Volver a Amar [Capítulo 06]
Volver a Amar
Clasificación: No menores de 18 años (NC-17)
Autor: Nikiitah
Categoría: Saint Seiya
Disclaimer: Los personajes no me pertenecen sino a su respectivo creador Masami Kurumada y Shiori Teshirogi
Género: Romance, Aventura, Drama
Advertencias: Lemon, Muerte de un Personaje
Aviso: Si no te gusta el Shounen ai (hombre/hombre) no leas.
Resumen: Milo y Camus eran la pareja más sólida del santuario, hasta que la llegada de Hyoga, logra separarlos. La traición, el resentimiento y el orgullo serán los obstáculos más difíciles de superar. (Yaoi) (Milo/Camus)
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VI.- Dejar el pasado atrás
HACE CATORCE AÑOS ATRÁS
— ¡Papá! ¡Mamá!
—el grito de un pequeño niño de seis años se escuchaba por toda la mansión.
Había tenido una pesadilla y había ido a la habitación de sus padres, pero no
los había encontrado. Sus pies descalzos tocaban el frío piso de madera y los
truenos resonaban con fuerza. Abrazó con más fuerza el enorme peluche de
escorpión. Estaba asustado y temeroso por no encontrar a ninguno de los
sirvientes por la enorme casa. — ¡Papá! ¡Mamá!
Sus pies lo llevaron hacia el estudio donde estaban sus padres
trabajando, pero al entrar un charco de sangre salpicó en su rostro. Un grito
desgarrador salió de su garganta al ver cómo aquel hombre le quitaba el rostro
a su madre y empezaba a coserle en la cara de su padre. Ese hombre le sonrió
socarronamente y extendió su mano.
— Acércate — le dijo aquella vez. Milo negó con la cabeza y empezó a
correr lo más rápido que sus pies podían. Gritó por ayuda. Esperaba que alguien
pudiera salvarlo de aquel sujeto. Esperaba un milagro que sabía no aparecería.
El humo empezó a entrar por sus fosas nasales, ahogándolo. Su mirada
empezó a nublarse, impidiendo que visualizará los objetos que se le
atravesaban. Milo podía ver la salida a lo lejos, pero su cuerpo ya no podía
resistir más. La sombra de un hombre apareció frente a él.
Para Milo, la muerte de sus padres fue una herida que jamás pudo
cicatrizar, y menos, podía olvidar el sufrimiento que ocurrió al despertar.
Su madre y padre siempre le habían enseñado que no debía confiar en
los extraños y más cuando éstos se mostraban tan amables. Ese día, cuando sus
ojos por fin habían visto la luz del nuevo día, sintió las miradas curiosas a
su lado. Sus ojos turquesas empezaron a recorrer el lugar entero encontrando el
origen de las miradas. Un grupo de niños, de su misma edad o incluso menores,
se encontraban hambrientos y asustados. Sus ropas hechos harapos era lo único
que cubría sus pequeños cuerpos. Por primera vez en su vida Milo supo lo que
era el terror. Sus manitas se aferraron a sus piernas, mientras escuchaba los
lloriqueos de sus compañeros de jaula.
No reconocía el lugar, era grande y de colores claros. Habían gradas
donde algunas personas con túnicas negras y máscaras plateadas se sentaban a
observarlos como si de animales se tratasen. No, era mucho peor que animales.
Siguió su recorrido, viendo una especie de altar en el centro, era como aquella
mesa de piedra que su padre solía contarle, donde cuatro hermanos lucharon por
salvar un mundo olvidado. Tragó grueso al pensar en lo que seguiría. Ocultó su
rostro entre sus piernas y trató de no llorar.
— Éste es perfecto. No dudo que cuando crezca se vuelva en un hombre
hermoso — habló un hombre de voz gruesa. Milo lo miró unos segundos y se
agazapó sobre la esquina de al fondo.
El hombre metió una de sus manos para poder acariciar la tersa piel
del niño que cerró con fuerza sus ojos. Un destello dorado lo rodeó, quemando
la mano del hombre.
— ¿Qué fue eso? — gruñó frotando su lastimada mano — Da igual... me
llevó al muchacho, marcalo como mío. Lo quiero listo para mañana. Él tendrá una
buena estadía en mi casa...
Milo miró con terror la sonrisa torcida que le dirigió el hombre. Los
niños empezaron a llorar con más fuerza y fue ahí cuando vio como varias manos
tocaban su cuerpo. Rasgando en el proceso la escasa ropa que traía.
— ¿Señor está seguro de darle esta adquisición a ese hombre? — habló
uno de ellos. No podía ver sus rostros, esas capuchas lo impedían — Este niño
vale más que los otros...
— No me refiero a eso, idiota. ¡Mira lo que hizo con la mano del
cliente! Debe tener alguna clase de poder oculto.
— Entonces, si es así nos servirá — habló el jefe — El niño podría
matarlo y así quedarnos con su fortuna.
— ¡Obedece! — gritó. Los brazos y piernas de Milo fueron agarradas con
fuerza, inmovilizándolo. Con terror, pudo ver como la daga se alzaba para luego
incrustarse sobre sus costillas.
El grito de dolor se ahogó con las risas burlonas de los hombres.
Algunos incluso aprovechaban su agonía para tocarlo más de lo usual. Cuando
terminaron con su cometido lanzaron su inerte cuerpo hacia la jaula donde los
niños miraban horrorizados su magullado cuerpo. Ninguno se atrevió a moverse
hasta que no hubo ningún adulto en ese lugar.
— ¿Estás bien? — preguntó un niño que se veía claramente mayor que él.
Su sonrisa amable fue lo que más le llamó la atención. Con ayuda de ese niño
logró incorporarse hasta quedar sentado. Sus costillas le ardían pero aún así
sonrió apenas.
— No trates de ser fuerte... Todos sabemos tu sentir — susurró
acariciando su espalda, se separó un poco y estiró su mano — Soy Astreos, era
hijo del antiguo príncipe griego.
— ¿A todos los van a marcar? — preguntó asustado. Astreos levantó su
ropa (o lo que quedaba de ella) y le enseñó una cicatriz extraña debajo de su
antebrazo.
— No me mires así Milo, el tío era un anciano — rió divertido, para
volver a tener un rostro serio — Ha pasado mucho tiempo desde que el jefe trajo
a un niño...
— Según escuché es porque son más fáciles de atrapar. A sus clientes
les gusta carne tierna — un escalofrío recorrió su cuello y se cohibió un poco
— Tranquilo Milo... Te prometo que mañana los niños y tú serán libres.
El resto de los niños empezó a hablar de lo grandioso que era, dándole
una pequeña esperanza a Milo, que volvió a sonreír como antes.
Al día siguiente, todo estaba listo para el gran escape. Esta vez,
Astreos se aseguró que ningún niño se quedara, y planeó toda la huida. Sin
embargo, ese día, el mismo hombre que pagó por Milo se acercó a su jaula. Había
llegado tres horas antes, escabulléndose
hasta llegar donde estaban. El pequeño Milo despertó de golpe al sentir como lo
estrellaban contra el frío suelo.
— Al fin... — susurró con voz sombría ese hombre — No aguantaba más la
hora de poder poseer tu tierno cuerpo.
Milo agrandó sus ojos por la sorpresa y trató de escabullirse, pero el
peso de ese hombre se lo impedía. Astreos que había despertado por el ruido
frunció el ceño molesto. Ahora debía adelantar todo o sino ese sujeto tocaría
al pequeño Milo.
— Por favor... Suéltame — pidió Milo asustado. Sintió la mano enorme
de ese hombre colarse entre sus piernas y cerró sus ojos esperando a que todo
terminara pero el gruñido de ese hombre lo asombró.
— ¡Maldito renacuajo! — gritó dándole algunos golpes en la cabeza a
Astreos que había salido de la jaula. Milo lo miró asustado y asombrado.
Milo asintió rápidamente y abrió las jaulas con rapidez. Los niños
estaban asustados, era demasiado temprano y podían ser vistos por los guardias
o peor, ser lanzados hacia los leones.
Milo corrió con ellos hacia el pequeño hueco que había encontrado
Astreos cuando lo dejaron libre. Rápidamente, cada uno pasó por ese hueco, pero
cuando le tocó a Milo se detuvo.
Cuando los niños se fueron, regresó hacia el salón donde vio a ese
hombre muerto en el suelo. Sus pies descalzos caminaron con lentitud hasta ver
el porqué su amigo no fue tras ellos, encontrándolo sin ropa y amordazado.
Siendo golpeado brutalmente por los mismos hombres que lo marcaron. La mirada
de Astreos lucía pérdida y a punto de perder su brillo. Milo ya no quería
seguir mirando eso. Él no quería que su nuevo amigo sufriera igual que sus
padres.
Ocultó su mirada entre su flequillo y se acercó con pasos firmes hacia
ellos. Astreos al verlo, soltó un gemido lastimero y negó con la cabeza.
— ¡Milo! ¡Corre! — gritó horrorizado al ver como se le acercaban con
los látigos y palos. Pero Milo no se inmutó. El mismo brillo dorado lo rodeo y
una de sus uñas se alargó, volviéndose de un color carmín.
Una explosión y un destello rojizo envió a todos esos hombres hacia la
pared, matándolos. Astreos se levantó como pudo y fue hacia Milo que tenía la
mirada perdida. Alzó su mano para tocar el hombro del pequeño, que al suave
toque se desmayó en su pecho.
— ¿Quién eres? — preguntó con desconfianza. El hombre se quitó la
túnica blanca, dejando ver su armadura dorada.
— Soy Uxío de Escorpio — dijo con una sonrisa orgullosa. Astreos lo
miró confundido, provocando la risa del mayor — Soy un caballero de Athena. He
venido desde Atenas para buscar a mi sucesor y encerrar a los Vipers, una red
de traficantes de blancas.
— No... Ya dije... Soy un caballero dorado — el hombre de pálida piel,
cabellos largos y plateados miraba con curiosidad su alrededor sorprendiéndose
al notar las heridas de los hombres. — ¡Vaya! Eso sí fue una explosión enorme
de cosmo.
— ¡No necesito su ayuda! — gruñó Astreos aferrándose al cuerpo de
Milo. Uxío se acercó a ambos y los levantó sin importar las quejas del menor.
— Astreos... — la suave voz de Milo llamó la atención de Uxío que
sonrió apenas. Algo le decía que el pequeño no sería nada fácil y más después
de todo lo que sufrió. No quería saber qué haría ahora que se separaría de su
nuevo amigo.
El recuerdo de su pasado siempre quedará en su tatuado en su piel.
Para Milo era algo traumante que no podía olvidar con facilidad, aunque en el
pasado, cuando había llegado al santuario, Saga, su maestro Uxío, e incluso
Camus (que no sabía nada de su pasado) lo habían apoyado y ofrecido su cariño
incondicional, logrando sanar algunas heridas, pero aún así esos demonios
seguían persiguiéndolo. Apareciendo en sus sueños como pesadillas. Limpió una
lágrima traicionera y miró el mar de nuevo.
El beso que mencionó Camus en el restaurante, había ocurrido en un
momento de debilidad. Donde esos demonios empezaron a atormentarlo. Y a Saga no
se le ocurrió otra cosa que besarle para que dejara de alterarse. Soltó un
suspiro y decidió irse. Era hora de enfrentar su pasado. Sin atreverse a volver
al santuario. Milo ocultó su cosmo y se levantó. Había un lugar que debía
visitar antes de disculparse con Hyoga por la bochornosa escena.
— ¡Eres un idiota! — gritó un furioso Saga. Este había agarrado de la
camisa a Camus, elevándolo unos centímetros del suelo.
Hace media hora atrás habían regresado, no sin antes buscar a Milo que
había desaparecido. Camus aún no podía quitarse de su mente el rostro quebrado
del griego, jamás había visto a su antiguo amante lleno de odio hacia él. Le
había preguntado a Hyoga si sabía que era lo que había pasado con el griego,
pero su ex pupilo estaba tan perdido como él. Cansados y sin encontrar ningún
rastro del temperamental escorpión, habían decidido regresar al santuario,
teniendo una pequeña esperanza que estuviera en su templo. Pero apenas pisaron
la primera casa, cuando sintieron el cosmo amenazante de Saga correr hacia él.
— ¡Basta! — gritó Shion intentando que Saga soltara a Camus, el
lemuriano podía jurar que pudo notar un pequeño destello rojizo en la mirada
del griego.
— ¡LO QUE LE PASE A MILO SERÁ TODO CULPA DE ESE IMBÉCIL! — gritó el
gemelo mayor, siendo agarrado por Kanon.
— ¿Qué? — parpadeó confundido. El resto de los dorados se quedaron en
silencio, ninguno se atrevía a moverse o emitir sonido. Hasta que Saga de la
nada empezó a reír a carcajadas — Así que tu desconfianza hacia él era por
eso...
— ¿De que te ríes idiota? — todas las miradas se dirigieron hacia el
gemelo mayor que empezaba a calmarse.
— Nunca hubo nada entre Milo y yo. Sólo lo veo como un hermano menor —
suspira cansado y mira al patriarca — ¿Lo dice usted, o yo?
— No — susurra — Tampoco he podido localizar su cosmo... es como si se
hubiera evaporado, pero no se preocupe, iré a buscarlo — se dio media vuelta y
se acercó un poco a Camus que lo miraba molesto — Si algo le pasa a Milo, te
juro que el santuario necesitará otro caballero de Acuario.
Cuando el gemelo mayor se fue, Shion
se llevó a los caballeros dorados a la sala de la primera casa, donde ya
todos reunidos esperaban a que el patriarca empezara con su explicación. Camus
que estaba en silencio sintió una opresión en el pecho. Recordaba las palabras
de Saga, pero no era la amenaza que lo angustiaba, más bien era lo que Milo iba
a hacer, tenía miedo de perderlo. Era culpa suya por ser tan orgulloso, siempre
había regañado al griego por no dejarle explicar cuando se enojaba, y ahora, él
hacía lo mismo.
Finas gotas caían sobre su rostro parecía que el cielo lloraba en su
lugar, el viento soplaba con fuerza dejando que algunos cabellos danzaran en el
aire. Sus piernas empezaron a temblar ligeramente advirtiéndole que en
cualquier momento caerían, se apoyó en una de las rocas que habían cerca de la
playa y su mirada turquesa miró hacia la colina, donde una mansión se alzaba.
Se sorprendió al no sentir el temor de antaño, pero aún así no se confiaba de
ese mundo que había azotado de dolor no sólo a su cuerpo. Su alma fue manchada
por el color oscuro, creando un hoyo dentro de su corazón, que esperaba haya
sanado con el pasar de los años, cerró sus ojos despacio y suspira decidido.
Una suave caricia en su cabeza lo alerta más no le asusta, era suave y a la vez
le llenaba de paz, una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro y sin abrir sus
ojos susurra.
— Me encontró... gran maestro — la risa divertida del chino le
sorprende y le agrada. Dohko da un salto y se coloca a su lado, mirando hacia
la dirección donde minutos atrás Milo miraba — ¿Cómo sabía que estaba aquí?
— El alboroto que armaron Saga y Camus fue suficiente para saber que
estabas aquí. Shion una vez mencionó que el antiguo Escorpio te encontró aquí y
supuse que enfrentarías esto.
— Me recuerdas a alguien que conocí — se alzó de hombros y empieza a
caminar — ¿Nos vamos? Tal vez encuentres a alguien interesante.
— ... — Milo empieza a caminar sin decir nada, después de todo, estaba
ahí para superar de una vez por todo su pasado. Ya no quería ser una carga para
Saga que ahora estaría buscándolo — No quiero que se lo diga...
— Debo superar por mi cuenta mi pasado, y usted me debe una
explicación. Mi instinto me dice que no es una coincidencia su llegada.
—
Jajajajajajaja... Tal vez… ¡Venga hombre! hay que disfrutar un poco ¿no crees?
— ¡Oye! si vuelves a contestarme con monosílabos te daré un golpe en
la cabeza — Milo lo miró sorprendido pero empezó a reír con diversión— Así me
gusta, por cierto… ¿Por cuánto tiempo será?
— No lo sé, pero… necesito superarlo antes de que siga dañándome, pero
sobre todo… no quiero hacer sufrir a nadie más. Tal vez Camus tiene razón y…
— Hay cosas que es mejor no decir —susurra atrayendo la atención de
Milo— Yo tengo una deuda pendiente con alguien y es por eso que estoy aquí. Si
Shion lo hubiera sabido nunca se hubiera despegado de mí. Sé que Camus hubiera
hecho lo mismo, ambos tienen un carácter similar.
— Viejo maestro… —susurra comprendiendo por fin lo que trataba de
decir, asintió suavemente y lo siguió, además su primera parada era la vieja
mansión.
La suave brisa golpeó con su rostro, sólo en ese momento sintió una
leve caricia en su cabeza. Una sonrisa nostálgica apareció y asintió, después
de todo él siempre estaría a su lado.
Las semanas habían pasado y los demás empezaban a perder las
esperanzas de volver a ver a Milo, sobre todo Camus, Hyoga y Saga quienes eran
hasta ahora, los más cercanos al griego, pero no era el único que andaba
desaparecido, y eso era lo que más le molestaba al patriarca. Shion se sentó
abatido, creyó que había leído mal aquella carta que dejó Dohko sobre su
escritorio, ahora entendía por qué no lo había visto con el resto de los
dorados en la primera casa. Cada día que pasaba se sentía más alejado de la vida
del chino y eso le irritaba. ¿Por qué no confiaba en él? ¿No es que eran los
mejores amigos? ¿Acaso no había confianza entre ellos? Más dudas aparecían en
su cabeza pero ninguna respuesta. Observó por veinteava vez la carta y suspiró.
No dejaba el paradero, ni decía cuando iban a regresar y eso lo estaba
molestando otra vez, decidió que era hora de revisar entre los viejos registros
de Sage, aquellos que guardaba celosamente en un baúl sellado. Le había
prometido a su maestro Hakurei que nunca lo abriría a menos que fuera una
emergencia, pero el secreto de Dohko lo era ¿verdad?
— Aunque no lo fuera… he sido muy paciente con él —susurra. Se levantó
del trono y se dispuso a entrar a la biblioteca, pero lo que no contaba era con
la llegada de Géminis.
— Patriarca… —llamó, Shion giró su rostro para ver al santo inclinarse
ante él, sabía lo que diría, él ya sabía que esto pasaría— No está.
— Lo sé —Saga lo miró con sorpresa y se levantó con rapidez. Shion
temió en ese momento por su integridad física al ver los ojos desesperados de
Saga— Dohko dejó una carta… trae a tus compañeros, esto los involucra a los
dorados.
Mientras tanto, en el templo de la vasija, Camus se había quedado
encerrado todo este tiempo, nadie se atrevía a acercarse a él por temor a
terminar congelado. Desde la desaparición de Milo el cosmo de Camus había
empezado a descontrolarse, incluso el patriarca había dado la orden de no acercarse
al francés a menos que sea por órdenes suyas, o que Camus lo permitiera (aunque
eso lo dudaba). Ni siquiera Shura, quien era su vecino y uno de sus amigos
había logrado acercarse o Kanon, que siempre que se escabullía se metía al
templo, había logrado sacarlo. Camus últimamente permanecía más en el baño y
los constantes vómitos no cesaban, incluso se veía más pálido de lo usual.
— ¡Camus! —el grito de Kanon retumbó por todo el templo, al
escucharlo, el francés hizo una mueca de dolor.
— ¡Callénse los dos! —gruñó el dueño del templo. Al verlo, Shura y
Kanon se quedaron mudos, Camus estaba más delgado de lo usual y tenía profundas
ojeras.
— Camus… —ninguno se atrevió a decir algo, sabían que la desaparición
de Milo le había afectado pero eso era peor de lo que imaginaron.
— Trajimos algo de comida —dijo Kanon, rompiendo el silencio, abrió la
bolsa para entregarle un sándwich, pero de solo verlo a Camus le dieron de
nuevo ganas de vomitar, corrió hacia el baño y volvió a vomitar.
Shura y Kanon solo podían escuchar las arcadas que hacía Camus, el
francés siempre había sido orgulloso y nunca pediría ayuda, así que uno de
ellos tuvo que quedarse a cuidarlo mientras que el otro iba corriendo hacia el
templo del patriarca.
— Mareos y vómitos… no puedo comer nada sin que lo devuelva —gruñó fastidiado—
Creo que he comido algo mal.
Kanon entró al baño seguido de Shion y para desgracia de Camus, Saga.
El geminiano mayor se la tenía jurada desde que Milo se fue, no por nada ambos
siempre habían sido unidos desde que el griego menor había ingresado al
santuario. Las esmeraldas de Saga evitaban mirarlo, solo había acudido por
Kanon que estaba preocupado por Camus, y por el amor que le tenía a su hermano
había dejado con vida a Acuario.
— Camus, ven —con ayuda de Shion y Shura, lograron recostar al menor
sobre la cama— Intentaré localizar a través de tu cosmo la raíz del problema,
así que cuando te lo diga lo elevas ¿entendido?
Shion alzó ambas manos por encima del cuerpo de Camus, y activó su
cosmo, cuando estuvo listo le dio la orden al francés que intentó controlar su
cosmo y no congelar al sumo pontífice. Desde hace unos días Shion había sentido
algo extraño en el cosmo alterado de Camus, pero no podía decirlo a menos que
estuviera cien por ciento seguro, pero ahora que estaba cerca, ya lo podía
asegurar. Miró sorprendido pero a la vez serio a Camus, si no calculaba mal ya
había pasado un mes.
— Yo… —intentó recordar lo que había hecho hace un mes, si no se
equivocaba, con la única persona que había tenido sexo era… — Milo.
— ¿Qué tiene que ver con Milo? —pregunta Saga, si fuera por él se
hubiera largado de Acuario hace tiempo, pero al mencionar el nombre de quien
consideraba su hermano menor todo cambiaba— ¿Y bien?
— El cosmo del bebé descontrolaría el cosmo de la madre —completa
Shura con sorpresa. Kanon que se había quedado pálido miró asustado al
patriarca.
— Mmm si, el embarazo entre los hombres que protegen a un dios,
generalmente es diferente a uno normal. En este caso, el cosmo del padre es
como una medicina para el portador del bebé. Si Milo hubiera estado aquí, Camus
solo se sentiría cansado y tendría mucha hambre ¿por qué lo...? —no terminó de
hablar al escuchar un golpe seco, Kanon se había desmayado— ¡¿Kanon?! ¿Qué
pasó?
— Al parecer no es el único embarazado —susurra con cierta burla Shura
al ver cómo Saga levantaba a su hermano en brazos y salía— ¿Qué pasará ahora
con Camus?
Shura y Shion siguieron hablando, pero Camus ya no escuchaba. En su
mente solo aparecían Milo, el bebé y él. Tocó su vientre con suavidad y sonrió
ampliamente ¡un hijo con Milo! no le importaba si tendría que sufrir los
síntomas, sabía que era un castigo por su comportamiento, pero lo que sí estaba
seguro, era que sus ganas de vivir regresaron, ahora solo tenía un motivo más
para no rendirse con la búsqueda de Milo.
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