Du Ciel á L´enfer [Capítulo 9]
Du Ciel á L´enfer
Clasificación: No menores de 18 años
Autor: Nikiitah
Categoría: Saint Seiya
Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, sino a Masami Kurumada y Shiori Teshirogi, yo solo los utilizo por diversión.
Género: Acción, AU, Ciencia Ficción, Drama, Horror, Romántico, Tragedia
Advertencia: Lemon, Mpreg, Muerte de un Personaje, Sadomasoquismo, Tortura, Violación
Aviso: Si no te gusta el Shounen ai (chico x chico) no leas~
NOTAS: Este fic fue hecho en conjunto por athenakyori PrincessIce y yo (Nikiitah)
Capítulo 9: Opportunités
La mañana lo descubrió aún despierto, no había
dormido toda la noche por más cansado que se encontraba por pensar en aquel
hombre de brillantes turquesas. Fue tan sólo por pocos días, pero aún así sabía
que ya estaba enamorado, él sentía que lo
conocía de años atrás en un pasado lejano cuando aún era un niño
pequeño. Sus ojos se paseaban por toda la habitación, entre las penumbras de
ésta, Degel se regañaba mentalmente por hacerse ilusiones con aquel doctor, su
respiración se hacía cortante cada vez que recordaba aquel suceso, sus ojos
volvían a ponerse acuosos y su garganta se cerraba impidiendo el habla. Cuanto
daría por volver a atrás y evitar su atrevimiento, ahora ya no podría verle la
cara, estaba seguro que lo odiaba. Sus piernas se apegaron a su pecho y enterró
el rostro en ellas, las frías lágrimas empezaron a caer sobre ellas mientras
que el dolor se hacía más fuerte. Su celular empezó a sonar con insistencia
pero él no quería hablar con nadie. Los suaves toques en su puerta lo hizo
detener su llanto, debía mostrarse fuerte frente a Camus, no deseaba que le
viera en ese estado tan lamentable.
— ¿Ocurre algo Camus? — pregunta intentando que
la voz no sonara tan quebrada.
— Un hombre te está llamando... dice que es del
casino — susurra del otro lado de la puerta. Esto dejó sorprendido a Degel
¿acaso...?
— ¿Te dijo quien era? — pregunta con nerviosismo.
— No... sólo me dijo eso... — un pequeño silencio
se hizo presente, Camus esperaba que Degel le contara, pero al ver que su
hermano no le decía nada suspiró — Estaré abajo...
— Sí... — se levantó con pereza y empezó a
cambiarse. Cuando bajó, se preparó mentalmente para lo que diría, en realidad
se había ido sin despedirse — ¿Aló?
— Ey Degel ¿que tal? ¿Tuviste buena noche? —
podía percibir el doble sentido de esa simple pregunta, incomodándolo.
— Se podría decir... — susurra, del otro lado de
la línea un gemido se escuchó sorprendiendo a Degel — ¿Estas con alguien? — no
era que le interesara pero se sentía extraño luego que en los últimos días
Manigoldo se la pasaba coqueteándole.
— Tranquilo cariño, pensé en ti todo el tiempo —
un quejido de dolor se escuchó y luego varias cosas romperse — Espera...
Alba... No... ¡Deja ese bisturí! ¡No! ¡Espera!
Separó un poco el celular de su oído y cuando
estuvo seguro volvió a colocarlo en su oído.
— ¿Problemas? — susurra divertido — ¿Qué pasó?
— Me botó — susurra — ¿Dónde nos encontramos?
¡Quiero verte!
Degel lo pensó unos minutos, quería olvidarse de
Milo y su rechazo, y qué mejor forma que aceptar las insinuaciones de
Manigoldo. Le dio una dirección y la hora, por suerte hoy no iría al hospital.
Se dio una ducha fría para intentar ir relajado a su... ¿cita? no, eso se le
dice a las parejas y ellos eran... ¿amantes? ¿amigos con derecho? bueno, lo que
fueran por lo menos estaba seguro que olvidaría realmente el rechazo que
recibió. Al llegar al lugar citado esperó con paciencia a que el mayor viniera,
aunque sabía que nada podría significar algo dentro suyo le decía que se fuera,
que esto era un error y estaba en problemas. El sonido del motor lo sacó de sus
pensamientos, al girar lentamente sus ojos violáceos se encontraron contra los
de Manigoldo que sonreía de lado. Vestía una chaqueta cuero, una playera sin
mangas de color blanco y unos pantalones ceñidos al cuerpo de color negro.
— Mmm te ves exquisito — susurra Manigoldo,
apegando su cuerpo al de Degel.
— Gracias... te ves bien... — el nerviosismo de
Degel era notorio, podía sentir la dureza en los pantalones del mayor.
Sus brazos rodearon el cuello del italiano apegando ambos cuerpos, los labios de ambos
se encontraron en un apasionado beso, lenguas que empezaron una danza prohibida
pero a la vez sensual. Las manos de Manigoldo inquietas recorrían sin pudor el
esbelto cuerpo de Degel, abriendo de paso la camisa del menor. Sus labios
bajaron por el blanco cuello dejando algunas marcas rojizas en el proceso
mientras seguía su camino hacia los pezones rosados lamiendo en círculos hasta
dejarlos erectos.
— E-Espera... — susurra abochornado el francés
intentando separarlo, pero eso sólo lograba que las suaves caricias que
Manigoldo daba se hicieran más bruscas y fuertes — M-Manigoldo... n-no...
Su cuello se fue hacia atrás cuando la mano
caliente del mayor se metió en los pantalones apretando su miembro con fuerza.
Un gemido adolorido se escuchó mientras que los labios italianos seguían
marcando su cuerpo. Degel no quería eso, él deseaba entregarse con amor y no
por lujuria, intentó nuevamente separarse pero el agarre se hacía más fuerte,
incluso creyó ver a otra persona en vez de Manigoldo, sus ojos se agrandaron
con horror al ver lo que parecía cuernos sobre la cabeza, su garganta se cerró.
Quiso gritar pero la voz no me salía de sus labios. Cerró sus ojos con fuerza y
la imagen de Milo apareció en su mente, sintiendo dolor al saber que tal vez ya
no lo vería de nuevo y cuando esperó lo peor las caricias y el agarre cesaron.
Abrió los ojos lentamente y lo que vio lo dejó sorprendido. Unas alas grandes y
blancas pasaban delante suyo mientras que el cuerpo de Manigoldo salía
disparado hacia atrás.
Miró el rostro de su héroe viendo a Milo que lucía serio, y hasta... ¿celoso?
— ¿Milo? — susurra. Era como si lo hubiera
invocado con la mente.
— ¿Te hizo daño? — susurra Milo sin mirarlo,
Degel no respondió al instante eso sólo hizo enfurecer a Milo que con una
sonrisa conciliadora lo hizo dormir en su brazos.
— ¡Vaya! No sabes en lo que te estas metiendo...
ángel — susurra con repulsión. La apariencia de Manigoldo había cambiado por
completo, sus ojos se habían vuelto rojos y en su rostro aparecieron dos marcas
negras en cada mejilla debajo de los ojos.
— Mi deber es proteger a los humanos, sobre todo
a MI humano. No voy a permitir que tus garras profanen lo que he protegido por muchos
años.
— ¡Ja! Un ángel enamorado es un pecado. Recuerda
que... si no tienes cuidado esto podría ser peligroso...
— ... — las uñas de Manigoldo empezaron a crecer,
era negras y sobresalientes, sus manos se volvieron huesudas y sus colmillos
empezaron a crecer. Sin esperar más se abalanzó hacia Milo que ya había sacado
su espada.
Gemidos de dolor, choques entre metales. Milo y
Manigoldo no se detendrían hasta que uno de los dos muera, por suerte el lugar
estaba desierto y nadie miraba lo que pasaba. Degel aún se encontraba dormido
sin tener la mínima idea de lo que pasaba a su alrededor o siquiera saber que
dos seres que muchos creían sólo ser imaginarios peleaban por él.
— ¡Muere ángel! — desde los cielos Manigoldo cayó
en picada hacia Milo que se veía jadeante y debilitado por las múltiples
heridas ocasionados por las garras del otro.
— El que morirá es otro — susurra alzando la
espada. La sangre salpicó por todos lados. La garra de Manigoldo estaba
enterrado en el pecho de Milo y la espada de Milo en el abdomen del mayor. Las
alas blancas empezaron a teñirse de un hermoso escarlata, la muerte empezó a
rodear a ambos seres que admiraban embelesados sus grandes obras. La risa
sarcástica de Manigoldo era lo único que se escuchaba, al final ninguno ganaría
o eso creían.
Manigoldo sacó su mano del pecho y Milo sacó la
espada ensangrentada del cuerpo. Ambos retrocedieron, intentando no hacer
ninguna mueca de dolor, y fue por eso que desapareció el mayor, si iba a morir por lo menos lo haría sin que lo vieran
en su agonía.
Milo cayó de rodillas apoyado solamente sobre la
espada, sus turquesas miraron hacia Degel y sonrió con algo de rabia. Si tan
sólo hubiera llegado a tiempo, pero ya no podía cambiar, el hubiera no existe.
Acarició con delicadeza el rostro del menor escuchando en su mente las palabras
de Manigoldo.
— Tonterías — susurra. La espada desapareció, con
delicadeza y tratando de evitar que su sangre manchara el cuerpo del menor
empezó a volar hacia su departamento, intentaría curarse por sí mismo para
luego llevar a Degel a su casa. Mientras que luchaba con él había notado cierta
esencia rodearle, y eso sólo le molestaba, por culpa de eso no pudo matarlo.
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Su respiración se hizo pesada. La espada bañada
con la esencia divina de los ángeles estaba matándolo lentamente desde el
interior. Se dejó caer sobre la cama mientras intentaba relajarse y pensar en
una forma de curarse. El ruido de la puerta abrirse lo alertó, girando su
rostro y medio cuerpo vio la figura esbelta de Albafica que solo vestía su
camisa (que le quedaba enorme) y su bóxer. Se veía apetecible pero no tenía
fuerzas para moverse ni para hablar. Soltó un gruñido bajo y se tiró sobre la
cama.
— Milo te hizo mierda — susurra Albafica sin
dejar de sonreír — ¿A dónde se fue esa fuerza que tanto presumías?
— Si que sabe cuidar el desgraciado... — susurra
débilmente — ¿Vienes a festejar su victoria?
La sangre empezaba a brotar con más fuerza, sus
ojos miraban borroso y solo veía una silueta borrosa en vez de Albafica. Aún
así podía escuchar los pasos del menor acercarse, no le importaba si Manigoldo
tenía esa fea forma demoníaca, posó con suavidad la mano por el áspero rostro
de Manigoldo y suspiró, por alguna extraña razón no le lastimaba como antes.
— En verdad eres un idiota Manigoldo... — su mano
empezó a brillar, su esencia divina podría matar así como curar a los demonios,
y eso era justo lo que iba a hacer, aunque eso signifique morir.
— ¿Qué haces? ¿Acaso...? — un símbolo apareció e
los pies de Albafica, un círculo con una estrella y una luna empezó a alumbrar
debajo de sus pies descalzos, podía sentir como la energía se pasaba
directamente al cuerpo del mayor. Sus alas empezaron a brillar, apareciendo
frente a MAnigoldo que nunca había creído lo bellas que podrían ser.
— Un poco más... — susurra bajito, sus ojos
empezaron a perder el brillo y eso fue una alerta para el peliazul que le dio
un manotazo impidiendo que más energía le sea dada.
— ¡Idiota! — gritó Manigoldo agarrando a Albafica
que cayó inconsciente en sus brazos, las alas desaparecieron y solo así pudo
abrazarlo — ¿Por qué querer sacrificarse por alguien indeseable?
Limpió el rostro del menor que había caído unas
cuantas lágrimas y lo acomodó en la cama. Sus heridas habían sanado gracias a Albafica
que sin importarle desaparecer lo había curado. Su corazón que creyó no tener
empezó a latir con fuerza. Aferró el cuerpo a su pecho y esperó a que
despertara.
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Sus ojos se abrieron con lentitud al sentir una
comprensa fría en su frente, lo último que recordaba era haber estado con
Manigoldo y que éste intentó abusar de él. Cerró los ojos, llevando sus manos a
su cuerpo, sorprendiéndose al no sentir las marcas ni el dolor de los dientes
que dejó el peliazul. Abrió sus ojos sorprendido y por un momento pensó que
había soñado todo, incluso ver a Milo con las alas tan blancas. Un vago
recuerdo apareció en su mente, recordaba haber visto justamente ese mismo ser
hace mucho tiempo, cuando apenas era un niño, pero eso era imposible ¿o no? Un
gemido lastimero lo hizo levantarse y mirar a su alrededor. No estaba en su
habitación.
— ¿En dónde estoy? —susurra, mas en eso, otro
gemido escuchó. Buscando al dueño de esos gemidos se topa con la figura dde
Milo que estaba recostado en una pared donde la luz no llegaba, estaba con los
ojos cerrados y tenía una mueca de dolor — ¿Milo?
El aludido abre los ojos sorprendido y muerde su
labio inferior, esbozó una suave sonrisa, al parecer no le había pasado nada.
Degel se acercó a él pero Milo intentó levantarse, aunque el dolor era enorme y
se quedó en su lugar, la samgre empezó a salir manchando más su camisa.
— ¡Milo! — gritó asustado agachándose a su
altura, usando toda su fuerza lo ayudó a levantarse hasta la cama — ¿Qué te
pasó? ¿Y esas heridas?
— Solo tuve una pelea eso es todo... — dijo
aliviado de saber que Degel no recordaba nada.
— Manigoldo... ¿él te hizo esto? — Milo se quedó
helado al escucharlo y lo miró con sorpresa.
— Bueno... — la insistente mirada de Degel no le
daba opción, suspirando agotado asintió despacio.
— ¿Entonces tú...? — Milo lo miró sin entender.
— Solo te rescaté de que ese sujeto se
aprovechara de ti... no fue nada.
— ¿No fue nada? — susurra con el ceño fruncido —
¡¿Estás loco?! ¡Casi te mata!
— N-No grites... — dice nervioso — Estaré bien...
solo necesito descansar y tratar las heridas...
— Espera... — arrancando un pedazo de tela de su
camisa, y quitando las prendas manchadas de sangre se dirige al baño privado de
Milo para volver y empezar a limpiar, estaba sorprendido de ver la profundidad
y sobre todo el lugar donde estaba la herida.
— ¿Qué recuerdas? — pregunta después de un largo
silencio.
— Manigoldo intentó abusar de mí, y... — se quedó
callado y sin querer apretando más de la cuenta la herida.
— Auch... — se quejó bajito Milo.
— Lo siento... — susurra — Tú... tú tienes
alas...
— Lo habrás imaginado Degel — susurra con
tranquilidad o eso trató pero Degel lo miró con seriedad — ¿Qué?
— Quiero la verdad Milo. Algo me dice que no fue
coincidencia que aparecieras ahí y encima que te vea con alas.
— ¡...! — lo mira con sorpresa y luego hacia la
ventana donde una luz desaparece en los cielos, alza la mano y cierra las
persianas ante el asombro de Degel, por suerte su departamento estaba rodeado
con su energía y nadie más podría ver lo que hacía o decía — Lo que te voy a
decir no debe salir de aquí...
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Camus volvió a suspirar cuando miró por la
ventana ¿Qué esperaba? No sabía en qué momento había vuelto a casa, o por qué
Kardia le había traído siendo que fue su idea el quedarse toda la noche juntos.
Kardia... ese hombre era un misterio para él, cuando le preguntó qué era para
él le dijo tan bellas palabras que lo había hecho bajar la guardia por un
momento. Un nudo se le hizo en la garganta al recordar sus palabras ¿será que
Kardia lo amaba? Una sonrisa boba apareció, su corazón empezó a latir con
fuerza solo al pensarlo, así como un suspiro salió de sus labios.
— ¿Me amas Kardia? — susurra al aire. El gatito
empezó a maullar pidiendo comida, distrayendo un poco a Camus, debía dejar de
pensar en eso ya cuando se vieran le preguntaría directamente.
A una distancia prudente, Kardia miraba desde el
techo de un edificio a Camus. Los demonios no deberían conocer el amor y para
él que nunca lo sintió no quería averiguarlo, al principio era solo un juego
donde la lujuria era quien dominaba a ambos cuerpos, pero luego se volvió deseo
hasta quedarse en anhelo, posesión. Él no permitiría que nadie mas tocara el
cuerpo de ese muchacho, el viento empezó a soplar con fuerza y una extraña
energía voló a sus espaldas, era débil y estaba combinada con sangre.
— Esos desgraciados... — susurra mirando al cielo
para luego desvanecerse.
Nikiitah
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