Volver a Amar [Capítulo 06]

Volver a Amar


Clasificación: No menores de 18 años (NC-17)

Autor: Nikiitah

Categoría: Saint Seiya

Disclaimer: Los personajes no me pertenecen sino a su respectivo creador Masami Kurumada y Shiori Teshirogi

Género: Romance, Aventura, Drama

Advertencias: Lemon, Muerte de un Personaje

Aviso: Si no te gusta el Shounen ai (hombre/hombre) no leas.

Resumen: Milo y Camus eran la pareja más sólida del santuario, hasta que la llegada de Hyoga, logra separarlos. La traición, el resentimiento y el orgullo serán los obstáculos más difíciles de superar. (Yaoi) (Milo/Camus) 


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VI.- Dejar el pasado atrás



HACE CATORCE AÑOS ATRÁS



— ¡Papá! ¡Mamá! —el grito de un pequeño niño de seis años se escuchaba por toda la mansión. Había tenido una pesadilla y había ido a la habitación de sus padres, pero no los había encontrado. Sus pies descalzos tocaban el frío piso de madera y los truenos resonaban con fuerza. Abrazó con más fuerza el enorme peluche de escorpión. Estaba asustado y temeroso por no encontrar a ninguno de los sirvientes por la enorme casa. — ¡Papá! ¡Mamá!

Sus pies lo llevaron hacia el estudio donde estaban sus padres trabajando, pero al entrar un charco de sangre salpicó en su rostro. Un grito desgarrador salió de su garganta al ver cómo aquel hombre le quitaba el rostro a su madre y empezaba a coserle en la cara de su padre. Ese hombre le sonrió socarronamente y extendió su mano.

— Acércate — le dijo aquella vez. Milo negó con la cabeza y empezó a correr lo más rápido que sus pies podían. Gritó por ayuda. Esperaba que alguien pudiera salvarlo de aquel sujeto. Esperaba un milagro que sabía no aparecería.

El humo empezó a entrar por sus fosas nasales, ahogándolo. Su mirada empezó a nublarse, impidiendo que visualizará los objetos que se le atravesaban. Milo podía ver la salida a lo lejos, pero su cuerpo ya no podía resistir más. La sombra de un hombre apareció frente a él.

— Ayúdeme — susurró, dejando que la negrura de la inconsciencia lo envolviera.

Para Milo, la muerte de sus padres fue una herida que jamás pudo cicatrizar, y menos, podía olvidar el sufrimiento que ocurrió al despertar.

Su madre y padre siempre le habían enseñado que no debía confiar en los extraños y más cuando éstos se mostraban tan amables. Ese día, cuando sus ojos por fin habían visto la luz del nuevo día, sintió las miradas curiosas a su lado. Sus ojos turquesas empezaron a recorrer el lugar entero encontrando el origen de las miradas. Un grupo de niños, de su misma edad o incluso menores, se encontraban hambrientos y asustados. Sus ropas hechos harapos era lo único que cubría sus pequeños cuerpos. Por primera vez en su vida Milo supo lo que era el terror. Sus manitas se aferraron a sus piernas, mientras escuchaba los lloriqueos de sus compañeros de jaula.

No reconocía el lugar, era grande y de colores claros. Habían gradas donde algunas personas con túnicas negras y máscaras plateadas se sentaban a observarlos como si de animales se tratasen. No, era mucho peor que animales. Siguió su recorrido, viendo una especie de altar en el centro, era como aquella mesa de piedra que su padre solía contarle, donde cuatro hermanos lucharon por salvar un mundo olvidado. Tragó grueso al pensar en lo que seguiría. Ocultó su rostro entre sus piernas y trató de no llorar.

— Éste es perfecto. No dudo que cuando crezca se vuelva en un hombre hermoso — habló un hombre de voz gruesa. Milo lo miró unos segundos y se agazapó sobre la esquina de al fondo.

El hombre metió una de sus manos para poder acariciar la tersa piel del niño que cerró con fuerza sus ojos. Un destello dorado lo rodeó, quemando la mano del hombre.

— ¿Qué fue eso? — gruñó frotando su lastimada mano — Da igual... me llevó al muchacho, marcalo como mío. Lo quiero listo para mañana. Él tendrá una buena estadía en mi casa...

Milo miró con terror la sonrisa torcida que le dirigió el hombre. Los niños empezaron a llorar con más fuerza y fue ahí cuando vio como varias manos tocaban su cuerpo. Rasgando en el proceso la escasa ropa que traía.

— ¿Señor está seguro de darle esta adquisición a ese hombre? — habló uno de ellos. No podía ver sus rostros, esas capuchas lo impedían — Este niño vale más que los otros...

— No por ser hijo de uno de los hombres más poderosos de Grecia debe ser importante — gruñó otro.

— No me refiero a eso, idiota. ¡Mira lo que hizo con la mano del cliente! Debe tener alguna clase de poder oculto.

— Entonces, si es así nos servirá — habló el jefe — El niño podría matarlo y así quedarnos con su fortuna.

— Pero señor...

— ¡Obedece! — gritó. Los brazos y piernas de Milo fueron agarradas con fuerza, inmovilizándolo. Con terror, pudo ver como la daga se alzaba para luego incrustarse sobre sus costillas.

El grito de dolor se ahogó con las risas burlonas de los hombres. Algunos incluso aprovechaban su agonía para tocarlo más de lo usual. Cuando terminaron con su cometido lanzaron su inerte cuerpo hacia la jaula donde los niños miraban horrorizados su magullado cuerpo. Ninguno se atrevió a moverse hasta que no hubo ningún adulto en ese lugar.

— ¿Estás bien? — preguntó un niño que se veía claramente mayor que él. Su sonrisa amable fue lo que más le llamó la atención. Con ayuda de ese niño logró incorporarse hasta quedar sentado. Sus costillas le ardían pero aún así sonrió apenas.

— Creo que viviré... — susurró intentando no llorar. El mayor lo atrajo a su cuerpo abrazándolo.

— No trates de ser fuerte... Todos sabemos tu sentir — susurró acariciando su espalda, se separó un poco y estiró su mano — Soy Astreos, era hijo del antiguo príncipe griego.

— Soy Milo — susurró aceptando su mano — ¿Por qué nos hacen esto?

— Son hombres del bajo mundo, nosotros somos sus 'corderos'.

— ¿A todos los van a marcar? — preguntó asustado. Astreos levantó su ropa (o lo que quedaba de ella) y le enseñó una cicatriz extraña debajo de su antebrazo.

— Los que marcan son niños ya vendidos... Yo iba a irme pero el cliente murió.

— ¿Qué pasó? — preguntó confundido.

— Le dio un ataque cardíaco.

— ¡...!

— No me mires así Milo, el tío era un anciano — rió divertido, para volver a tener un rostro serio — Ha pasado mucho tiempo desde que el jefe trajo a un niño...

— ¿Por qué son niños y no adultos?

— Según escuché es porque son más fáciles de atrapar. A sus clientes les gusta carne tierna — un escalofrío recorrió su cuello y se cohibió un poco — Tranquilo Milo... Te prometo que mañana los niños y tú serán libres.

— Astreos siempre cumple sus promesas — dijo un niño.

— ¡Es nuestro gran héroe! — exclamó una niña.

El resto de los niños empezó a hablar de lo grandioso que era, dándole una pequeña esperanza a Milo, que volvió a sonreír como antes.

Pero la felicidad nunca dura...

Al día siguiente, todo estaba listo para el gran escape. Esta vez, Astreos se aseguró que ningún niño se quedara, y planeó toda la huida. Sin embargo, ese día, el mismo hombre que pagó por Milo se acercó a su jaula. Había llegado tres horas  antes, escabulléndose hasta llegar donde estaban. El pequeño Milo despertó de golpe al sentir como lo estrellaban contra el frío suelo.

— Al fin... — susurró con voz sombría ese hombre — No aguantaba más la hora de poder poseer tu tierno cuerpo.

Milo agrandó sus ojos por la sorpresa y trató de escabullirse, pero el peso de ese hombre se lo impedía. Astreos que había despertado por el ruido frunció el ceño molesto. Ahora debía adelantar todo o sino ese sujeto tocaría al pequeño Milo.

— Por favor... Suéltame — pidió Milo asustado. Sintió la mano enorme de ese hombre colarse entre sus piernas y cerró sus ojos esperando a que todo terminara pero el gruñido de ese hombre lo asombró.

— ¡Maldito renacuajo! — gritó dándole algunos golpes en la cabeza a Astreos que había salido de la jaula. Milo lo miró asustado y asombrado.

— ¡Corre Milo! Llévate a los niños y no mires hacia atrás.

Milo asintió rápidamente y abrió las jaulas con rapidez. Los niños estaban asustados, era demasiado temprano y podían ser vistos por los guardias o peor, ser lanzados hacia los leones.

— Milo... Tenemos miedo... — susurró una pequeña niña.

Milo corrió con ellos hacia el pequeño hueco que había encontrado Astreos cuando lo dejaron libre. Rápidamente, cada uno pasó por ese hueco, pero cuando le tocó a Milo se detuvo.

— ¿Milo? — habló la pequeña niña, éste me sonrió apenas y acarició su cabeza.

— No puedo dejar sólo a Astreos... Los veo en el árbol.

Cuando los niños se fueron, regresó hacia el salón donde vio a ese hombre muerto en el suelo. Sus pies descalzos caminaron con lentitud hasta ver el porqué su amigo no fue tras ellos, encontrándolo sin ropa y amordazado. Siendo golpeado brutalmente por los mismos hombres que lo marcaron. La mirada de Astreos lucía pérdida y a punto de perder su brillo. Milo ya no quería seguir mirando eso. Él no quería que su nuevo amigo sufriera igual que sus padres.

Ocultó su mirada entre su flequillo y se acercó con pasos firmes hacia ellos. Astreos al verlo, soltó un gemido lastimero y negó con la cabeza.

— Señor, ahí está ese niño. Debemos atraparlo.

— ¡Milo! ¡Corre! — gritó horrorizado al ver como se le acercaban con los látigos y palos. Pero Milo no se inmutó. El mismo brillo dorado lo rodeo y una de sus uñas se alargó, volviéndose de un color carmín.

Una explosión y un destello rojizo envió a todos esos hombres hacia la pared, matándolos. Astreos se levantó como pudo y fue hacia Milo que tenía la mirada perdida. Alzó su mano para tocar el hombro del pequeño, que al suave toque se desmayó en su pecho.

— ¿Qué eres, Milo? — susurró Astreos tocando con suavidad su rostro.

— Por lo que vi, es un futuro caballero dorado — la voz divertida de un joven hombre lo asustó.

— ¿Quién eres? — preguntó con desconfianza. El hombre se quitó la túnica blanca, dejando ver su armadura dorada.

— Soy Uxío de Escorpio — dijo con una sonrisa orgullosa. Astreos lo miró confundido, provocando la risa del mayor — Soy un caballero de Athena. He venido desde Atenas para buscar a mi sucesor y encerrar a los Vipers, una red de traficantes de blancas.

— ¿Eres un policía?

— No... Ya dije... Soy un caballero dorado — el hombre de pálida piel, cabellos largos y plateados miraba con curiosidad su alrededor sorprendiéndose al notar las heridas de los hombres. — ¡Vaya! Eso sí fue una explosión enorme de cosmo.

— ¿Cosmo? — susurró Astreos mirando al hombre para luego mirar a Milo.

— Dame al muchacho, ambos necesitan ir al hospital... sobre todo tú que estás hecho mierda.

— ¡No necesito su ayuda! — gruñó Astreos aferrándose al cuerpo de Milo. Uxío se acercó a ambos y los levantó sin importar las quejas del menor.

— Antares ha brillado ahora, y Escorpio está preparándose para estar al lado de su nuevo portador.

— Astreos... — la suave voz de Milo llamó la atención de Uxío que sonrió apenas. Algo le decía que el pequeño no sería nada fácil y más después de todo lo que sufrió. No quería saber qué haría ahora que se separaría de su nuevo amigo.



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El recuerdo de su pasado siempre quedará en su tatuado en su piel. Para Milo era algo traumante que no podía olvidar con facilidad, aunque en el pasado, cuando había llegado al santuario, Saga, su maestro Uxío, e incluso Camus (que no sabía nada de su pasado) lo habían apoyado y ofrecido su cariño incondicional, logrando sanar algunas heridas, pero aún así esos demonios seguían persiguiéndolo. Apareciendo en sus sueños como pesadillas. Limpió una lágrima traicionera y miró el mar de nuevo.

El beso que mencionó Camus en el restaurante, había ocurrido en un momento de debilidad. Donde esos demonios empezaron a atormentarlo. Y a Saga no se le ocurrió otra cosa que besarle para que dejara de alterarse. Soltó un suspiro y decidió irse. Era hora de enfrentar su pasado. Sin atreverse a volver al santuario. Milo ocultó su cosmo y se levantó. Había un lugar que debía visitar antes de disculparse con Hyoga por la bochornosa escena.



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— ¡Eres un idiota! — gritó un furioso Saga. Este había agarrado de la camisa a Camus, elevándolo unos centímetros del suelo.

Hace media hora atrás habían regresado, no sin antes buscar a Milo que había desaparecido. Camus aún no podía quitarse de su mente el rostro quebrado del griego, jamás había visto a su antiguo amante lleno de odio hacia él. Le había preguntado a Hyoga si sabía que era lo que había pasado con el griego, pero su ex pupilo estaba tan perdido como él. Cansados y sin encontrar ningún rastro del temperamental escorpión, habían decidido regresar al santuario, teniendo una pequeña esperanza que estuviera en su templo. Pero apenas pisaron la primera casa, cuando sintieron el cosmo amenazante de Saga correr hacia él.

— Bájame Géminis — masculló irritado el galo.

— ¡Basta! — gritó Shion intentando que Saga soltara a Camus, el lemuriano podía jurar que pudo notar un pequeño destello rojizo en la mirada del griego.

— ¡LO QUE LE PASE A MILO SERÁ TODO CULPA DE ESE IMBÉCIL! — gritó el gemelo mayor, siendo agarrado por Kanon.

— Bastardo... — masculló molesto Camus — Yo no tengo...

— ¡Cállate! — interrumpió — ¡Me tienes harto! No entiendo porque Milo tuvo que enamorarse de ti...

— ¡Nunca me amó! — gruñó con lágrimas en los ojos — ¡Te besó!

— ¿Qué? — parpadeó confundido. El resto de los dorados se quedaron en silencio, ninguno se atrevía a moverse o emitir sonido. Hasta que Saga de la nada empezó a reír a carcajadas — Así que tu desconfianza hacia él era por eso...

— ¿De que te ríes idiota? — todas las miradas se dirigieron hacia el gemelo mayor que empezaba a calmarse.

— Nunca hubo nada entre Milo y yo. Sólo lo veo como un hermano menor — suspira cansado y mira al patriarca — ¿Lo dice usted, o yo?

— Será mejor que lo explique yo... ¿Tienes alguna idea en donde puede estar Milo?

— No — susurra — Tampoco he podido localizar su cosmo... es como si se hubiera evaporado, pero no se preocupe, iré a buscarlo — se dio media vuelta y se acercó un poco a Camus que lo miraba molesto — Si algo le pasa a Milo, te juro que el santuario necesitará otro caballero de Acuario.

Cuando el gemelo mayor se fue, Shion  se llevó a los caballeros dorados a la sala de la primera casa, donde ya todos reunidos esperaban a que el patriarca empezara con su explicación. Camus que estaba en silencio sintió una opresión en el pecho. Recordaba las palabras de Saga, pero no era la amenaza que lo angustiaba, más bien era lo que Milo iba a hacer, tenía miedo de perderlo. Era culpa suya por ser tan orgulloso, siempre había regañado al griego por no dejarle explicar cuando se enojaba, y ahora, él hacía lo mismo.



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Finas gotas caían sobre su rostro parecía que el cielo lloraba en su lugar, el viento soplaba con fuerza dejando que algunos cabellos danzaran en el aire. Sus piernas empezaron a temblar ligeramente advirtiéndole que en cualquier momento caerían, se apoyó en una de las rocas que habían cerca de la playa y su mirada turquesa miró hacia la colina, donde una mansión se alzaba. Se sorprendió al no sentir el temor de antaño, pero aún así no se confiaba de ese mundo que había azotado de dolor no sólo a su cuerpo. Su alma fue manchada por el color oscuro, creando un hoyo dentro de su corazón, que esperaba haya sanado con el pasar de los años, cerró sus ojos despacio y suspira decidido. Una suave caricia en su cabeza lo alerta más no le asusta, era suave y a la vez le llenaba de paz, una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro y sin abrir sus ojos susurra.

— Me encontró... gran maestro — la risa divertida del chino le sorprende y le agrada. Dohko da un salto y se coloca a su lado, mirando hacia la dirección donde minutos atrás Milo miraba — ¿Cómo sabía que estaba aquí?

— El alboroto que armaron Saga y Camus fue suficiente para saber que estabas aquí. Shion una vez mencionó que el antiguo Escorpio te encontró aquí y supuse que enfrentarías esto.

— Parece que me conoce más de lo que pensé — abrió sus ojos mirando hacia las esmeraldas de Dohko.

— Me recuerdas a alguien que conocí — se alzó de hombros y empieza a caminar — ¿Nos vamos? Tal vez encuentres a alguien interesante.

— ... — Milo empieza a caminar sin decir nada, después de todo, estaba ahí para superar de una vez por todo su pasado. Ya no quería ser una carga para Saga que ahora estaría buscándolo — No quiero que se lo diga...

— Él estaba preocupado... ¿Te irás?

— Debo superar por mi cuenta mi pasado, y usted me debe una explicación. Mi instinto me dice que no es una coincidencia su llegada.

— Jajajajajajaja... Tal vez… ¡Venga hombre! hay que disfrutar un poco ¿no crees?

— Mmmm supongo…

— ¡Oye! si vuelves a contestarme con monosílabos te daré un golpe en la cabeza — Milo lo miró sorprendido pero empezó a reír con diversión— Así me gusta, por cierto… ¿Por cuánto tiempo será?

— No lo sé, pero… necesito superarlo antes de que siga dañándome, pero sobre todo… no quiero hacer sufrir a nadie más. Tal vez Camus tiene razón y…

— De ninguna manera Milo. Acuario está equivocado al igual que tú.

— Pero si se lo hubiera dicho tal vez no hubiera desconfiado de mí y nunca hubiéramos terminado.

— Hay cosas que es mejor no decir —susurra atrayendo la atención de Milo— Yo tengo una deuda pendiente con alguien y es por eso que estoy aquí. Si Shion lo hubiera sabido nunca se hubiera despegado de mí. Sé que Camus hubiera hecho lo mismo, ambos tienen un carácter similar.

— Viejo maestro… —susurra comprendiendo por fin lo que trataba de decir, asintió suavemente y lo siguió, además su primera parada era la vieja mansión.

La suave brisa golpeó con su rostro, sólo en ese momento sintió una leve caricia en su cabeza. Una sonrisa nostálgica apareció y asintió, después de todo él siempre estaría a su lado.

— Gracias Astreos —susurra.



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Las semanas habían pasado y los demás empezaban a perder las esperanzas de volver a ver a Milo, sobre todo Camus, Hyoga y Saga quienes eran hasta ahora, los más cercanos al griego, pero no era el único que andaba desaparecido, y eso era lo que más le molestaba al patriarca. Shion se sentó abatido, creyó que había leído mal aquella carta que dejó Dohko sobre su escritorio, ahora entendía por qué no lo había visto con el resto de los dorados en la primera casa. Cada día que pasaba se sentía más alejado de la vida del chino y eso le irritaba. ¿Por qué no confiaba en él? ¿No es que eran los mejores amigos? ¿Acaso no había confianza entre ellos? Más dudas aparecían en su cabeza pero ninguna respuesta. Observó por veinteava vez la carta y suspiró. No dejaba el paradero, ni decía cuando iban a regresar y eso lo estaba molestando otra vez, decidió que era hora de revisar entre los viejos registros de Sage, aquellos que guardaba celosamente en un baúl sellado. Le había prometido a su maestro Hakurei que nunca lo abriría a menos que fuera una emergencia, pero el secreto de Dohko lo era ¿verdad?

— Aunque no lo fuera… he sido muy paciente con él —susurra. Se levantó del trono y se dispuso a entrar a la biblioteca, pero lo que no contaba era con la llegada de Géminis.

— Patriarca… —llamó, Shion giró su rostro para ver al santo inclinarse ante él, sabía lo que diría, él ya sabía que esto pasaría— No está.

— Lo sé —Saga lo miró con sorpresa y se levantó con rapidez. Shion temió en ese momento por su integridad física al ver los ojos desesperados de Saga— Dohko dejó una carta… trae a tus compañeros, esto los involucra a los dorados.

Saga solo asintió, tenía un mal presentimiento solo esperaba que nada malo pasara.


TEMPLO DE ACUARIO


Mientras tanto, en el templo de la vasija, Camus se había quedado encerrado todo este tiempo, nadie se atrevía a acercarse a él por temor a terminar congelado. Desde la desaparición de Milo el cosmo de Camus había empezado a descontrolarse, incluso el patriarca había dado la orden de no acercarse al francés a menos que sea por órdenes suyas, o que Camus lo permitiera (aunque eso lo dudaba). Ni siquiera Shura, quien era su vecino y uno de sus amigos había logrado acercarse o Kanon, que siempre que se escabullía se metía al templo, había logrado sacarlo. Camus últimamente permanecía más en el baño y los constantes vómitos no cesaban, incluso se veía más pálido de lo usual.

— ¡Camus! —el grito de Kanon retumbó por todo el templo, al escucharlo, el francés hizo una mueca de dolor.

— ¡Cállate Kanon! tu grito se escucha por todo el templo —regañó Shura que lo había seguido.

— Pero…

— ¡Callénse los dos! —gruñó el dueño del templo. Al verlo, Shura y Kanon se quedaron mudos, Camus estaba más delgado de lo usual y tenía profundas ojeras.

— Camus… —ninguno se atrevió a decir algo, sabían que la desaparición de Milo le había afectado pero eso era peor de lo que imaginaron.

— Trajimos algo de comida —dijo Kanon, rompiendo el silencio, abrió la bolsa para entregarle un sándwich, pero de solo verlo a Camus le dieron de nuevo ganas de vomitar, corrió hacia el baño y volvió a vomitar.

Shura y Kanon solo podían escuchar las arcadas que hacía Camus, el francés siempre había sido orgulloso y nunca pediría ayuda, así que uno de ellos tuvo que quedarse a cuidarlo mientras que el otro iba corriendo hacia el templo del patriarca.

— Camus, soy Shura, voy a pasar —gira el pomo de la puerta y entra— ¿Camus?

— Soy un asco —susurra volviendo a vomitar.

— Kanon fue por el patriarca ya no debe tardar… ¿hace cuánto estás así?

— Desde que se fue Milo —al decirlo las lágrimas volvieron— Lo extraño…

— Te dije que dejaras el orgullo —susurra mientras acariciaba la espalda— ¿Qué más sientes?

— Mareos y vómitos… no puedo comer nada sin que lo devuelva —gruñó fastidiado— Creo que he comido algo mal.

— Milo se fue hace varias semanas, no creo que solo sea un simple dolor estomacal.

— Pero…

— ¡Por aquí patriarca!

Kanon entró al baño seguido de Shion y para desgracia de Camus, Saga. El geminiano mayor se la tenía jurada desde que Milo se fue, no por nada ambos siempre habían sido unidos desde que el griego menor había ingresado al santuario. Las esmeraldas de Saga evitaban mirarlo, solo había acudido por Kanon que estaba preocupado por Camus, y por el amor que le tenía a su hermano había dejado con vida a Acuario.

— Camus, ven —con ayuda de Shion y Shura, lograron recostar al menor sobre la cama— Intentaré localizar a través de tu cosmo la raíz del problema, así que cuando te lo diga lo elevas ¿entendido?

— Sí, patriarca.

Shion alzó ambas manos por encima del cuerpo de Camus, y activó su cosmo, cuando estuvo listo le dio la orden al francés que intentó controlar su cosmo y no congelar al sumo pontífice. Desde hace unos días Shion había sentido algo extraño en el cosmo alterado de Camus, pero no podía decirlo a menos que estuviera cien por ciento seguro, pero ahora que estaba cerca, ya lo podía asegurar. Miró sorprendido pero a la vez serio a Camus, si no calculaba mal ya había pasado un mes.

— Camus, hace un mes… ¿has tenido una relación íntima con alguien?

— Yo… —intentó recordar lo que había hecho hace un mes, si no se equivocaba, con la única persona que había tenido sexo era… — Milo.

— Era lo que me temía.

— ¿Qué tiene que ver con Milo? —pregunta Saga, si fuera por él se hubiera largado de Acuario hace tiempo, pero al mencionar el nombre de quien consideraba su hermano menor todo cambiaba— ¿Y bien?

— Camus está esperando un hijo… y como Milo es el padre…

— El cosmo del bebé descontrolaría el cosmo de la madre —completa Shura con sorpresa. Kanon que se había quedado pálido miró asustado al patriarca.

— ¿Ocurre algo Kanon? —la palidez de Kanon le había preocupado.

— ¿Y si Milo estuviera aquí? Eso significa que la madre no tendría esos síntomas ¿verdad?

— Mmm si, el embarazo entre los hombres que protegen a un dios, generalmente es diferente a uno normal. En este caso, el cosmo del padre es como una medicina para el portador del bebé. Si Milo hubiera estado aquí, Camus solo se sentiría cansado y tendría mucha hambre ¿por qué lo...? —no terminó de hablar al escuchar un golpe seco, Kanon se había desmayado— ¡¿Kanon?! ¿Qué pasó?

— Al parecer no es el único embarazado —susurra con cierta burla Shura al ver cómo Saga levantaba a su hermano en brazos y salía— ¿Qué pasará ahora con Camus?

— No lo sé, pero… debemos pedir ayuda de la señorita Athena.

Shura y Shion siguieron hablando, pero Camus ya no escuchaba. En su mente solo aparecían Milo, el bebé y él. Tocó su vientre con suavidad y sonrió ampliamente ¡un hijo con Milo! no le importaba si tendría que sufrir los síntomas, sabía que era un castigo por su comportamiento, pero lo que sí estaba seguro, era que sus ganas de vivir regresaron, ahora solo tenía un motivo más para no rendirse con la búsqueda de Milo.


— Encontraremos a papá —susurra bajito.

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