforme, pero era normal. Su técnica le había
roto todos sus huesos hasta hacerlos trizas. ¡Era toda una obra de arte!
Una risa fría y llena de
odio resonó por los alrededores. Se acercó con parsimonia y agarró de los
cabellos color vino, su rostro blanco ahora se encontraba pálido y frío.
—Por
fin estás muerta perra. —Susurró extasiado. Arrojó el cadáver lo más lejos que
pudo, cayendo en un golpe seco.
Sacando un pañuelo,
empezó a limpiarse la sangre de sus manos con parsimonia. Unos pasos y el
crujir de una rama lo hicieron voltear. Hasta ahora, recién se daba cuenta que
la había seguido hasta el bosque.
—Has
hecho un gran trabajo. —Habló esa persona. — ¡Impresionante!
—Todo
por complacerte, querido. —Dijo con una sonrisa maliciosa. — Ahora si podrás
amarme por el resto de tu vida.
El muchacho no dijo
nada, acercándose hacia el cadáver de la mujer examinó con cuidado cada
centímetro de la piel.
—
¿Qué hiciste? —preguntó en un susurro con indiferencia.
—La
torturé con mi Marioneta Cósmica. —Dijo soltando unas carcajadas. — Hubieras
visto, la idiota gritaba piedad, fue maravilloso. Jamás creí que esa musculosa
pudiera si quiera conocer la súplica.
El muchacho se levantó
sin emoción alguna, era unos centímetros más bajo que Minos pero aun así su
presencia era de temer. Según había escuchado, había asesinado 9999 personas en
menos de 5 años ¡Era todo un record! Aunque solo hayan sido viles ladrones o
asesinos.
—Y
dime Albafica. —Continuó hablando Minos. — ¿A dónde iremos hermoso?
—Vuelve
a decirme hermoso, y el siguiente en morir serás tú. —Susurró sombríamente.
—
¡Ok! Pero es inevitable no decirte así. —Se fue acercando hacia el menor, pero
Albafica se alejaba con tranquilidad. — Tsk. Maté a la idiota que quería
embrujar a Aiacos por ti, y ahora me rechazas. ¿Por qué?
—Minos,
recuérdame ¿Por qué mataste a Violate?
—
¡Obvio! Quería alejarme de Aiacos ¡Ya te lo había dicho!
—
¿Qué sientes por Aiacos? —Minos frunció el entrecejo fastidiado ¿a que jugaba
Albafica? — Responde.
—Lo
amaba… pero ahora te tengo a ti ¿no?
—
¿Lo amabas? —dijo Albafica frunciendo el entrecejo. — ¿Ya no lo amas? —La
mirada fría y penetrante de Albafica, incomodaba bastante a Minos, que
desviando la mirada, susurró.
—Aun
lo amo. —La expresión de Albafica cambió radicalmente a una más suave, incluso
le pareció ver rastros de alegría. Eso sorprendió al albino que se había
quedado mudo.
Era la primera vez que
veía sonreír a Albafica desde que lo conoció, generalmente su rostro, sus ojos,
mostraban una tristeza infinita que nunca supo entender, pero ahora… era todo
lo contrario ¡sonreía! Y vaya que tenía una hermosa sonrisa. Albafica miró
hacia el cielo y esperó con una ligera sonrisa la llegada de ese ser. Minos no
entendía nada de lo que pasaba, más cuando vio como las nubes empezaban a
arremolinarse sobre el cielo, y el viento antes calmado, desatara su furia
contra ellos, tuvo terror. Por alguna extraña razón la temperatura empezó a
bajar considerablemente, notándose algunos bloques de hielo.
Toda
su vida había crecido en el mundo de los hielos, pero jamás creyó que un una isla
donde siempre el sol estaba presente se volviera en segundos un bloque de
hielo.
—
¡Albafica! —gritó el nombre del menor, que estaba rodeado por una espesa
neblina. — ¿Qué está ocurriendo?
Intentó
hacerse paso, pero era inútil. Mientras más intentaba acercarse, algo impedía
su encuentro con el peliceleste.
—
¡Albafica! —volvió a gritar, la piel empezaba a rasguñarse con cada paso que
daba, era como sentir miles de cuchillas intentando penetrar su piel.
Cuando por fin pudo
estar al lado del más joven sus ropas estaban hechas jirones y las heridas
manchaban de un bello carmesí cada prenda. Albafica no tenía ni un solo
rasguño, su mirada mostraba algo de ansiedad y en su rostro había una sonrisa
dibujada. Siguiendo el lugar hacia donde miraba se sorprendió de ver el cielo,
antes claro, ahora cubierto por un manto negro. Las nubes se habían quedado
arremolinadas y el viento seguía golpeando con fuerza su rostro.
En
el centro un haz de luz apareció, chocando sobre el cuerpo inerte de Violate.
Minos se mantenía impactado mirando como empezaba a levitar el cuerpo de la
mujer. Entonces, una figura oscura, algo borrosa, apareció sujetando el cuerpo
frío de Violate. Albafica caminó despacio hasta llegar hacia el haz de luz y
alzando su mano trató de tocar a la figura.
—
¡Detente Albafica! —gritó Minos sin moverse. El peliceleste volteó su rostro,
mirándolo por encima de su hombro.
—
¿Por qué? —dijo con una media sonrisa. — He esperado tanto tiempo.
La figura empezó a
materializarse en ese momento, dejando ver la anatomía de un hombre alto, de
cabellos azules y ojos violetas, vestido solamente con una larga y oscura
túnica, representando a la muerte. Al verlo Albafica ensanchó su sonrisa, las
lágrimas empezaron a anegarse a sus ojos, queriendo salir en cualquier momento.
—Manigoldo.
—Susurró con voz ahogada, el aludido sonrió con ternura, acariciando el rostro
níveo de su pequeña rosa.
—Albafica.
—Susurró limpiando la pequeña lágrima que salió de los ojos del menor.
—Lo
hice… —dijo con alegría— 10000 almas. —El rostro de Manigoldo empezó a mostrar
una mueca de disgusto al escucharlo.
—Alba-chan
—dijo con cariño. — ¿Por qué jamás me escuchas? —Albafica agachó la mirada
sintiendo algo de vergüenza, aunque en su defensa no tenía otra opción.
—Porque
te amo. —Dijo mirándolo. — Eres el único hombre que he amado toda mi vida.
—Lugonis
está decepcionado de ti Alba-chan —dijo con suave reproche. — Pero entiende tus
razones.
—
¿Y tú? —preguntó temiendo lo peor.
—Sabes
que respeto la vida… y aunque sé cuáles eran tus intenciones, no lo estoy.
—Albafica sonrió y miró de nuevo el cielo. Su rostro volvió a tener su habitual
seriedad e indiferencia.
—
¡He cumplido con mi trato! ¡10000 almas a cambio de la vida de Manigoldo!
—gritó con fuerza. — 9999 personas padecieron por mi mano y 1 padeció por un
humano con sed de sangre que mató a esta mujer que ahora te entrego por sus
celos.
En ese momento, el
cuerpo de Violate, empezó a brillar, y unas luces blancas salieron rumbo al
cielo, mientras que el cuerpo de Manigoldo empezó a materializarse frente a los
ojos de Minos y Albafica. El peliazul cerró sus ojos cayendo inconsciente a los
brazos del peliceleste, atrás de él la figura de un hombre con una larga túnica
negra con decorados plateados apareció. Sus cabellos algo largos de color como
la noche y piel tan pálida como los albinos, sostenía en su mano derecha el
alma de la mujer.
—La
vida es efímera para los seres humanos, desperdiciada para algunos y corta para
otros. Está es una lección para ti Albafica sucesor de Lugonis y asesino de
Manigoldo. —Dijo con voz profunda y seria. Minos que veía a ese hombre se había
quedado en silencio. — Durante estos doce años espero que esto te haya servido
de lección y el día de tu muerte se juzgara tus crímenes contra la vida.
Dio un vistazo al lugar
donde hace doce años Manigoldo murió y sonrió al ver a Minos.
—Jamás
creí que encontrarías al humano con sed de sangre, capaz de matar sin piedad a
la mujer de su amado. —Miró a Albafica que se aferraba al cuerpo de Manigoldo y
sonrió, la imagen de un niño de diez años apareció, irónicamente estaban en el
mismo lugar. — Hasta nunca, Albafica. El ángel de la vida estará en tus manos,
no lo desperdicies.
El viento sopló con más
fuerza durante algunos segundos, y cuando por fin se calmó el cielo volvió a su
color azul.
—Albafica…
—susurró Minos sin saber qué diablos había sucedido. — ¿Qué está pasando aquí?
¡Habla! —El peliceleste miró a Minos con indiferencia y habló.
—Ese
hombre era Thanatos. —Minos abrió sus ojos sorprendido.
—El
dios de la muerte, pero…
—Recuerdas
que una vez te mencioné al niño que jugó con la muerte. —Minos asintió con una
sonrisa incrédula. — Era yo. Soy ese niño con el veneno en su sangre y asesino
del ángel de la vida.
—Me
usaste. —Albafica levantó a Manigoldo que aún seguía inconsciente. — Soy un
estúpido.
—Mi
familia custodiaba junto a los emisarios de Thanatos a los humanos, e
interferimos cuando es necesario en la vida de los países del fuego y hielo.
—Susurró sin inmutarse ante la mirada llena de odio de Minos. — Si fuera tú,
mejor pensaría en una coartada para la desaparición de Violate, Minos.
—Creí
en ti, maldito. —Gruñó molesto. — Marioneta Cósmica —Los hilos, empezaron a
penetrar la piel de Albafica y Manigoldo, la sangre empezaba a brotar entre los
finos hilos.
—
¡Es hora de pagar por tu crimen Albafica! —gritó con ira. Albafica sonrió de
lado y alzó su mano libre, a pesar de sentir como los hilos profundizaban sus
heridas y quebraban algunos de sus huesos, no se inmutaría ante ese hombre.
—Espinas
Carmesí. —Gritó. Miles de agujas de sangre empezaron a clavarse en el cuerpo de
Minos.
—Arrgh…
—gritó de dolor. Su cuerpo empezó a sentirse pesado, mientras que sus ojos
empezaron a nublarse, la vista le empezaba a fallar.
—Albafica…
—susurró apenas Manigoldo, empezando a despertar. — Ya déjalo, no puedes
matarlo.
—De
acuerdo… —Se levantó, separándose a unos centímetros del peliceleste, sacando
de su túnica un frasco con un líquido transparente, lo lanzó hacia el peliplateado y se dio media vuelta.
—Es
un antídoto… si aún quieres vivir tómatelo. —Empezó a caminar seguido de
Albafica desapareciendo en segundos.
Minos se había quedado
unos segundos mirando hacia el lugar, donde habían desaparecido aquel par. Sin
chistar bebió el brebaje y pudo sentir como el líquido aliviaba su interior.
Cerró sus ojos sintiéndose sucio. Debió haberlo imaginado… pero ¿Cómo hacerlo?
En su momento de desesperación Albafica había llegado y por el tiempo que se
había quedado se había sentido importante. El muchacho de piel nívea había
llenado el vacío que Aiacos había dejado.
—Aiacos…
—susurró el nombre de su amigo, su amor secreto. Miró el cuerpo de Violate y se
llevó una mano en la frente. Había matado a esa mujer que era tan importante
para Aiacos.
— ¡Minos!
—escuchó la voz angustiada de su tormento, giró su rostro y lo vio junto a
Radamanthys, ambos vestidos con sus sapuris. Hizo un intento de sonrisa, solo
logrando una mueca torcida.
Aiacos se acercó a él y
se arrodilló. Su rostro sorprendido se alivió al no encontrar heridas en su
cuerpo. Soltó un suspiro cuando Aiacos se percatara de cuerpo de Violate.
—Hay
algo que debo decirte… —susurró tratando de incorporarse. Aiacos le trató de
impedir. Miró de reojo a su amigo rubio y lo vio mirando fijamente un punto en
específico. Ya se había dado cuenta del cadáver.
—Tranquilo…
luego nos dirás que es lo que te pasa —Susurró acariciando su mejilla con
suavidad. Minos lo miró por unos segundos para luego apartarlo. — ¿Minos?
—Lo
siento… no era mi intención —Aiacos parpadeó un par de veces antes de alzar la
mirada y ver el cuerpo inerte de Violate. Volteó a ver a Minos que le dedicaba
una triste sonrisa.
—La
mataste… —Minos agachó la cabeza sin decir nada. Los ojos de Aiacos se
agolparon de lágrimas que se negaban en salir y trató de abalanzarse sobre
Minos. Radamanthys que ya se había anticipado al problema lo agarró con fuerza.
— “¡Por una mierda Minos! —gritó con fuerza. — Ella era como una hermana
¡Joder! ¡A ti era quien amaba! ¡¿Cómo pudiste matarla?! ¡¿Minos?!
—Lo…
lo siento… —susurró evitando mirarlo. Tanto tiempo tratando de escuchar
aquellas palabras ¡Maldito el día en el que conoció a Albafica!
—Esto
no tiene perdón —Susurró con voz sombría. Minos alzó la mirada incrédulo.
Radamanthys que estaba detrás de Aiacos alzaba la ceja sin comprender lo que
pasaba. — Tus disculpas no me van a devolver a Violate.
Separándose bruscamente
de Radamanthys se fue directo al país del hielo, sin mirar atrás. Minos sabía
que su relación con Aiacos nunca volvería a ser la misma, había roto el frágil
lazo que los unía.
—Regresemos
—susurró sin emoción Radamanthys.
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Aiacos había caído de
rodillas al escuchar de los labios del mismo Minos lo que había pasado, se llevó
una mano a la boca, evitando vomitar. Anteriormente había matado a muchos
hombres, mujeres y niños en nombre del rey de los hielos, pero el tema de
Violate era muy distinto. Ella era la mujer más importante en su vida, la
consideraba una hermana.
—Lo
siento… —susurró Minos, Aiacos le dirigió una gélida mirada y se volvió a
levantar.
—Calla
Minos —gruñó— Debemos acabar primero con este par y luego te daré una paliza
por la muerte de Violate.
—
¿Escuchaste Alba-chan? —dijo con una sonrisa burlona Manigoldo. Albafica sonrió
apenas y se acercó más a su parabatai (*) — Piensan que nos vencerán tan fácil…
que tiernos
—No
juegues con mi paciencia —gruñó molesto Aiacos— Ilusión Galáctica —cruzó sus
muñecas por encima de su cabeza y concentró su cosmo lanzándoles directo hacia
Albafica y Manigoldo.
—Tsk
—ambos hombres esquivan el ataque, dando un gran salto. Manigoldo en el aire
abre la palma de su mano donde un resplandor con llamas azules aparece—
Sepultura de Almas.
—
¡¿Pero qué…?! —grita Aiacos cuando un gran estallido lo envuelve, tirándolo al
suelo. Minos que corre a verificar los signos vitales de su compañero sonríe
con malicia. Tomando el cuerpo de Aiacos abre las alas de su Sapuri.
—Aleteo
de Plumas Gigantescas —Minos se elevó por los aires moviendo las alas de su
Sapuri. El aleteo produce un vendaval de viento huracanado que barre los alrededores destruyendo todo a su paso,
golpeando a Manigoldo y Albafica que vuelan por los aires, cayendo en un golpe
seco. — ¿Aun creen que somos débiles?
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Radamanthys que corría a
toda velocidad por fin saliendo del país de los hielos se detuvo al sentir el
gran estallido de cosmo. Sonriendo de lado al saber que Minos lo tenía
controlado, aunque su sonrisa empezó a flaquear cuando sintió el cosmo
descontrolado de Aiacos, quiso volver, pero debía ayudar a Ikki. Él confiaba en
Aiacos y Minos y sabía que ninguno de los dos arriesgaría al otro. O eso
esperaba.
—Debo
seguir… —en el camino su menté vagó hacia lo que pasaba. Había reconocido a ese
par. No por nada era el más fuerte de los tres jueces (**) de los hielos. Su
rey le había ordenado averiguar más acerca del pasado de Kardia, encontrándose
con ese par en el camino.
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DIEZ AÑOS ANTES
Radamanthys había
decidido vengarse, aunque el cuerpo le dolía y le pesaba a horrores sabía que
debía ir tras Kagaho y matarlo. Aun sentía su orgullo lastimado al saber que
había sido salvado por el primogénito de Arles, el hombre que había matado a
sus padres. Y todo se lo debía al idiota de Kagaho. Chasqueó la lengua,
furioso. Esta vez él se haría personalmente a cargo de esa familia, pero sobre
todo de Kardia, en quien no confiaba del todo. No podía creer esa historia del
hijo abandonado a su suerte y menos podía creer en aquella sonrisa que había
enamorado a su príncipe.
—Tsk
—se detuvo en seco al escuchar algunos gritos, ocultando su cosmo caminó hacia
el lugar, encontrándose a Kardia que traía el enorme camisón que Krest le había
regalado, descalzo. Frunció el entrecejo. La nieve caía sobre ellos y Kardia,
quien era intolerante al frío, se encontraba tranquilo. Se asomó un poco más
encontrándose a un muchacho de cabellos celestes y ojos cerrados.
El joven de celestes cabellos
se levantó con parsimonia, vestía ropa negra compuesta de unos pantalones
apegados y un abrigo del mismo color. Había abierto sus ojos asustado.
Sorprendido. Ese hombre que estaba a sus pies, muerto, era la primera víctima
que cobraba. Miró hacía un costado, encontrándose con los ojos azules de su
maestro. Ese muchacho un año menor lo miraba con diversión. En ese momento
Albafica se daba cuenta que su amigo ya estaba acostumbrado a ver la muerte muy
seguido. Kardia se acercó y agachándose, verificó los signos vitales del
cadáver.
—Me
sorprendes Albita —susurró con una sonrisa. — Lo dejaste seco… ¡No hay ninguna
gota de sangre!
—La
rosa Blanca cumple con esa función… —susurró sin quitar su mirada horrorizada
del cadáver.
—
¡Ya tranquilízate hombre! Has matado a ese asesino por una buena causa ¿o no?
—
¿No tienes corazón Kardia? —preguntó en un susurró, dirigiéndole una mirada de
fastidio.
—Lo
perdí desde que volví a este puto reino. —Masculló entre dientes. El viento
empezó a soplar con más fuerza, empezando a juguetear con los cabellos azules y
celestes, mezclándolos. — ¡Mira!
Ambos niños alzaron su
vista sorprendidos sin mostrar temor, desde el cielo una luz dorada alumbró el
cuerpo inerte elevándolo. Albafica tomó la mano de Kardia apretándola con
suavidad esperando alguna reacción del cadáver. Hasta que de su boca una
sustancia azul plateada, ni liquida, ni gaseosa
le salía.
—
¿Qué es eso? —preguntó Kardia, mirando con sorpresa a Albafica.
—No
lo sé… —confesó Albafica, de la nada atrás del cadáver, la figura de un hombre
con túnica apareció tocando esa sustancia azul plateada. — “¡…!”
—Soy
el enviado de la muerte… —se presentó, en ese instante los ojos de Albafica se
anegaron de lágrimas al reconocer aquella voz.
Radamanthys estaba asombrado.
El hombre de la túnica dejó ver su rostro mirando asombrado ambos rostros.
—Kardia…
Alba-chan… —miró el cadáver y una sonrisa amarga surcó— ¿Quién de los dos acabó
con su vida?
—Fui
yo —dijo Albafica. Radamanthys no entendía nada. Kardia lucía aquella sonrisa
confiada que le crispaba los nervios.
—Albafica…
Este hombre representa a tu primera muerte solo te falta 9999 más y el contrato
con la muerte culminará. —Se levantó con el alma del muerto, ya no había
necesidad de abordar. — Nos vemos en las próximas muertes…
—No
te vayas ¡Manigoldo! —gritó Albafica, sintiendo como su corazón volvía a
oprimirse— Lo siento…
—No
hay nada de que disculparse Alba-chan… los accidentes siempre pasan…
Hubo un silencio cuando
Manigoldo desapareció. Radamanthys quiso irse, pero lo que dijo ese hombre lo
ponía alerta.
—Entonces
nos vemos luego… —dijo con simpleza Kardia— ¡Vamos Albita! Volverás a ver al
crustáceo muy pronto.
—
¿Por cuánto tiempo Kardia? —preguntó captando no solo la atención de
Radamanthys sino la de Kardia, quien sonrió extrañamente.
—Yo
te avisaré cuando el día llegue. No te preocupes por ello, amigo. —Se acercó a
Albafica poniendo una mano en su hombro. — El barco está a punto de zarpar,
deberías apresurarte o no podrás ir al Earthland.
—Lo
sé… —le regaló una sonrisa apagada, que fue correspondida por Kardia. — Cuídate
Kardia… no confíes en los hombres del reino de los hielos.
—Siempre
—Albafica dio media vuelta desapareciendo entre la frondosa vegetación. Solo en
ese entonces, la sonrisa de Kardia desapareció girando hacia donde estaba
Radamanthys. — ¿Nunca te han dicho que espiar es malo?
—No
cuando eres el hijo de Arles —gruñó— ¿Qué planeas?
—Solo
ayudo a mi amigo, Radamanthys. —Sonrió con inocencia.
—A
mí no me engañas… no creas que estoy agradecido de que me salvaras aquella vez.
—No
espero un agradecimiento cejota. —Dio media vuelta. — Iré a ver a Degel y a
Camuchis, han de estar preocupados por mí.
—Kardia…
—el muchacho volteó y mostró una sonrisa torcida.
—No
te metas en mi camino Radamanthys… no soy el enemigo. No soy Kagaho.
:::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::
Se detuvo para mirar
alrededor. El reino de los hielos ya había quedado atrás y lo único que le
faltaba atravesar es aquella barrera. Cuando apenas pisó un pie fuera de la
protección la realidad lo golpeó. El Earthland era tan diferente a lo que él
recordaba. Antes eran puros pueblos con gente que trabajaba bajo el sol todas
las mañanas y se reunían en las noches para contar anécdotas. Los niños
jugueteando con una rama y una pelota, mientras que los adolescentes varones
ayudaban a sus padres y las jovencitas se convertían en mujeres y practicaban
sus modales.
Saltó
hacia la orilla donde el barco que lo llevaría hacia la isla del fénix, más
conocida como la isla de la muerte, lo esperaba y bajó a Ikki.
—Es
malo hacer esperar, Radamanthys de Wyvern. —Escuchó una voz a sus espaldas. Al
girar se encontró con un muchacho de aspecto inocente, de cabellos rubios y
largos, con los ojos azules más puros que hubiera visto. Eso le dio cierto
asco.
—
¿Quién eres? —gruñó aferrando más el cuerpo de Ikki contra el suyo.
—Mi
nombre es Alone, soy la mano derecha de Kagaho y vengo ante ti, Juez Wyvern,
por un mensaje de su parte.
—Ya
estoy en camino… —dijo sin darle importancia.
—No
es por eso —dijo con una sonrisa. — Solo es una advertencia o mejor dicho te
está dando una oportunidad.
—
¿Qué? —Radamanthys se sorprendió ante eso. ¿Qué planeaba Kagaho?
—Como
sabes Kagaho fue quien le hizo esto a Ikki. Y sabes que ambos son un alma
dividida. —Explicó con tranquilidad Alone. — Mi señor Kagaho quiere que te unas
a él y así vencer juntos a Arles y de paso asesinar a Kardia.
—
¿Por qué debería confiar en ustedes? —masculló escupiendo cada palabra. — No
confío en Kagaho ¿Cómo no sabré si después de eso no me asesina a mí?
—Por
qué te ama… —susurró con voz sombría, que no pasó desapercibida por el rubio. —
Te quiere a su lado. Incluso dijo que aceptara a tus amigos, Aiacos y Minos que
ahora deben de estar padeciendo los ataques de Albafica y Manigoldo.
—
¿Qué tanto sabes de ellos? —se acercó amenazante ante Alone, que aún mantenía
su rostro sereno.
—Muy
simple mi querido Radamanthys. —Se acercó al más alto y posó una mano en su
rostro. — Nada es lo que parece… y déjame decirte que si no aceptas esta unión
con mi señor, muchos morirán, incluso se podría decir que sería el fin de ambos
reinos.
—
¡Suéltame! —gritó dándole un manotazo. Alone empezó a elevarse aun manteniendo
esa sonrisa en su rostro.
—Vendré
a verte cuando pises el suelo de la isla. Espero que aceptes Radamanthys…
—Imbécil…
—susurró al verlo desaparecer. Miró hacia la isla que ya estaba oculta por la
barrera y se dejó caer. Miró com Ikki aún seguía inconsciente y suspiró. ¿Qué
iba a hacer?
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—
¡Te lo digo Aioria! Hay algo que no me gusta en todo eso —gruñó Deathmask que
lucía alterado. Aioria por su parte solo rodeaba los ojos y volvió a leer los
informes que habían sido entregados por Afrodita esa misma tarde.
Mientras que los
príncipes Ikki y Milo aun estuvieran ahí, él y Deathmask debían quedarse en el
reino de los hielos hasta que se les diera la orden de volver. Para Deathmask
el frío no le era tan importante, a diferencia suya que estaba tan acostumbrado
al calor del reino del fuego.
—
¡Ya cállate! —gritó exasperado. — ¡Esto es una biblioteca! —su amigo peliazul
iba a abrir la boca pero la volvió a cerrar. Aioria que alzó una ceja
interrogante recibió un golpe en la cabeza. — ¿Pero qué mierda…?
—Lo
mismo es para ti, hermano de Aioros. —Al reconocer esa voz no pudo evitar
fulminar con la mirada a Death, que inventando una excusa salió en busca de
algún libro.
—
¿Por qué solo me reclamas a mí? El
idiota que se acaba de ir también gritaba. —Masculló entre dientes.
—El
único que gritó fuiste tú. Y si no te gusta como son las cosas, vete de una
vez.
—Eres
un maldito aburrido Shura. —El azabache se detuvo y sonrió con ironía ¿Cuántas
veces había escuchado ya eso? Giró su rostro sin emoción alguna y sacó una nota
de su bolsillo entregándoselo a Aioria. — ¿Qué es eso?
—Un
tal Seiya lo dejó para ti, dijo que era importante —se dio media vuelta y
siguió su camino, bajo la atenta mirada de Aioria que suspiró.
Shura era el único en
todo el reino de los hielos (aparte de los príncipes) que se había acercado a
ellos y los había ayudado. Incluso les dio un techo donde vivir. A diferencia
con Deathmask, con quien siempre solía beber algunas copas, con él era todo lo
contrario. Le exigía el doble, y solo porque le debía a su hermano Aioros, su
gratitud. Soltó un suspiro resignado y se le quedó mirando.
—
¿Y? ¿Se lo dijiste? —preguntó interesado el mayor.
—No…
y nunca se lo diré. —Se levantó de la mesa— Debemos irnos… Afrodita y Aioros
nos esperan.
—
¿Qué? ¿Pasó algo con el reino del fuego? —preguntó sin mucho interés.
—No…
—Death miró a Aioria interrogante y acercándose pudo saber lo que pasaba. Al
parecer sus temores eran ciertos, él había llegado, pero… ¿Cómo?
—Tal
parece que cejotas no mentía…
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Kardia miraba el cielo
que empezaba a oscurecer. Al parecer la pelea de Albafica y Manigoldo contra
Minos y Aiacos ya había comenzado. Lo único que faltaba era esperar a que fuera
el momento indicado para que todo lo que había hecho se cumpliera. Fueron los
más largos 12 años.
—
¿Papá? —la vocecita de su hijo lo sacó de sus pensamientos. Volteó sonriéndole
con cariño. Su hijo sonrió y se abalanzó a sus brazos. — ¡He visto a alguien
idéntico a ti!
—Ahhh
viste a Milo… ¿por qué no vas junto a tu hermano y se presentan formalmente,
Hyoga?
—
¡Claro! —el pequeño rubio salió corriendo hacia la puerta que fue abierta por
Degel que miraba curioso como su hijo corría.
—
¿Qué le dijiste? —preguntó al ver como Kardia miraba el jardín.
—Van
a conocer a Milo. Después de todo es su tío. —La sonrisa de Kardia, aquella que
no había visto en años, la que antes tanto temían, ahora no le incomodaba. Se
acercó a su amado y dándole un casto beso lo abrazó por la espalda.
—Después
de tanto tiempo… —Ambos compartieron aquella sonrisa, que tal vez a muchos no
les gustara…
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